EL SUR TAMBIÉN EXISTE







"Pero aquí abajo abajo,cerca de las raíces,es donde la memoria ningún recuerdo omite. Y hay quienes se desmueren y hay quienes se desviven y así entre todos logran lo que era un imposible. Que todo el mundo sepa que el Sur también existe" Mario Benedetti.


"Un escritor es algo extraño. Es una contradicción y también un sinsentido. Escribir es aullar sin ruido" M. Duras http://t.co/


jueves, 21 de mayo de 2015

MIENTRAS CAE LA NIEVE. ANA MARÍA MANCEDA.(Seleccionada en certámen internacional para antología “Pinturas literarias” Editorial Novelarte.Córdoba.Argentina 2006)





Increíble, estaba ahí. Como siempre luciendo ese toque de irrealidad ¡ Qué manera de nevar! Los copos caen sobre su cabello rubio y su largo tapado negro. Su visita me iluminó estos días. Muy gracioso verla llegar después de un día de viaje en ese armatoste antediluviano.
_¡ Es maravilloso como vivís!
No opino lo mismo, yo andaba en La Plata de tacos altos y minifalda, ahora aquí, en este valle glaciario, estar cortando leña con una camisa de lana y muerta de frío, no lo veo maravilloso, pero sí mágico, dejá el tango, el encierro me permite leer mucho, tejer chalecos sin forma, mientras se hace el puchero, cuatro horas por lo menos, en la salamandra, con peligro de incendio en el techo de chapa por las piñas que puse de más para avivar el fuego, y leo y tejo la lana y los recuerdos que van llenando la pequeña cabaña hasta engordarla.
-Hola, estás aquí. Sus guantes espantan la nieve como cuervos aleteando en el país del silencio. Silencio..silencio.
_¡ No me digas que no hay una emisora argentina!
Y no, solo chilenas
_¡ Qué música romántica pasan! Con razón son tan p
rolíficos, todo esto te hace olvidar de lo que pasa en Buenos Aires. Y sí, pensar que Isabelita esta cerca de aquí, en La Angostura. Ni sabés lo que se comenta, cosas terribles ocurren en la Capital.
No, no, sólo recordar un poco lastima, me veo en el tren, es continúa esa imagen. Adiós, y vos y los otros amigos, las manos en alto, las miradas brillantes. ¡Flash,!Flash ¡ Kaputt, kaputt!
-Te invito, salgamos por la noche. En la colina está el casino, es un mundo distinto al nuestro, de paso te cuento la visita del ingenieri ¡Estaba tan emocionado cuando vió el cambio de vida que hice!
Salimos, la noche estaba confusa por las chispas de nieve. Subimos caminando. _Tranquila, despacio,te espero. Y ahí viene, subiendo la cuesta en cámara lenta. Al verla me cachetean los recuerdos ¡ Tantas cosas vividas! ¡Qué lejos quedaron nuestras discusiones sobre la evolución de las especies! Pero es ella. ¡ Lástima ese rictus duro y obstinado de su cara! Es muy linda, se sorprende por todo .
_Mirá, mirá, desde aquí se ven las luces del pueblo. ¡Qué belleza!
El humo de las chimeneas queda suspendido entre las luces y el llanto de nieve.

_ Ni bien entremos nos tomamos un café irlandés, es riquísimo, nos va a hacer entrar en calor.
_Sí, yo me voy a pedir uno con doble wisky._¿ Es cierto que el flaco ingenieri lloró cuando te vio cortar leña?
_Sí , me abrazó y lloró, no lo podía creer, seguro era la heroína de sus fantasías, no pudo convencer a su mujer de vivir en la chacra del Bolsón, ella es muy bonaerense, vivir en el sur para él es una utopía.
-¿ Estamos muy lejos de su chacra?
Y sí , doscientos kilómetros.
Llegamos, nos cuesta el último tramo, el edificio iluminado se ve imponente.
- Es bello, dice impresionada.
_ Es muy confortable pero a la gente no le gusta el diseño, no va con el estilo del pueblo. Dame la mano, la nieve está congelada y te podés resbalar, ya no uso taquitos, ahora uso zapatones de suela de goma bien marcados, evita que te resbales y te rompas el alma.
_ No te hagás problema, el alma se me rompió hace rato.
Tus ojos amiga, de azules se volvieron negros, profundos, heridos de despedidas, toda la luz de una época quedó absorbida en esa oscuridad.
_ Bueno, vamos a divertirnos, adentro vas a ver, es un despelote.
_ ¿Estoy bien? ¿ No me despeiné? Já...já..._ No, la nieve está bien seca, te sacudís y listo.
_ Che¿ Me dejarán entrar? ¿No tengo cara de menor? Já...Já.. Seguramente. Entremos, ¡ Qué bueno! ¡ Qué placer! Calor y luces, luces.
_ Che y esas pitucas ¿De dónde salieron?
_Y bueno, son de otro ambiente se alojan aquí, vienen a esquiar y por la noche bajan al Casino.
_Debe ser carísimo una noche aquí. Y sí. ¡ Hum..! Qué ceremoniosos los croupiers, smoking negro, son solícitos. El ambiente es bastante silencioso a pesar de la cantidad de gente, música suave
_ ¡ No va más...! Estamos hundidas en los mullidos sillones, el café irlandés me hizo entrar en calor, la escucho entre una nebulosa, por un rato le saco la lengua al destino y al tiempo, me siento feliz, tengo que disfrutarla, es una parte, una región de mi historia en este lugar lejano, diría que muy lejano. Otro irlandés, se huele a perfume importado, se escuchan ruidos de azar y risas contenidas. Chin, chin, olvidemos amiga, olvidemos ¿Qué será de nosotras? Los solícitos smokinados hacen girar la rueda. Las pitucas apuestan. Nos reímos, viajamos por los recuerdos haciendo malabarismos entre una fina malla para no caer en la nostalgia. Por los grandes ventanales, iluminada por las luces del parque, se ve caer la nieve de manera porfiada ¡ No va más... no va más! Luego se escucha cómo la pequeña esfera salta en la rueda que comienza de nuevo a girar.
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martes, 5 de mayo de 2015

DERRUMBE Y OTROS CUENTOS (PRIMER PREMIO NARRAT IVA INTERNACIONAL 2008. ARGENTINA)LECTORES mundopalabra.es



ANA MARÍA MANCEDA



DERRUMBE Y OTROS CUENTOS





Prologo


Constancia, dedicación y búsqueda puede ser la síntesis de estos ocho años, tiempo en que Ana María Manceda descubrió un apasionante oficio, el de escribir.
“Derrumbe” no es un cuento más porque con él ganó el primer premio del concurso "2008 DE ARTE Y LETRAS" de la Editorial NOVELARTE. CÓRDOBA. ARGENTINA Que le permite así acceder a su primera publicación en la que solo ella participa con sus obras.
Pero más de 30 antologías, varios premios, cantidad de publicaciones en páginas web en todo el mundo dedicadas a la literatura,  marcaron estos últimos años.
Comenzó en el año 2000, en mi taller literario, por eso conozco sus comienzos y se de su esfuerzo de superación y de la evolución que sin duda ha logrado.
¿Qué más puede esperar un escritor que premios y reconocimiento? Ser leído, esto es lo que nos marca a fuego y nos alienta a seguir adelante.
“Derrumbe” es un libro que encierra varios cuentos que muestran una atmósfera intimista, conflictos de soledad y de encuentros, indicios de otra de sus pasiones: el medio ambiente y el destino del planeta, y una constante búsqueda del escritor que requiere de precisiones y realidades que se funden en una ficción que nos permite a través de la creación de personajes,  dejar expreso nuestro propio pensar.
Ana María Manceda, muestra realidades en “Derrumbe”, sentidos patagónicos que quienes compartimos el hábitat conocemos, pero los transmite con un don especial que nos lleva a entrar en los personajes que tienen una historia profunda.
Si hay algo que la distingue es el rechazo por la banalidad, transitando el camino hacia un estilo que permita llegar a la plenitud de su creación.
No es sencillo plasmar historias, es más difícil que imaginarlas. Pero más difícil es aún,  dejar de corregirlas antes de darlas a la luz. Decía Borges que con las correcciones podría haber escrito cientos de libros más y así es, la perfección es en este caso una de las variables que aporta la escritora, porque encontrar la palabra exacta no es sencillo y crear un cuento que tenga coherencia y verosimilitud tampoco lo es.
El género nos permite soñar, fantasear y dejar en la página que inicialmente estuvo en blanco, una historia y ella debe ser elegida por el lector y como decía Poe, un maestro del cuento, si se lee de una sentada mejor.
Así de intrincada es la creación, así de apasionante es para Ana María Manceda a quien el lector podrá conocer, disfrutar e identificarse con su obra.

Graciela Vázquez Moure
Periodista. Escritora
Coordinadora Taller Literario
San Martín De Los Andes
Neuquén. Patagonia Argentina. 
Imagen de tapa; Salvador Dalí (surrealismo)
La persistencia de la memoria (1952-54)




                              
                                                     DERRUMBE:


_Tome un mate y coma una torta frita, por ahí se le va esa cara tan seria, usté es muy  preocupada.
-¿ Te parece? Y ella se rió.
Al devolverle el mate la miro, Blanca tiene la risa más  cristalina y sonora que he conocido. Es como el sonido de las aguas  del bosque que caen en cascada. Es el paisaje de la infancia de Blanca ¿Tendrá que ver?                  ¿Será mi desarraigo, esos pedazos de pieles arrancados a la vida, la nube que produce mi expresión preocupada?
-Tenés  razón Blanca, las tortas están exquisitas, en mi tierra  son distintas,  flaquitas, no usamos levadura, éstas son más ricas. ¿Así que lo de la casa va viento en popa?
-          ¡Ajá! Va bueno doña Eugenia, quería invitarla para el domingo ¿Podrá ir?
-          Sí por qué no, iré por la mañana debo regresar temprano, luego me encierro a corregir los trabajos de mis alumnos, el lunes los tengo que entregar.
          Cuando terminó su rutina se despide. La veo salir por el sendero hacia la calle. Contradicción. Me siento feliz de quedar sola con Yuko, mi perro labrador, por otra parte siento su ausencia.  Podíamos estar largos ratos  sin hablar, cada una en sus quehaceres,  por ahí yo emito alguna frase para provocar su opinión y ella carga con esa lógica aplastante que no la da ningún libro. Estoy bien, mañana arribará de nuevo, debe atender a sus hijos.
          El espejo me devuelve la cara de una mujer cuarentona y melancólica. Me excuso. Dejé todo. Familia, paisaje, olores, historias. Todo quedó a dos mil kilómetros de distancia y a dos mil años de ausencias. Llegué al sur, a la Patagonia,  tratando de empezar una nueva vida, pero uno viaja con su mochila. Siempre. Del Atlántico al Pacífico, tan solo me separa de sus playas la Cordillera de los Andes, solo eso. De todas maneras siento sus vientos en este pueblo de bosques, lagos y montañas. Y también las lluvias y la nieve.                                                                                                                 Hora de clases._ Profe, Profe ¿Cómo saco en el mapa los kilómetros de distancia con la regla?  Me perdí.
_ ¡Mm! Prestá atención, fijate en la escala, si te indica milímetros los pasamos a centímetros y más menos colocamos la regla sobre los puntos que queremos investigar.
Según los centímetros sabremos la cantidad de kilómetros ¿Estamos?
               El trabajo nos había llevado dos semanas. Era una investigación de las posibles consecuencias ambientales que en  nuestra región  ocasionarían los ensayos nucleares en una de las islas del Pacífico.  Teniendo en cuenta que ésta zona es sísmica y volcánica, cualquier presión de esa envergadura sobre las placas tectónicas del continente que se expanden debajo del océano podría producir deslizamientos y consecuencias graves.  Las conclusiones de la investigación irían adjuntas a una petición de suspender los ensayos nucleares al Gobierno y a la embajada del  país que produciría las explosiones atómicas. Este tipo de trabajos les apasionaba a mis alumnos, se sentían protagonistas y  a mí me permitía dictar la materia  Geografía de una manera dinámica a la vez de crear conciencia ecológica.  ¿Nos responderían?  Dictar clases en una escuela secundaria estatal en estos pueblos alejados de la Capital era un placer. Arquitectura adaptada al rigor climático, calefacción en todas las aulas. Concurren alumnos de clase media, baja y media alta. Hace poco abrió un colegio privado, bueno, semi-privado, ya que tienen subsidio del Estado. Hacia allí emigró una pequeña población de alumnos de clase media alta y de los que quieren ser. Cuotas caras y estima social. Así es. Pero se perdieron de realizar el trabajo ecológico, hasta el momento solo lo hacemos en la escuela estatal.
¿Qué le importa a los privados que la Placa de Nazca se deslice debajo de la Sudamericana y provoque terremotos? ¿ Lo sabrán?
          Domingo. Salgo a las once de la mañana, es otoño y la temperatura está bajo cero. Me dejo llevar por Yuko, tira fuerte de la correa. El paisaje es una ceremonia de colores, el crujido de las hojas, repito en mi mente, solo es una muerte transitoria, mi melancolía es una muerte transitoria, debo vivir, vivir. A medida que voy subiendo las laderas veo el pueblo, mezcla de edificios modernos y casas antiguas ¿Cómo las percibo? Sus chimeneas emiten el humo de las costumbres heredadas de los viejos hogares.  Lo moderno es tener calefacción a gas, pero el olor a  Ñire quemado  invade una historia cálida de colonos; boers, franceses, alemanes, ingleses, argentinos de provincias norteñas  e indígenas, originarios dueños de estas tierras. Olores, siempre olores atados a los recuerdos. Aquí no están los míos. Abajo, no tan lejos, el lago, azul, verde, y el sol jugando a las escondidas en  los bosques. Hay troncos caídos, admiro los líquenes que se adhieren como un tapiz a su corteza.  Sé de la importancia de estos seres como índices biológicos de la pureza del aire. Aire oxigenado. En las grandes ciudades ya no se ven, excepto en las ramas muy altas de los árboles. A veces.
          Estoy llegando, las casas del plan social se ven casi terminadas, hay  más, muchos más troncos caídos, han desmontado la ladera para poder edificar. Los terrenos son fiscales, la discusión está a que jurisdicción pertenecen, si a la provincia o a Parques Nacionales. La gente necesita las viviendas pero es indudable que los políticos necesitan los votos y no se detienen ante nada. Este desmonte va a traer graves consecuencias.
Me recibe la algarabía de los chicos. Risas, gritos, la oscuridad del lugar, el suelo helado y la pobreza se desdibujan ante las caras coloradas.
-          Señora Eugenia ¿Se queda a comer?¿ Se queda hasta la tarde? Me pregunta Pedro, el mayor de los hijos de Blanca. Lo acaricio, le doy la bolsa con los regalos. Se acercan sus hermanos y otros chicos vecinos.
Dentro de la casa, al lado de la cocina a leña charlamos con Blanca. Pedro y sus hermanos entran y salen, desesperados por comer las golosinas antes del almuerzo. Se escucha el ruido d las sierras eléctricas.
-¿Siguen desmontando Blanca?
-Y sí, necesitamos espacio,  además para tener un poco de sol, esto es muy oscuro.
_ No deja de ser peligroso, los árboles fijan el suelo y equilibran el ciclo del agua. En la época de lluvias se va a lavar ese suelo, pueden ocurrir desmoronamientos.
-          ¡Qué va! A nosotros no nos dijeron  nada.
No opiné más. No tenía derecho. Estaba tan ilusionada con su casa. Miré por la ventana, el cerro estaba ahí nomás, era un paredón de rocas amenazantes, debían hacerles una contención. ¡ Basta de preocupación! A disfrutar con esta querida familia. Luego del guiso exquisito, el postre, la caminata por la zona y la felicidad de los chicos, regresé a mi casa con un Yuko agotado, igual que  yo, nos acompañó una caída violenta del sol tras los cerros y el frío que se adhiere insobornable, imagino el horizonte y el dulce atardecer de la llanura, rojo recuerdo. Llegamos, los hijos de Blanca son una cálida esperanza.  Fue un día pleno.
            Y la época de lluvias comenzó, alternadas con fuertes nevadas. Reino de los turistas esquiadores. Pueblo de postal, hacia el este, cerros boscosos con pistas de esquí. Hacia el oeste cerros boscosos, oscuros, con humildes casas, en el centro el valle y la ciudad. Paisaje bello, incoherencia social. Todo sucede bajo las mismas estrellas.
           Comienzo de Primavera, se advierte la nueva estación por los brotes de las plantas, aún sigue nevando. En esos días sopló la felicidad en la casa, Pedro venía de forma asidua a hacer las tareas mientras su madre terminaba la rutina diaria. Se entusiasmaba con mis libros, de manera especial con los libros del cosmos. Le daba algunas explicaciones sencillas del origen y evolución del universo. Blanca se ponía contenta, decía que iba a sacar un científico del chico.
-          Usté es tan cariñosa con los niños Doña, debería tener su hombre, no es bueno que la mujer esté sola.
¡Hay Blanca! Ella sí estaba sola, con tres niños que mantener. Quizás la equivocada era yo, ella había logrado la eternidad, a pesar del abandono de la familia por parte de su hombre.
          A mediados de octubre se armó  revuelo en el colegio, nos habían llegado respuestas del Congreso de la  Nación y del país involucrado en les ensayos nucleares. Por distintas leyes se había realizado el TRATADO DE PROHIBICIÓN COMPLETA DE LOS ENSAYOS NUCLEARES en el CONGRESO DE COLOMBIA 2001. Nos enviaron el tratado y agradecimiento por nuestra participación. Por supuesto nuestro pedido no fue  determinante ya que hace años venían tratando el tema en las Naciones Unidas  con resoluciones previas, pero para nosotros fue motivo de orgullo  saber que estábamos en la buena senda de estudio de la compleja temática ecológica.
         Era una tarde agradable, el sol comenzaba a entibiar la atmósfera y algunos pájaros se animaban a trinar recibiendo la luz de primavera. Pedro tomando la merienda, su madre vendría a buscarlo más tarde, debió quedarse en su casa pues los albañiles tenían que terminar la habitación de los chicos. Una herida rompió el equilibrio, las sirenas de los bomberos comenzaron a sonar alertando un incendio o un accidente. Intuición. Llamé a la radio, pregunte qué sucedía. La primera reacción es la parálisis del cuerpo y la mente. Derrumbe. Había ocurrido en el nuevo barrio de las casas sociales,
en las laderas de los cerros que dan al Oeste. Cuando reaccioné tomé a Pedro, mi cartera y pedí un taxi. El chófer no sabía más que lo comentado por la radio ¿Habría heridos? Nos dejó en la zona baja. Ya estaban las ambulancias cargando gente en camillas. Todo era un pandemónium. Tomados de las manos con Pedro subimos la cuesta, de mi boca salían palabras estúpidas, para brindarle calma pero el chico lloraba. Al llegar a la casa de Blanca vimos que estaba intacta pero las casas vecinas tenían destruidas algunas partes. Había heridos, algunos muy graves. Entre la multitud vimos a Blanca, comenzamos a gritar, nos vio y vino hacia nosotros corriendo, a su lado los hermanos de Pedro, llorando. Nos abrazamos, temblaba. Por seguridad no podíamos entrar, era posible que las rocas caídas del paredón sin contención  hayan debilitado alguna estructura  de la construcción. A la hora del crepúsculo nos fuimos hacia mi casa. Hasta que no estén seguros que no correrían peligro y hecha la contención de las rocas, vivirían conmigo.
           En ese tiempo descubrí que a pesar de mi mochila y mis dos mil años de ausencias había encontrado una familia. El Doña Eugenia de los chicos lo sentía cien veces por día, sonaba a música.  Para fin de año, al momento de brindar tuve una luz en mi terco cerebro. No era bueno que una mujer esté sola. Suspiré feliz, Yuko, recostado, miraba alerta a los chicos, como esperando un ataque. Blanca se ríe de sus pícaras ocurrencias y el hecho de estar compartiendo la fiesta con sus hijos. Y yo,  quizás aprenda a aceptar esta nueva vida , aunque el parásito de la nostalgia esté muy cómodo viviendo en mis entrañas..***********************


“EL LOCO DE LAS ESTRELLAS” ( mención de honor y editado en antología          “ Mundo poético” Editorial Nuevo Ser. Buenos Aires. 2003.
AUTOR: ANA MARÍA MANCEDA

                     Por primera vez en mi vida me siento mortal. Ahora viajo por la cornisa de mi destino presintiendo el abismo de la muerte ¡ Yo, que creí estar cerca de Dios! Año tras año entre las paredes del laboratorio; fórmulas, telescopios, complejos sistemas computarizados. Las madrugadas nos sorprendían a Ricardo y a mí, analizando, discutiendo, filosofando sobre la extraordinaria energía que captábamos a millones de años-luz. Necesito contarlo, dejarlo escrito, porque lo que me ocurrió demuestra que el poder más asombroso que tiene el hombre es lograr gobernar su mente, irónicamente con mi cerebro tan trabajado no lo pude hacer. He comprobado que un linyera tiene más sabiduría y equilibrio para errar por este mundo que mi propia persona.
                 Hace seis meses mi colega y amigo murió, la ciencia tan avanzada no pudo con su enfermedad. El dolor que experimenté fue tan terrible que trataba de enmascararlo, evaluando de manera sistemática el poder de los virus, esas partículas que son un eslabón entre los seres vivos y lo inorgánico y de cómo pudieron vencer un cerebro tan evolucionado como el de Ricardo. En el momento que él murió sentí, el crak. Nosotros, hombres maduros, estábamos cerca de llegar a la comprobación de la Singularidad del Universo. Estos estudios nos elevaban a una claridad de pensamiento que rozaba la religiosidad, sentíamos que estábamos cerca del secreto de Dios. Luego, todo se derrumbó, fue nuestro propio Bing- Crash.
               Pasaron los meses, el trabajo quedó estancado, ya no podía seguir solo. Comencé a deambular por la ciudad. No sé por qué extraña razón evadía los lugares mundanos y glamorosos para internarme en las zonas más oscuras, insondables, miserables de la noche. Yo, que venía de un universo que brillaba desde el origen del todo, me arrastraba en la oscuridad total, pero a la vez sentía el impacto de algo nuevo, asombroso. Comencé a sentir el dolor y el placer de mi carne, a experimentar la sensualidad de la obscenidad. Me rebelé contra mi estilo de científico atildado y fui logrando cambios en mi aspecto antes de vagabundear por la zona prostibularia de la ciudad, hasta conseguir una verdadera metamorfosis. Mi mujer y mis hijos no notaron mi transformación, para ellos yo seguía hasta el amanecer con el rito de la investigación. Y,  a mi manera, estaba descubriendo no el origen del universo, sino lo que pasa en la vida  subterránea de nuestra sociedad.
                  Llegaba a mi hogar con un agotamiento total. Me dolían las piernas por los tacones altos, la cara me ardía de tanto fregarla para sacarme el maquillaje y el sentido de culpa por la vejación sexual comenzó a ser reemplazada por el placer. Perdí el temor al rechazo social y cada noche era un desafío, no quería ni justificarme ni culparme. Era dueño de mi  vida, de mi destino. A veces, en soledad me preguntaba si no estaba en la búsqueda del desafío final, la muerte. Conocí el cinismo, la mentira, la abyección. Cuando el cansancio me vencía y un atisbo de angustia comenzaba a germinar, buscaba a mi nuevo amigo, el linyera y juntos recostados sobre el puente, paliando el frío de la noche con un té caliente al lado de una pequeña fogata, mirábamos las estrellas. Me admiraba su sapiencia empírica  respecto al cosmos. Pude saber de bellezas y conocimientos que jamás hubiera sospechado. Pero estos momentos especiales terminaron a los pocos meses,  mi  amigo decidió seguir por otros caminos. No tengo más deseos de escribir, vacié mi existencia.
                   Con el tiempo Alberto desapareció, la búsqueda por parte de la familia fue angustiosa. El mundo científico quedó conmocionado. Mientras esto ocurría, los linyeras se reunían bajo el puente, como en congreso, para escuchar las historias del vagabundo sobre la amistad y las constelaciones. La harapienta comunidad lo llamaba “ El loco de las estrellas”
                   Un invierno muy crudo el vagabundo fue hallado muerto. Entre sus harapos sólo tenía un cuaderno con extraños relatos sobre la muerte de un  tal Ricardo, datos del  cosmos, apuntes sobres virus y una foto en la que se veían a dos científicos de espaldas mirando una gigantografía en la que se destacaban estrellas muy brillantes. Curiosamente, algunas constelaciones parecían figuras de ángeles mutilados.***

                  POSICIONES RELATIVAS
SELECCIONADO POR EDITORIAL DUNKEN, BUENOS AIRES 2007, PARA LA ANTOLOGÍA “ LO QUE LLEGA A LA PLAYA

                
            Hay un dicho popular “ Qué vas a hacer Ñato, cuando estás abajo todos te fajan” pero la historia de Jacmél desdice esta aseveración.
            Sucedió en la Martinica, Jacmél, nieto de esclavos, trabajador del azúcar, fue condenado a prisión de manera injusta, el culpable del delito había sido el hijo del patrón. Desde su cárcel bajo tierra, se lamentaba en creóle de su amargo destino, añoraba su  vida libre, sus días de pesca a la sombra de los bosques tropicales, sus noches de  amor cuando la luna indiscreta se metía entre los follajes de la selva y el estupor de la oscuridad. Pero una tarde de Mayo de 1902 la tierra tembló, en la superficie un viento violento precedió a la invasión de la nube ardiente; el Mont Peleé había erupcionado. En pocos minutos esta nube mató casi a los treinta mil habitantes de Saint Pierre, esta nube portadora de venenos, creadora de rocas y mortal para la humanidad, arrasó con los pecadores, los inocentes, los bellos, los feos, los pobres, los ricos, los niños, los viejos. Jacmél y sus compañeros de prisión sobrevivieron por estar  abajo de la catástrofe. Ahí también se cumplieron las reglas del Caos. La fuerza de la naturaleza no tiene principios humanos.****


  LA DANZA DE LAS PALOMAS. 
. SELECCIONADO POR CERTAMEN INTERNACIONAL PARA ANTOLOGÍA “POETAS Y NARRADORES CONTEMPORÁNEOS 2007” EDITORIAL “ DE LOS CUATRO VIENTOS”. Buenos Aires 2007.
                 
                                                   


           Lili giraba, su falda ondulaba como las alas de las palomas que seguían su vertiginoso bailoteo. De sus manos caían  sembrando  de  luz las semillas que alimentarían a las más sagaces y apresuradas. Esos  momentos eran los más felices del día, luego venían las obligaciones del orfanato, el aseo, los estudios, la rígida disciplina. Lo único que la perturbaba en su vuelo de libertad era la mirada de un mendigo que solía acurrucarse en la entrada de coches que daba al patio del convento y la miraba conmocionado. La imagen de Lili dando de comer a las palomas mientras ejecutaba su danza desde una música inasible y misteriosa lo fascinaba. Pero ella seguía con su ritual, sabía  que era inofensivo. Cuando las campanas de la iglesia sonaban a mediodía terminaba la magia del  juego. El padre Jaime bajaba desde la torre, donde tenía sus habitaciones, la tomaba de la mano y juntos se iban al encuentro de las otras huérfanas, era la hora del almuerzo. El mendigo sentía que el sol se opacaba, la jornada perdía su brillo, las palomas ya no danzaban, deambulaban sin dirección, emitiendo sonidos irritantes para luego cobijarse en los techos del orfanato y la cúpula de la iglesia.
          Los años pasaron, el mendigo vio el máximo esplendor de la niña en su juventud, sus juegos con las palomas parecían una bella pintura de la primavera. Pero había algo discordante en esa serie de imágenes que él había observado durante años, cuando el padre Jaime venía a buscarla ya no la tomaba de la mano y  ella transmitía la rigidez de una estatua, sumisa iba junto a él,  la oscuridad del día comenzaba en ese instante. Con el tiempo sintió que el brillo se ensombrecía  cada vez más hasta que dejó de verla. Pero él seguía allí, esperando la misericordia de los transeúntes.  Con el tiempo las palomas se fueron apoderando de todos los techos del edificio, hacían insoportable la vida de los habitantes del orfanato y de la iglesia que se situaba en su interior, durante el día cubrían todo el patio de piedra en el que otrora Lili jugara feliz. Lo que no cambiaba en ese paisaje denso y agobiado eran las campanadas de la iglesia, como ignorando los hechos sucedidos en esos años.
          Una noche de tormenta se sintió  crujir el techo de la habitación de Lili, carcomido por el tiempo y las palomas, asustada bajó a pedir ayuda al padre Jaime cuyas habitaciones  se encontraban en el piso anterior al suyo, el padre corrió por las escaleras, temiendo que cayera parte de la techumbre. La joven subió tras él, cuando entró en la habitación vio al hombre asomado a la ventana, el estruendo de los rayos y el estrépito causado por el desprendimiento del alero de la ventana en su choque contra el patio de piedra la aterrorizó, en un instante intuyó el infierno que tanto le habían inculcado en los años de orfandad,  años que sesgaron su inocencia, su libertad. Ese hombre vestido de negro, inclinado hacia el lugar donde ella creyó atisbar un mundo de esperanzas, iluminado por la luz de los relámpagos, se le asemejó al demonio. Resuelta, inmutable, serena, se acercó y con toda la fuerza  que le daba el odio almacenado en su cuerpo, lo empujó.
          El viejo mendigo, contraído, resguardado bajo el pórtico, vio  la figura  de un ave gigante, encendida su negrura por las luces de la tormenta, volar de manera  azarosa y frenética,  hasta verla horrorizado  estrellarse contra las piedras. Sintió un intenso frío interior, como el frío vacío de una época que huía. El ruido del cuerpo al caer quedó mitigado por las campanas de la iglesia que comenzaron a tañer, anunciando las doce de la noche. Las palomas, obcecadas en sus sombras, estaban quietas y en silencio. ***


LOS JAZMINES TAMBIEN PERFUMAN LA OSCURIDAD” Mención de Honor en concurso “1° CONVERGENCIA NACIONAL DE CUENTOS JUNINPAIS 2002) Editado en antología Editorial”EDICIONES DE LAS TRES LAGUNAS”. Junín.Pvcia.Buenos Aires.           
                                       
     
                  El calor la asfixiaba. Desde el patio le llegaba el aroma de los jazmines del país, penetrando y perfumando su piel. Se oía la estridente sinfonía que producía el croar de las ranas. Corrió suavemente la cortina de encaje; la negra Tomi, como Rosarito la llamaba, cruzaba su pesada silueta por entre las vasijas repletas de flores y esquivando diestramente el aljibe, hacía equilibrio con una  gran fuente repleta de pasteles que tenuemente brillaban de almíbar._ Seguramente los lleva para las habitaciones de la servidumbre, allí entre murmullos y suspicacias sobre la vida de los patrones, entre risas pícaras y bebiendo chocolate o tés de yuyos humeantes, vaciarían la bandeja, las muy diablas, pensó la joven.
                  La oscuridad iba cubriendo la ciudad, Rosarito apagó las velas del candelabro y con una amplia capa negra se tapó el primoroso camisón de blancas puntillas que cubría su juvenil cuerpo. Su pelo castaño quedó oculto bajo la capucha del abrigo. Salió sigilosa, la noche nublada presagiaba lluvia, nada le importaba, su ilustre Tata estaría charlando y bebiendo licores con sus amigos en la sala, dejando caer miradas lascivas sobre las caderas y pechos de las púberes esclavas. Su religiosa madre  rezaría el rosario, arrodillada ante el altar que dispuso en su cuarto, rogando por la bendición de la virtud de su hija.
                Se adentró por las calles barrosas, desoladas, apenas iluminadas. Sentía la libertad en su cuerpo y en su alma. Salía a sentir la vida. Los olores eran más fuertes lejos de las rejas y los muros de su poderosa familia. Las  risas, el sonido de los tamboriles, reemplazaban  a las tertulias de intrigas políticas que predominaban en su casa.  Quedaban en otro espacio, distantes,  el sonido de su piano, el aleteo de los abanico  de las damas que tapaban el rubor ante un comentario indiscreto, el rum-rum de las sedas y satenes, deslizándose por los brillantes baldosones.
              Luego de andar unas cuadras, sintió unos pasos que se le aproximaban, su cuerpo se estremeció, creyó desfallecer y se apoyó contra un viejo portal. Los pasos se acercaban, luego el silencio. Todo era oscuro, pudo sentir el olor y la calidez de ese cuerpo tan deseado que a su vez quedó impregnado del perfume a jazmines de la joven. Las blancas puntillas resaltaban aún más entre las caricias de las oscuras manos de José. El torbellino sensual de los movimientos  y las quedas palabras amorosas fueron  aquietando la pasión, de manera sutil regresó el silencio, solo quedaba  la débil vibración de las respiraciones entrecortadas.
               El regreso fue escondido, ligero. La llovizna cómplice atenuaba el poco ruido que producían los pasos juveniles. Ya dentro de la casa, al pasar por la habitación de la negra Tomi, escuchó la música y las risas. No soportó dejar de compartir y sin dudarlo abrió la puerta y entró. Las negras transformaron sus caras de alegría en las de terror, Rosario les hizo un gesto  de silencio con su dedo índice sobre su besada boca y un ademán como que sigan la fiesta y la fiesta siguió. La niña tomó un pastel almibarado y lo comenzó a saborear plácidamente, mientras Tomi le alcanzaba con sus morenas manos una taza de humeante té. Se miraron, Tomi le sonrió y Rosarito satisfecha de tanto placer observó que la negra tenía la misma sonrisa que su hijo José.***
                                                                                                                                  
       

“ QUERIDOS  AMIGOS”  EN ANTOLOGÍA JUNÍNPAÍS 2007

                                                   

                La tarde tibia y luminosa era una  fiesta. Ya se sentía en el aire el típico olor a azahares y los gorriones aturdían desde la arboleda de la calle siete. Octubre en La Plata, Anouk iba hacia el encuentro de Michael, estos nombres la divertían, había sido una  propuesta del profesor de la Alianza Francesa que  cambiaran sus nombres por seudónimos franceses, ellos aceptaron. Michael estaba esperándola en el  Café, sentado en una de las mesas de la vereda, con sus ojos verdes chispeantes de picardía, como asegurándole otro encuentro divertido. Se saludaron y la tarde estalló de primavera. Tenían que repasar lecturas y memorizar poesías; Sartre.. .Jacques Prévert. Las risas interrumpían  los estudios como compitiendo con el bullicio que producían los gorriones. En un momento de  extraño silencio la mesa se fue oscureciendo, toda la energía fluía en cámara lenta. Una sombra se interponía entre el sol del atardecer y la mesa repleta de libros, cafés, puchos y las juveniles siluetas. Levantaron la vista; altanera, inmensa,  doña Teresa los miraba desde su altura de matrona adinerada, envuelto su gordo cuello  con cadenas de oro. Una niña de unos doce años, de aspecto humilde, estaba a su lado, haciendo equilibrio con los paquetes de las compras de la doña. Saludos corteses, miradas huidizas y ahí partieron  la matrona y  su pequeña víctima. Ni bien se alejó la extraña pareja, la risa estalló entre los amigos, luego prosiguieron sus lecturas. Llegando a la Alianza reconocieron a lo lejos la figura alta y  con tendencia a la obesidad de Amelie. La querían mucho, era una treintañera con mohines de adolescente, solidaria y buenaza. Amelie los esperaba ansiosa, necesitaba de ellos, eran su salvación, ese fin de semana organizaría un té en su departamento del cual sería invitado especial el hombre por el cual, según ella, estaba  rechiflada. Alberto era maestro, morocho y ayudante de un cura en una villa de emergencia, su madre, doña Teresa, lo detestaba. Si ellos iban ayudarían a Amelie a distraer a su madre y aflojar tensiones. Por supuesto los amigos aceptaron, no sin gastarle bromas y pidiéndole la tarta de frutillas de la cual Amelie era especialista.
              Llegaron cuando el sol jugaba a esconderse tras la fronda de los tilos. No quisieron esperar el ascensor, subieron los dos pisos tomados de la mano, entre saltos y comentarios risueños. En un momento Anouk sintió como que algo la afligía, giró la cabeza hacia atrás y le pareció percibir que una sombra grotesca iba hundiendo los escalones por ellos pisados, fue un segundo, la angustia desapareció al llegar al elegante departamento. Al sonar el timbre abrió la puerta la chiquilla-víctima. Los jóvenes amigos miraron con ternura a la patética presencia vestida con delantal y cofia de puntillas, entraron a la sala donde se serviría el té. Como siempre estaban tentados por la risa, pero debieron admitir en su fuero íntimo que el departamento estaba decorado con muy buen gusto, donde se mezclaban objetos antiguos y modernos de alto valor. Se sentaron e inmediatamente entró doña Teresa, elegante, dominante, en su mano portaba una campanilla de plata, sus dedos estaban adornados con anillos de oro, uno de los cuales lucía un zafiro cuyo brillo azulado parecía querer hipnotizarlos. Al sentarse hizo sonar la campanilla, como aparecida de la nada llegó la chiquilla con masas y confites. Al rato arribó Alberto y Amelie radiante salió a recibirlo. Su atuendo escapaba del buen gusto dado el tipo de invitados y la hora de la reunión, el vestido  de lamé resaltaba su gruesa figura, pero su cara parecía competir con el brillo de la tela, irradiando una luz que solo provoca el amor.
               Alberto, de manera apasionada, comentaba los problemas sociales de la villa. Anouk pensaba que a pesar de las ricas tortas, la suave melodía, la elegancia del lugar y algunas risas de compromiso, era un sufrimiento estar en esa jaula de oro de atmósfera surrealista. Con Michael aceptaron una copa de Jeréz, milagrosa bebida que aflojó un poco la tensión que fluía en el lugar. De pronto, Alberto, siempre espiado, despreciado, por la mirada atenta de doña Teresa, comenta que pidió una licencia de seis meses en el colegio para acompañar al Padre en un trabajo social  en el Noroeste. Pobre Amelie, se apagó, se marchitó y su madre se iluminó. La fiesta no daba para más, Alberto se despidió, con un dejo de dignidad Amelie lo acompañó hasta el ascensor, cuando regresó parecía destruida. Los amigos aprovechaban para  retirarse pero su compañera les pidió que se quedaran un rato más_ Les traigo los poemas de Prévert, ya vuelvo.
                   Otra copa de Jeréz y la charla se hizo amena; películas, actores, pinturas. El tiempo pasó, Amelie no regresaba. La niña fue enviada a buscar a la señorita, sus compañeros ya se retirarían. Un chillido de terror invadió la casa, corrieron hacia el interior, la chiquilla estaba al lado del ventanal que daba por medio de un balcón hacia la calle, se fueron acercando. Anouk, asustada, se aferraba al brazo de su amigo. La doña, que había llegado primera al balcón, se balanceaba como una masa sin sentido. De una de las ramas más gruesas de un añoso Tilo, pendía el cuerpo ahorcado de la desgraciada Amelie. Una atmósfera de irrealidad rodeaba a la escena, lo único que escapaba de la tragedia eran las frondas de los árboles que se tocaban por el susurro de la brisa, dejando pasar las luces de neón que iluminaban la silueta inerte de Amelie.
                  Pasaron los años, otra juventud, otras sombras recorren la calle siete, pero siempre en cada primavera resurge el canto de los gorriones que habitan su arboleda, como festejando juveniles risas y los sonidos fantasmales de poéticas voces que recitan poemas de Prévert :
“... Y después dormirnos, despertarnos, padecer, envejecer.
Dormirnos de nuevo. Soñar con la muerte. Despertarnos, sonreir y reir
y rejuvenecer...”*********************


              LOS VIENTOS DE LA DIMENSIÓN AZUL  seleccionado por editorial DE LOS CUATRO VIENTOS ,Bs.As.. Argentina para Antología “POETAS Y NARRADORES CONTEMPORÁNEOS 2007)
                                              

                     Las hábiles manos manipulaban los tiestos dispersos sobre la arena, luego la arqueóloga se sentó en cuclillas y con su carpeta de croquis sobre las piernas comenzó a dibujar con trazos seguros el material encontrado. Su cuerpo en tensión disfrutaba concretando en el papel lo hallado en el sitio. Isabel se enjugó la frente, el calor comenzaba a ser insoportable, la arena brillaba con ese resplandor alarmante que anunciaba el fuego. Al  levantar la cabeza sonrió a Enrique, éste sacaba fotos, Uriel merodeaba por el lugar observando y haciendo anotaciones. Experto y eficiente el grupo sabía que era eje fundamental la tarea de campo que estaban realizando, la etapa final se realizaría en el laboratorio.
                 Al caer la noche el equipo rodeó la hoguera mientras comían las exquisiteces preparadas de Don Ramón, el cocinero. Isabel estaba muy cansada como para participar de la enérgica charla que sostenían sus colegas, los admiraba profundamente, eran sus maestros. Enrique y Uriel discutían técnicas de datación, cronologías posibles...todo apasionante, pero como era esperado subieron el tono al seguir confrontando conocimientos. Parecían dos pavos reales en celo, los dos con justificados galardones académicos, lanzaban una retahíla  de frases intelectuales de profusos conocimientos que agotaban la mente de los que escuchaban. La luz que emitían las llamas iluminaba los rostros de estos viriles y cultos hombres que compulsaban sus intelectos. De pronto, los gladiadores, discutiendo sobre el descubrimiento de los restos de Abbeville, en Francia, hecho  por el cual los historiadores marcan el final de la Prehistoria, no recuerdan el nombre del científico que realizó el hallazgo, seguramente iba  haciendo efecto el buen vino, Isabel  dijo_ Boucher de Perthes. Se hizo un silencio absoluto, la miraron como si estuvieran descubriendo que una vaquita de San Antonio pudiera hablar. Luego de la sorpresa proyectaron el trabajo del día siguiente, le dieron instrucciones a Isabel respecto a los croquis que realizaría y la cena terminó.
               La joven durmió poco, estaba ansiosa por las tareas que faltaban realizar, los resultados de la prospección, observaciones y demás estudios les daba esperanzas de hallar las piezas arqueológicas tan buscadas. Fueron tres años de preparación con planteos teóricos, organización rigurosa previos al viaje y la agotadora recaudación del dinero para financiar la expedición. El objetivo principal era el descubrimiento de una de las riquezas arqueológicas  más importantes de las últimas décadas. Aún más, cambiaría las teorías sobre la antigüedad  de las culturas de las poblaciones originarias, como corolario la gloria para estos extraordinarios arqueólogos y por lo tanto para ella como integrante del grupo.
                  Al amanecer  los integrantes del campamento comenzaron su febril actividad, pero un contratiempo oscureció el entusiasmo. Uriel amaneció descompuesto por un ataque biliar. El científico tuvo que quedar al cuidado del cocinero en el campamento, los demás debían seguir con el trabajo y  en busca de sus objetivos. Durante el trayecto hacia el sitio arqueológico ocurrió otro suceso que trajo gran disgusto al equipo. Enrique ante una imprudencia incalificable, ya que conocía perfectamente el terreno, se dislocó un tobillo, fue atendido inmediatamente, el dolor no cedía. Tuvieron que armar una carpa de emergencia con las comodidades necesarias para que descansara, de todas maneras él insistió en trabajar clasificando los datos hasta ese momento obtenidos. El resto del equipo, dirigidos por Isabel, siguieron con la expedición hasta llegar al lugar de excavación.
                  La carpa de Enrique no estaba lejos y el arqueólogo divisaba desde su cómoda pero enojosa postura, la actividad de sus compañeros. Cada tanto Isabel lo saludaba con la mano y él le contestaba levantando el pulgar para darle ánimo. El trabajo era difícil, estaban en la parte más delicada, la arqueóloga sentía el peso de la responsabilidad, los croquis que ella realizaba  ahora los hacían alumnos aventajados de la carrera, otros sacaban las fotos, todos trabajaban manera incansable y con pasión. La tierra arenosa se deslizaba suave por las espátulas y los utensilios de los trabajadores.  En algunos momentos Isabel no podía concentrarse, pensaba con ternura en los dos guerreros en reposo obligado y luchaba contra el pánico que le produjeron las circunstancias que la había llevado a tener la responsabilidad de la expedición.
                    Al atardecer, cuando la arena y los rostros se habían coloreado de un reflejo rojizo, Isabel tocó de manera cuidadosa una superficie porosa, miró a sus compañeros, su gesto puso en alerta al equipo que comenzó a preparase como para una cirugía de alta complejidad. No tenían conciencia del tiempo, cuando el sol iba desapareciendo la arqueóloga levantó en sus manos una maravillosa vasija cuyas figuras zoomorfas brillaban con un espléndido colorido bajo la luz crepuscular. Como si fuera una ceremonia religiosa la levantó lo más alto que pudo en dirección donde estaba recostado Enrique. Las lágrimas inundaban su cara, vio a lo lejos el pulgar de su maestro y hubiera jurado que también estaba llorando.
                Ya restablecidos, Enrique y Uriel tomaron las riendas de la investigación. En esos días llegaron reporteros científicos, el campamento derrochaba entusiasmo y energía. Una tarde, Isabel sintió la necesidad de quedar a solas en el lugar de la excavación donde habían encontrado la pieza tan valiosa, el sol pegaba ardiente y ella acariciaba la arena como si fuera polvo sagrado. Pensaba en el éxito de la expedición, en  sus colegas, en la exaltación que los dominaba y sentía que la emoción ahogaba su garganta. Quiso pensar en su familia, pero las imágenes se difuminaba, como si viajaran en otra dimensión. Sintió que el calor la agobiaba y a la vez como si alguien estuviera acompañándola en el lugar, al levantar la vista se encontró con la figura de una anciano indígena de piel moreno-rojiza, párpados muy arrugados en los que se destacaban dos líneas de brillante oscuridad. Una voz sonora de una acústica antinatural se escuchó en un espacio que Isabel no podía delimitar._ La nave viaja con sus vidas y con sus muertos ¿ Porqué hollar las tierras de reliquias sagradas? Isabel lo miraba sin miedo, absorta. El  anciano prosiguió._ Respira el aroma que mezclan los vientos de arena que juegan en círculo. No pueden salir al espacio, sal tú y azul será tu destino.
                Regresó al campamento como en trance, por el momento no iba a comentar sobre el misterioso encuentro, pero sabía que no podría dejar de regresar al sitio.
                Por esos días llegó la familia de Enrique, su mujer se pavoneaba orgullosa, como si hubiera participado del proyecto. El hijo era un émulo de su madre, molestando a todo el mundo con sus impertinencias. Se sucedían las charlas sobre el descubrimiento en la que participaban los científicos, técnicos, periodistas. La mujer de Enrique se lucía comentando anteriores investigaciones de su marido en las que ella había colaborado, todos se preguntaban de qué manera. A Isabel le resultaba insoportable la mujer, decidió dar unas vueltas por los alrededores, faltaban pocos días para terminar el trabajo y levantar el campamento.
                Al pasar las horas, el grupo advirtió que la arqueóloga no había regresado, se pusieron en alerta y comenzaron a buscarla. Se dispersaron estratégicamente pero los resultados fueron infructuosos. Recién al atardecer, cuando la arena todavía reflejaba la luz del sol y la luna llena iba apareciendo en otro ángulo del cielo, Enrique llegó al sitio del yacimiento. Sentía cierto temor, algo no era normal, como si el espacio y el tiempo no respondieran a la sucesión de fenómenos que ocurrían en los alrededores.
                 Uriel y los demás componentes de la búsqueda llegaron al rato. Les extrañó ver a Enrique, parado, inmóvil, mirando la arena en la zona de excavación. Se acercaron, temerosos. Isabel yacía acostada sobre la arena, una brisa levantaba partículas  formado círculos que la rodeaban como moldeándola, el pelo extendido se confundía con el color del desierto. Del inerte cuerpo surgía una suave radiación azulada y su cara otrora  tan joven y bella parecía la de una anciana.***


***“ EN EL PUEBLO DE LOS GINKGO BILOBA”. SELECCIONADO PARA ANTOLOGÍA.EDIT.NUEVO SER.2003.
                                                                                           
                 El sol amenaza arder sobre las dunas. La hilera de seres harapientos se desplaza sobre la arena. Es gente aún joven y fuerte, entre ellos hay niños, de rasgos bellos, se puede distinguir en sus facciones los rasgos de las distintas etnias terrestres, pero todas esas cualidades están escondidas por la suciedad de sus cuerpos y sus ropas. Un color humo rodea la imagen de los vagabundos, a pesar del oro del desierto se ven como andrajosos mutantes que vagan sin destino. Las poblaciones rechazan su presencia, son los leprosos del siglo veintiuno.
                Fueron los dueños del mundo en la era de los millonarios electrónicos; el  “ Capital”  fluía con libertad, Las Grandes Corporaciones Transnacionales eran buques sin banderas que navegaban con sus capitales por las aguas de Internet. Fundían países y enriquecían regiones en horas, causaban el mismo desastre que la fuga de los gases tóxicos de una industria pesticida, pero ellos seguían  su veloz viaje de piratería con sus “ Bancos Fantasmas”. Así estaba el mundo globalizado, con políticos y burócratas corruptos e  incapaces de seguir la velocidad de sus comunicaciones y transferencias. Barrieron con siglos de un orden social injusto pero con cierto equilibrio, desaparecieron la actitud ética, la moral, la dignidad. Pero la catástrofe llegó, explotó como una bomba debido a la volatilidad del Mercado Mundial, y este grupo de gente, habitantes de barrios exclusivos, de vidas privilegiadas, poseedores de riquezas inimaginadas para el hombre común, perdió la “ Espada, la Joya y el Espejo”.*
               Al principio, desconcertados, se unieron, se ayudaron, pero era tal la miseria que comenzaron su éxodo por el mundo, comiendo lo que encuentran y bebiendo de las aguas de escasos manantiales. La gente de los pueblos por los que pasan, los insultan, tirándoles piedras y sumiéndolos en el escarnio. Sus caras tienen la expresión de la nada, quizás llevan en sus mentes, recuerdos de los paraísos perdidos, de una vida obscena y amoral.
               Entre la muchedumbre van Takeo y su hija Amaterasu, siempre tomados de la mano. Sus semblantes reflejan sentimientos humanos, ausentes en los demás. Uno puede ver en ellos angustia, sorpresa, emoción. Takeo fue un poderoso Shogum financiero, amó  profundamente a su esposa Kono-Hana, rica heredera, en honor a ella y para merecerla había levantado un Imperio. Cuando su mujer murió solo se asió a la vida por su hija Amaterasu, luego devino el Crak Mundial y comenzó el peregrinaje. En esa travesía sin tiempo, la niña cuida de su padre y juntos comentan la puesta del sol, la maravilla de un eclipse, el nacimiento de una flor. Reconocen los pájaros por su canto, habilidad que aprendieron de Kono- Hana, gran conocedora de la naturaleza. Esas fugaces emociones son asfixiadas  ante el maltrato que reciben por los pueblos que pasan, observando a la vez la  pobreza y la falta de alegría de esa gente, era como si una lluvia de tristeza hubiera caído sobre el planeta.
               Una tarde pasan por uno de los tanto pueblos humildes, pero éste tenía algo distinto, denotaba organización y pulcritud. El padre y la niña se alejan del grupo, se adentran entre sus calles, les parece no percibir violencia entre los pobladores. Las veredas estaban arboladas de majestuosos Ginkgo Biloba, cuyas hojas en forma de abanico parecían aventar la fatiga de los forasteros. La admiración iba creciendo a medida que descubrían la peculiar vida de sus habitantes, la alegría dominaba la actitud de los mismos. Las mujeres cantaban mientras realizaban sus quehaceres, algunas familias merendaban en los patios delanteros de sus casas mientras los niños jugaban en las veredas. Al pasar los miraban curiosos, el olor de las comidas caseras era exquisito. Se veían jardines, huertas, granjas, todo amorosamente cuidado. Los muros, cual páginas de los libros, estaban pintados con imágenes de historias y leyendas, seguramente de esa región, adornados con bajorrelieves que representaban las hojas en abanico de los Ginkgo Biloba, el árbol sagrado de ese pueblo. Otra cosa sorprendente era la manera y el tipo de conversación que sostenían; hablaban de proyectos, las palabras salían musicalmente, se enlazaban, se enhebraban y confluían en sueños y utopías. Amaterasu se emocionó y más que nunca anheló estar con su madre para compartir ese lugar y esos momentos. Se detuvieron a mirar como trabajaban un carpintero y un herrero mientras tomaban un refresco y charlaban. La niña sintió la necesidad de pedirle a su padre la foto de la familia en los tiempos felices, Takeo, apesadumbrado,  le contestó- Los duendes del imperio me arrebataron tan precioso tesoro. En ese momento los artesanos levantaron la vista y sonrieron al padre y a la hija, les convidaron refrescos, reconocieron en ellos cierta magia.
                  El sol se estaba ocultando. Se veía  distante, cruzando las colinas, la hilera de harapientos que se alejaba. Takeo y Amaterasu  fueron invitados a compartir esperanzas en el pueblo de los Ginkgo Biloba.
                 Al pasar los días, la gente se reunió para, en ceremonia solemne, entregar al padre y a la hija, el símbolo que les correspondía como ciudadanos del lugar. El herrero y el carpintero se acercaron  con un hermoso estuche de madera en cuya tapa se encontraba exquisitamente tallada la hoja del árbol sagrado. Takeo sintió un escalofrío y lo invadió el pánico, creyendo adivinar que dentro habría una joya y  se dijo- Todo comenzará nuevamente. Al abrir la tapa, Amaterasu se sorprendió al ver el estuche vacío, pero su padre emocionado vio en el fondo del mismo el bello rostro de su hija reflejado en un espejo.

·        Dentro del mundo de los negocios la espada es la fuerza, la joya la riqueza y el espejo el conocimiento  (Alvin Toffler)
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                        EL ALARIDO DEL HIP HOP   SELECIONADO POR CERTÁMEN INTERNACIONAL DEL CENTRO DE ESCRITORES NACIONALES, CÓRDOBA,ARGENTINA PARA ANTOLOGÍA “ARTESANÍAS LITERARIAS” MARZO 2007.
                                                                                                   
  

          Quería incrustarme en el pizarrón, traspasarlo como una madura “ Alicia en el país de las maravillas”¡ Cobarde! En un segundo eterno hurgué desesperada en mi enciclopedia mental todas las filosofías pedagógicas para encontrar la más brillante y poder enfrentarlo. Sentía su mirada en mi  nuca   ¿ Qué esperaría de mí? Mi mano,  ignorando  mi desesperación, amiga piadosa, dibujaba el perfil de la placa euroasiática. Y me di vuelta, lo miré como a los demás alumnos, mi voz parecía venir de un lugar hueco y lejano. Pensé en la importancia de la educación, cierto, pero que soledad y vacío se enredaban en esa verdad. Era una carrera contra el tiempo, sus pulmones ya estarían achicharrados de tanto aspirar pegamento  ¡Bendito seas! A uno de  ellos se le ocurrió interesarse por el tema, sus preguntas hicieron derivar a  la configuración actual del planeta, otros se interesaron en la vida existente durante  la deriva de los Continentes. Todo en el universo es movimiento, me pregunto  por qué lo único estancado es  nuestra actitud de indiferencia social respecto a nuestra propia especie. Por fin el timbre, algunos alumnos se acercaron, seguían interesados. Nano se puso a mi lado, por primera vez se veía humilde, desamparado, mimoso. Tenía un aire de      ¡ Estoy aquí, con mi profe! Lo tomé del hombro, sentí su aún cuerpo de niño, casi me puede el llanto, no me lo iba a permitir, él me necesitaba protectora. _ Nano ¿ En estos días bailan de nuevo el hip-hop?
_Sí, el viernes ¿ Qué, quiere venir? Me preguntó  con su dicción cantarina y esperanzada.                                                                                                                                     - Sí, claro, me gustó, además es una expresión cultural de grupos que nos dicen muchas cosas, dije estúpidamente. Le di un beso en la frente y me fui. Caminé las veinte cuadras que quedaban entre mi casa y el colegio,  me hizo bien el aire fresco. Cuando había entrado al salón de clase y lo vi sentado, mirándome fijo, sentí vértigo. En ese trayecto recordé lo ocurrido con Nano.
             Acepté ir  a la presentación de los Talleres Municipales. La sala estaba repleta de chicos, se lucieron con las guitarras, bailaron folklore y  tango. Casi al finalizar la muestra le tocó el turno al Hip-Hop. En el grupo estaba Nano, pantalones anchos, buzo  y gorra de lana negra, una cruz pendía de su cuello. Su carita de dieciséis años tenía una expresión incierta, solo sus ojos oscuros transmitían una fiereza desolada. La música, extraña para mí, provocaba que los jóvenes contorsionaran sus cuerpos en el piso del escenario, las piruetas eran increíbles,  solo ellos podían realizarlas. Mientras uno  bailaban  otros hacían coro con letras de protesta. El mensaje me llegó, lo sentí en el estómago, era un alarido, una denuncia por la marginalidad de sus vidas, un alegato a la indiferencia social. Decidí que luego de la cena me acercaría hasta el departamento de Nano, sabía donde vivía, visité a su familia, muy humilde y sin padre, en ocasión de un censo escolar. Al salir del teatro compré una caja con bombones, se los llevaría de regalo, una pequeña manera de halagar su actuación y de alguna manera  demostrarle que había  estado presente. Rechacé de manera constante sentirme culpable, en lo que hacía me brindaba entera, no los estafaba. Luego del espectáculo, al llegar a casa abracé como nunca a mis hijos. Cuando terminaron de cenar les repartí unos bombones que compré sueltos, los de la caja eran para mi alumno. Ya todo organizado  y brindando explicaciones vagas me despedí de los niños, no tardaría mucho en regresar. Solicité un taxi y fui hacia las torres donde vivía Nano,  pedí al chofer que me esperara, eran las  diez de la noche. Me acerqué a un grupo de adolescentes que estaba sentado en la vereda, se veían botellas de cerveza vacías tiradas en el piso, sus voces sonaban guturales, altisonantes, provocativas.- ¡ ¿ Qué querés vieja? No jodás!  - Dejala che, es mi profe. Mi mano, temblorosa, se extendió hacia Nano, entregándole la caja de chocolates. Sus ojos, de pupilas dilatadas, me miraron oscuros y  asombrados desde el abismo. Lo tomó dócil, sin agradecer, mientras fumaba de manera profunda su cigarrillo, luego se lo pasó a un compañero. Uno de los chicos, como si tal cosa, aspiraba pegamento de una bolsa de nylon. Los olores del pegamento y la marihuana me provocaron náuseas, atiné a decir_ Chau Nano,  te veo en clase. En el trayecto de regreso hasta llorar me parecía estúpido, me sentía acorralada, furiosa, impotente.  No sabía como iba a mirarlo a los ojos luego de esa noche, los dos éramos conscientes que una triste complicidad  nos uniría de ahora en más. Ese día de clases había sido el primero que lo vi luego de mi visita a su barrio.
          Las veinte cuadras me dejaron exhausta, mis movimientos de rutina eran rápidos, intensos, cortos. Quizás de ahora en más cambie mis pasos, pero mis manos están vacías. Al llegar a mi hogar,  voy divisando una luz, con la certeza que en los acontecimientos cotidianos, la causalidad se inserta en la red de la vida  y estoy segura que mi mirada no se cerrará más entre los límites de mi realidad. En esa red de ahora en más estará Nano,  estoy segura,  él estará.
         
  

                             


    DOÑA CARMEN.   En antología “ 2008 Arte y Letras. Editorial  NOVELARTE. Córdoba. Argentina
                                               

                                                  
                 Estoy mirando el mar, desde esta sólida casa, desde la solidez de mi vieja vida, desde la más sólida de todas las soledades. Me apoyo en el bastón, aún para estar sentada y mi mano tiembla un poco. Lo extraño es que no quiero morir, estoy estacada por los recuerdos.
                 Siempre quise detener el tiempo, no permití que la vida fluya espontáneamente, planifiqué mi destino y no me salió tan mal. Sólo cometí un error   ¡ Cómo se me ocurrió que nuestro hogar, nuestro pétreo, inamovible hogar, debería estar frente al mar!
                  Mañana, quince de Mayo, cumpliré ochenta años. Alicia vendrá como todos los días a hacer la limpieza y seguramente me traerá una torta de cumpleaños, ella era así. Nunca la entenderé; la risa fácil, los músculos de su rostro distendidos, la picardía con un dejo de promiscuidad en su mirada. Ella, que sola enfrenta la vida, con hijos pequeños, pobres, sin grandes aspiraciones, sólo sobrevivir día a día, me traerá una torta de cumpleaños, me lo había prometido. No alcanzo a comprender esa generosidad.
                ¡Ochenta años! y estas olas que golpean tan fuerte sobre la playa. Siento que se roban la arena y la esperanza de ver a mis hijos. Les di amor, el amor más fuerte que puede dar un ser humano, mi propia vida. No tuve ilusiones personales, no me dejé llevar por una gran pasión, no les faltó nada. Quizás no tuvieron muchos mimos, pero no había tiempo para eso. ¡ Tenía tanto trabajo!. Cuando Helenita y Patricio eran pequeños les intrigaba saber que existía más allá del mar, entonces paraba un momento mis quehaceres domésticos y les explicaba en forma de cuento, la existencia de otros pueblos, de selvas, de bosques, de montañas nevadas.
               Mi marido murió hace muchos años, mis hijos se fueron más allá del mar, a conocer otros paisajes y esos pueblos que yo les relataba en su niñez, pero sé que volverán. Esta casa es para ellos, es de piedra sólida, mis nietos correrán por sus playas y se acurrucarán al lado del hogar cuando el viento sople muy fuerte.
              No me doy cuenta del paso del tiempo. Puedo estar horas, quieta, recordando, veo un resplandor rojizo en el cielo seguro vendrá tiempo ventoso. Me acostaré sin comer, a esta edad ya ni hambre se tiene.
               A la madrugada Doña Carmen se despertó asustada, era la primera vez que sentía miedo por el ruido que producía el viento. Se escuchaban las olas, bravías como nunca, golpear sobre la playa. Se tapó más y se alegró que pronto pasaría la noche, Alicia llegaría por la mañana temprano. Las olas bramaban cada vez más fuerte y el viento soplaba como si miles de cuchillas afiladas hubieran sido lanzadas a infinita velocidad.
               Por la mañana el sol salió  protector, resplandeciente. El mar planchado, unas tímidas olas llegaban a la costa y luego se diluían con movimientos apenas perceptibles. Sobre una larga y ancha extensión de la playa sólo se veía el desierto de arena, lejos muy lejos, el horizonte. Luego nada...nada...nada.***


                                   


UN VETERINARIO EN LA PATAGONIA”.
Mención de Honor en Certamen  Nacional“Junín País” 2oo3. Auspiciado por Cultura de la Nación , Cultura de la Provincia de Buenos Aires y Municipalidad de Junín( Pvcia de Buenos Aires)
                             


                  Como todas las mañanas, Nacho llegó a la veterinaria. A las nueve de la mañana arribaría su ayudante y comenzaría con la limpieza y la atención de los animales; agua y comida para los canarios, maíz para los gallos, verduras para los hamsters. Lo primero que hacía es prender la radio, pasaban buena música y noticias locales y nacionales.  Desde que se pudo sintonizar emisoras argentinas en estos lados de la Patagonia, se había hecho adicto a la radio. El  tiempo se presentaba bueno, excelente auspicio de trabajo.
                  Otoño, El Cerro Curruhuinca, con el colorido de su bosque era una fiesta para la vista. Esos días se vivían intensamente, pronto llegaría la temporada de lluvias y nevadas. Una ford vieja, pero orgullosa y bien cargada, se detuvo frente al local de la Veterinaria. De ella bajó un hombretón de cara amistosa y dispuesto a la charla coloquial._¡ Qué tal doctor! -¡ Cómo anda Don Zacarías!
_ Y aquí andamos, bajando al pueblo, preparándonos para el invierno, va a ser un año muy nevador. -¿ Usted cree?
-Sí,  ya he visto bajar pumas al campo, cuando los animales salvajes bajan temprano, seguro el invierno es nevador.
En  esos momentos entra Carlitos, el canillita del barrio, comiendo unas facturas. Deja el diario y se dirige hacia donde se encontraban los hamsters.
-Doctor, a la tarde vengo a buscar el que me regaló, así hago crías con la hembra, después se las vendo. Se ríe ante el negocio que propone.
 -O.K. Carlitos, vení nomás.
                          Cuando se fueron Don Zacarías y Carlitos, el veterinario preparó el mate y se acercó a su escritorio, en el desorden natural de sus papeles encontraba lo que necesitaba. Luego de anotar un pedido tomó el diario y se dispuso a leer los títulos, en grandes letras se destacaba parte de un discurso del presidente argentino en el que destacaba  la entrada triunfal del país al nuevo orden mundial, la pronta entrada al primer mundo y el despegue económico, sonrió _ ¡Éstos políticos!  Se montan en la cresta de la ola, total después nos estrellamos todos, pensó. Cuando estaba por leer el artículo sonó el teléfono. Una voz femenina, precisa le recordó de su visita a “La Estancia”, bueno, el diario sería leído después. Tenía que preparar  los medicamentos y todo lo necesario para la desratización de los galpones y alrededores de la casa. Pensó en la yegua, estaba mejorando, pero seguía con cólicos, aunque más distanciados. También tendría que desparasitar a los perros y supervisar el yeso de la pata del jabalí. Llegó Nelson, su ayudante, lo ayudó en los preparativos. Una vez organizados y delegando la atención comercial de la Veterinaria al joven, partió pasada las diez de la mañana con la Break atiborrada de elementos para su trabajo.
                 Entrando en la ruta comenzó a bordear el lago Lácar. Su belleza es imponente, posee la geografía de un fiordo pero de agua dulce. En él se reflejan los verdes-azules de los bosques que cubren los cerros, formando voluptuosas curvas en su superficie, demostrando la forma plegada de los mismos. Siguió a media marcha el ascenso de la ruta, un saludo amistoso a un paisano mapuche que se dirige caminando hacia el pueblo, al lado de su catango tirado por dos bueyes. Sobre el pescante iban sentados dos niños cuyas miradas serias y distantes observaban el paso del coche. A lo lejos, donde el lago sigue su rumbo hacia el Océano Pacífico, se ven como pintadas las montañas limítrofes. Como todos los pobladores que aman ese lugar, Nacho siente el peso de esa belleza, si bien está  protegida dentro del Parque Nacional Lanín, sabe del peligro que corre ese lugar intangible. Por  su mente cruzan como  slogans;  “ Canje verde por verde”, “Eutroficación” “ Tala indiscriminada” “ Incendios forestales”... pero bueno, disfrutaría este día de Otoño, buena música por la radio y un día de trabajo en el campo.

 Cerca del mediodía llegó a “ La Estancia”. Paró en la casa del puestero, los perros se acercaron a recibirlo, menos uno que se escondía, seguramente recordaba la última inyección que lo curó del moquillo. Don Raúl salió sonriente y respetuoso ante el arribo del Doctor. Luego del saludo entraron a la casa, típica de la zona, base de piedra, resto de madera y techo a dos aguas. En el interior la cocina a leña irradiaba un parejo calor, tan necesario ya que a pesar del sol la temperatura no pasaba de los 5°C. Tomaron unos mates acompañados por unas buenas tortas fritas, recién fritas en grasa, calientes, hinchadas por la acción de la levadura. Luego de una amena conversación sobre asuntos del tiempo y comentarios sobre familias del pueblo se despidieron. La Break entró por el sendero que llevaba a la casa. El suelo era alfombra crujiente de hojas doradas. A los costados; cipreses, maitenes, robles pellines, ñires y las ondulantes cañas colihues del sotobosque. Se acercó a la casa principal, bajó del coche. A través de los vidrios de grandes ventanas se observaba una galería con sillones cubiertos de pieles, trofeos de caza de la zona  y de otras regiones del mundo, sobre las paredes. El rechazo de Nacho, siempre que miraba esas imágenes, era instintivo; algo oscuro, siniestro, envolvía a ese ambiente. El saludo de Don Sepúlveda lo devolvió a la mañana luminosa. La atmósfera era transparente, fría, vital. Realizaron sus tareas, siempre era agradable trabajar con ese hombre cordillerano y chileno. Cuando llegaron a uno de los corrales, Don Sepúlveda señaló a dos ciervos y dos jabalíes bien gordos, estaban listos para carnearlos. Se harían facturas; chorizos, lomitos, salames y demás tipos de embutidos. El patrón de “ La Estancia” llegaría en las próximas  semanas desde Alemania, donde residía. Iba a recibir visitas especiales; al embajador de Estados Unidos y a una comitiva del Gobiero Argentino. Acordaron que Don Sepúlveda le acercaría al pueblo las muestras de los animales para hacerles los análisis correspondientes antes de  elaborar las facturas. Al atardecer terminaron con toda la tarea.
                  De regreso al pueblo, el paisaje, con la ruta en bajada se veía desde otra perspectiva, una lancha cruzaba el lago, en dirección hacia Quila-Quina, una isla de las cercanías del pueblo. Desde lo alto de la ruta se veía como un barquito de papel. En cerros más bajos se destacaban las “ rucas”, casa de los indígenas, con sus típicos corrales. Algunas nubes oscuras se venían acercando desde el Pacífico, presagiando mal tiempo.
                 A los tres días del trabajo en  la “La Estancia” llegó Don Sepúlveda a la Veterinaria, traía las muestras de los animales carneados para realizar los análisis. Querían convidar a las visitas con esas delicias regionales. Mate
por medio, la charla brotaba espontánea y fluida. El Doctor se puso a preparar las muestras en los portaobjetos, mientras Nelson y Don Sepúlveda charlaban y le pasaban unos mates. Abrió la pesada tapa del Triquinoscopio, quedando al descubierto una amplia pantalla, apagó la luz. Ubicado uno de los portaobjetos, el profesional comenzó el ajuste. Apareció en la pantalla la imagen de los músculos, busco precisión. Al instante se observaron pequeños espirales. Silencio. Siguió la búsqueda, más precisión. Aparecieron más espirales ¡ Había triquinosis! Se hicieron más análisis y todos con el mismo resultado. Eso era grave, se debía sacrificar el lote de animales, quemarlos. Don Sepúlveda estaba pálido. Decidieron que de inmediato viajaría a “ La Estancia” para dar la mala noticia. Al otro día iría el veterinario para presentar el informe al administrador.
                    En esos días comenzó a nevar pero la nieve duraba poco, aún faltaba frío para que quedara en los suelos,  los cerros sí estaban cubiertos. El sol  volvió a salir, última resistencia heroica ante la inevitable llegada del mal tiempo. Nacho viajó al campo a presentar su informe. Fue áspero el asunto, discutieron con el administrador, éste se negaba a quemar los animales sacrificados y con triquinosis. Era la  única manera de evitar que se propagara la enfermedad. El veterinario expuso el peligro de la ingesta de las facturas, ya que se consumían crudas. El administrador lo amenazó de prescindir de sus servicios si el profesional insistía en denunciar el caso antes las autoridades de Sanidad animal.
                     De regreso al pueblo, doblando el camino, se encontró con una comitiva,¿ Habría llegado el “ Patrón”?  La mente nublada por la indignación no veía el colorido paisaje, ni respondió como siempre lo hacía a los saludos corteses de los vecinos. Al llegar fue directo al teléfono y marcó el número de Sanidad Animal. Una voz conocida lo saludó. Mientras denunciaba el caso, prometiendo la documentación, con la tranquila convicción que guiaba todos los actos de su vida, observó el viejo diario que quedó sobre el escritorio donde se destacaba en grandes títulos “ ARGENTINA EN EL NUEVO ORDEN MUNDIAL”. Al cortar  la charla telefónica se puso a leer el artículo abandonado, sintió asco, para sostener esa filosofía iban a tener que  “ negociar” la patria. Faltaban cinco años para  entrar al nuevo siglo. ***


           

 LA CIUDAD DEL TAC...TAC...TAC...

         Segundo premio en narrativa en Certamen Internacional y editado en antología “PINTURAS LITERARIAS” DE Editorial ”Novelarte” Córdoba ,Argentina 2006.        ANA MARÍA MANCEDA. San Martín De los Andes. Patagonia Argentina.
                                 

                Comenzó a escucharse el ruido una noche de primavera ¡ bah! Es una manera de decir, en realidad era una noche helada. Se percibía que esa temporada había llegado por los cantos de algunos pájaros audaces y los brotes de las plantas, un hecho casi milagroso esto de los vegetales, de alguna manera mostraban la fortaleza de su reino. Hasta hace muy poco habían soportado grandes nevadas y ahora las heladas, pero ellos estaban ahí, triunfantes, mostrando sus retoños.
              El viejo Ariel vive en las márgenes de la ciudad, su  cabaña está situada en una zona más alta que el centro, justo donde comienza  la formación boscosa. Debido al intenso frío, ese atardecer entró temprano a su casa, al calor de la cocina a leña tomaba mate y leía novelas de aventuras, al lado su perro Don Quijote, pero su gran pasión era la pintura, pasaba meses hasta terminar un cuadro, siempre eran paisajes que él observaba en sus paseos y los retenía en su memoria. La radio era otra compañera, escuchaba todo tipo de música. Cada tanto se paraba, estiraba su cuerpo, el perro lo imitaba, los dos, flacos y altos  se acercaban a la ventana. Don Ariel observaba el cielo con el ardiente deseo de descubrir algún suceso extraordinario en el cosmos. Durante el día paseaba con su bastón y su perro por el centro y los alrededores de la ciudad. Hablaba poco con los vecinos, tenía una intuición fuera de lo común, no se le escapaba nada de lo que éstos hacían o pensaban, pero su boca estaba sellada. Todo quedaba en su cerebro y en algunos casos en su corazón. Esa noche, cerca del amanecer, sintió un ruido chispeante, corto y repetitivo; tac...tac...tac. Se levantó a espiar, los vidrios de la ventana estaban opacados por la helada, la abrió, una brisa fría chocó con el calor de la cabaña. No vio nada. Don Quijote tenía las orejas paradas y movía la cola. El tac...tac siguió escuchándose cada vez más alejado, como si bajara hacia el centro del pueblo.
                 Al otro día, en conversaciones familiares, en el club, en los cafés, comentaban el persistente ruido que los  despertó. En su diaria caminata, el viejo Ariel charló con los vecinos, debió admitir qué él también lo había escuchado.
                 El ruido nunca más paró. Lo que al principio fue un raro acontecimiento comenzó a preocupar a los vecinos. Se especulaba que quizás se estuvieran produciendo temblores de tierra, cosa normal en esa geografía, que provocaran desprendimientos de rocas y éstas se deslizaran desde los cerros circundantes hacia el valle donde se encuentra la ciudad. ¡Pero entonces debería escucharse una lluvia de tac...tac! Y no era así, el ruido provenía de un solo objeto que recorría a su antojo la ciudad y todos sus recovecos.
                  Algunos grupos de pobladores se organizaron para recorrer la ciudad a la hora en que se producía el molesto sonido. Nada vieron  pero comenzaron a percibir olores en los alrededores de dónde provenía el ruido. La ciudad se convirtió en una Torre de Babel, su estructura no era de  diferentes lenguas sino de distintos olores, los sentían agradables o nauseabundos con todas su variedades. A Don Ariel se le ocurrió hacer una estadística y como si tal cosa, indagaba a los vecinos qué tipo de olor había percibido, luego se iba a la cabaña y anotaba los datos que recordaba. Así todos los días. Con el tiempo acumuló gran cantidad de opiniones, las cuales analizaba y clasificaba. Le llamó la atención la variedad de olores.
               El pánico se fue apoderando de la ciudad. En la intimidad de sus hogares, los habitantes sentían como si el ruido recorriera sus conciencias. La primavera pasó y el verano se adueñó glamoroso entre los turistas y los aterrorizados pobladores. Lo extraordinario era que los visitantes no oían el tac...tac...tac, ni olían más que las hermosas flores de los jardines y las plazas.
                Recién entrado el otoño, cuando el bosque explotaba de colorido, el clima equilibrado en días más soleados, como cediendo una pequeña tregua antes que avasallara con sus lluvias y nevadas, el viejo Ariel tomó una decisión, acompañado de Don Quijote se levantaría a la hora del ruido y se juró no descansar hasta descubrir qué o quién lo producía. Ayudado por las deducciones obtenidas con su estadística casera, arribó a características personales de grupos que sintieron olores similares. Como toda población humana, la ciudad del ruido tenía sus bondades y pecados; amores secretos, crímenes misteriosos, crueldades, envidias, algún alarido de solidaridad, odios, rencores, heroísmo.

                 El viejo y el perro volvían al amanecer, agotados, sin descubrir nada. En ese tiempo no salía por las mañanas en su cotidiano paseo. Los vecinos le preguntaban por su ausencia, pero nada dijo de lo que hacía por la noche. A fines de otoño, en la rutina de su búsqueda, se sentó en una inmensa piedra cercana a su casa, ésta estaba partida por un añoso árbol que surgía entre las mitades. Se recostó cansado, don Quijote apoyó su cabeza en las rodillas del viejo. El frío de la noche no le permitía dormirse, su cuerpo estaba aletargado, sentía una profunda paz. De pronto lo vio, la luz de la luna iluminaba una pequeña cosa que de manera suave y saltarina bajaba hacia el centro del pueblo.¡ tac...tac...tac! Se quedó quieto, la mano sobre la cabeza de Don Quijote, como suplicándole que no se moviera. Hombre y perro eran estatuas bajo el árbol de la piedra partida. Sólo los ojos seguían alucinados al extraño objeto, hasta que lo enfocó. Era un nudo, opaco, apretado. Desprendía un olor intenso, a vida, a mucha vida. Intuyó que el material del que estaba hecho era una trama de disímiles sentimientos y acontecimientos que se enredaban de tal manera que sería imposible deshacerlo. Todo el nudo era un símbolo, una síntesis, era la suma entretejida del “Todo” lo que allí habitaba.  Regresó a  la casa junto a  Don Quijote, en un silencio abismal, solo se escuchaba en la lejanía el tac...tac...tac.. Nunca más salió a caminar. Los vecinos decían que se había vuelto loco.
                  Ocurrieron eclipses, el paso de cometas,  lluvias de estrellas, como provocando la mirada del viejo, pero éste había perdido el interés de mirar el universo por la ventana. Ahora indagaba con su mirada  ese enigmático nudo y trataba de plasmarlo en la tela, pintaba y pintaba.  Con los meses terminó el cuadro, estaba contento pero no dejaba de correrle un escalofrío cuando lo  observaba, era tan cerrado, inexpugnable.
                   Una noche, mientras realizaba quehaceres atrasados debido a  su obsesión por la pintura, sintió sirenas. Salió de la casa, se sorprendió al ver el bosque incendiado, los árboles de los cerros parecían envueltos  en   llamaradas rojas, como si provinieran del centro de la tierra. Un olor a incienso impregnaba el aire, se asustó, por el camino iban veloces los coches de los vecinos para ayudar a combatir el  fuego. Luego de unas horas de espera se  acercó al camino, los vecinos regresaban._ No sabemos que sucede Don Ariel, no fue un incendio, es un reflejo rojo que sale de la tierra. No pudo dormir,  miró el cuadro y  sintió la necesidad de  pintar  de  fondo el bosque en llamas, luego se le ocurrió que el nudo no podía quedar tan cerrado en ese paisaje dantesco, como si emanara un calor que provocara la apertura del tejido apretado, y lo abrió. Quedó como una inerte y opaca flor semiabierta. No lo pudo colgar como sus otras obras, lo envolvió con mucho papel  y  por último en una bolsa de tela oscura. Lo guardó en el sótano, entre las cosas menos deseables. Su  rostro expresaba cierta irónica perversidad, era una ceremonia secreta, sólo Don Quijote era testigo.
               Misteriosamente,  luego de esa noche, nunca más se escuchó por la ciudad y sus alrededores el escalofriante tac...tac..tac***
                

                       EN BUSCA DE JAIME CHONG 

Tercer Premio Certamen Internacional “CENEDICIONES”,Córdoba Argentina 2007 y editado en Antología “MENSAJEROS LITERARIOS”
                                                 
                                                              
                   Al llegar quedó como plantado ¿Cuándo y cómo había decidido regresar? Sintió  un cachetazo de luz blanca, la belleza de la ciudad penetró todos sus sentidos, como un autómata comenzó a caminar mezclándose entre el gentío. El aire propagaba el olor del “ chupe” con tripas de carne, seguro estaba cerca de una “Picantería”, decidió buscarla,  tenía hambre, se le hacía difícil avanzar, el pueblo estaba de fiesta, era la semana de festejos conmemorando su fundación, por la noche habría fuegos artificiales en la Plaza de Armas. El colorido de las ropas de los pueblerinos, la música, los bailes espontáneos, los estandartes, los iconos religiosos, las construcciones coloniales y las casas blancas, donde las piedras de “sillar” volcánicas reflejaban la eterna luminosidad del lugar, le provocaron un nudo en la garganta y no pudo evitar las lágrimas. Su cámara fotográfica colgaba inerte sobre su hombro, hecho curioso, él que sólo vivía para el sonido del “ flasch”.   Tuvo conciencia de su ser, estaba en el lugar donde había nacido. Recordó qué vientos lo habían llevado a volver a su continente, la enfermedad de su madre produjo la decisión de regresar a Buenos Aires, dejó su apasionado deambular por el mundo en busca de la imagen perfecta de una erupción volcánica, era un irredento “ Cazador de volcanes”, sí dejó todo y  acompañó a Tina hasta el último momento. Luego de tantos años de silencio pudieron reencontrarse  en las profundas charlas que se debían, la separación con su padre la había destruido, no tuvo el valor para enfrentar a su familia de origen italiano que rechazaba desde los inicios la relación de Tina con un hombre de raíces indígenas por médico que fuere, la constante tensión había desgastado al matrimonio, ella decidió regresar con sus padres a Buenos Aires, junto a su hijo, pero Manuel ya era adolescente y jamás olvidaría el lugar de los Andes en que había nacido y criado, esa tierra lo poseía hasta esculpirlo en sus rasgos. El anochecer los sorprendía  con una cierta placidez por las horas de confesiones respecto a la fuerte historia familiar. Cuando la primavera se anunciaba en los paisajes porteños, Tina murió y su niñez pareció refugiarse en ese instante. Ocurrió todo muy rápido, tuvo necesidad de respirar su tierra natal, la de los Córdoba Fonseca y ahí se encontraba.
            Se sintió guiado por los olores pero no pudo evitar mirar hacia donde todo su cuerpo se lo pedía, el cosquilleo lo atravesaba hasta el estómago, ahí estaba el   “Misti”, bello, imponente. Su cono nevado le daba una apariencia de inocente expectativa, como disimulando su terrible pasado de erupciones destructoras, él no le creía, sabía que estaba alerta, amenazando. Decidió concentrarse en su hambre, allí se veía una banderilla roja, un antiguo símbolo que denunciaba la presencia de la   “ Picantería”, entró. El ambiente estaba habitado por el humo despedido por la cocina de adobe, donde ardían leñas de sauce calentando la olla de barro que cocinaba los guisos y potajes. Los rayos del sol, penetrando por las claraboyas, jugaban con la humareda,    ennegreciendo aún mas las paredes. Se sentó y tuvo la certeza que no habría nada que lo hiciera más feliz en ese momento, estaba en el templo donde se refugiaban las sustancias y los sabores de las comidas típicas que arrastraban una historia milenaria de ese lugar de los Andes. Comió con deleite el chupe con  tripas de carne de res, chicharrón, rocoto, verduras y tostado. Pidió una cerveza arequipeña bien fría, al beberla sintió como una caricia fresca en su ardiente paladar, el rocoto le hacia arder la lengua, sonrió al recordar que llamaban ½ Hot a ese pimiento verde peruano, debido a que picaba lo suficiente pero no tanto como para no sentirle el sabor. Mientras disfrutaba de la comida veía pasar por las vitrinas a la gente alborotada por la fiesta, sus caras de típicos  rasgos indígenas y mestizos le hizo recordar a su casi centenaria abuela, Doña Ñust’a  Amaru. Entre el gentío se mezclaban extranjeros que sacaban fotos sin cesar, su cámara posaba en la silla de al lado, como la compañera que era, sabía que en esos momentos el silencio debía mitigar el impacto de la nostalgia. Miró la hora, a las tres de la tarde iría a la Iglesia, no sabía con qué se encontraría. Ni bien había arribado al hotel le envió una esquela al viejo, en respuesta le dio la cita para esa hora. Decidió que recién al otro día iría a la casa de su abuela, por ser la primera jornada eran suficientes las emociones. Salió reconfortado a caminar por las calles de su infancia, sentía como si su verdadera piel cubría nuevamente su cuerpo, sumido en sus pensamientos caminó por más de media hora, unos niños lo atropellaron y lo hicieron volver a la realidad, los recuerdos quedaron en una noche de riña de gallos que junto a su padre estaba presenciando, ahí fue donde conoció a Jaime Chong.
          Dentro de los “Coliseos” arequipeños era uno de los más humildes pero eso no evitaba la presencia de ilustres profesionales, políticos, artistas que se citaban los domingos a presenciar la riña de gallos. Éstos, de hermosos colores, siempre prestos para el combate y con sus espolones especiales diseñados para la lucha, enardecían a las multitudes  que apostaban frenéticamente por sus favoritos. El Doctor José Córdoba Fonseca ignoraba su existencia de médico, de padre de familia, de  conflictuado humano descendiente de etnias marginadas, sólo existía ese momento, su cara se transfiguraba,  su adrenalina lo llevaba al vértigo, le  hacía doler las mandíbulas, lo erguía a la máxima tensión, tenía que ganar. A su lado en una actitud supervisora y delirante, con sus párpados oblicuos cubriendo la mirada sobre  todo el espacio y lo que allí ocurría estaba su amigo, mestizo de indígena y chino, Jaime Chong, el gallero. Éste al ver al joven con cara de espanto ante la feroz y sangrienta riña y a la vez de orgullo de acompañar a su padre en el espectáculo que se consideraba sólo para hombres, lo tomó del hombro y le dio unas palmadas, su cara de marfil arrugado le sonrió  y Manuel supo, con sus catorce años, que había encontrado un amigo para toda la vida.
           La pequeña Iglesia tenía el aspecto lógico de una estructura del siglo diecisiete, pero a pesar de la antigüedad, de su evidente cansancio, lucía triunfante sobre el paso de los siglos y las catástrofes sísmicas y volcánicas propias de la región. La perenne luz provocaba el resplandor de sus casi blancos muros pero un amarillento matiz indicaba que el sol recién se alejaba del cenit. Manuel sintió el impulso de entrar, tenía unos minutos antes de las tres  pero para su sorpresa el portón delantero estaba con candado, rodeó el lugar buscando alguna puerta lateral, en una de sus vueltas encontró un pequeño laberinto donde al final se veía una diminuta puerta de madera la cual se abrió fácilmente. La nave de la Iglesia estaba solitaria, la luminosidad que entraba por los vitrales casi lo cegaba, buscó la imagen de Cristo en el altar superior, al bajar la vista se sorprendió  ante la figura de un campesino arrodillado, su actitud era piadosa y de penitencia. Sobre su sombrero que se parecía al de un espantapájaros, mágicamente volaban  con una sutil coreografía, una bandada de golondrinas que parecían desafiar al lugar sagrado, al tiempo detectado por los humanos, a los sentidos, a la realidad. El campesino  volvió su mirada hacia Manuel, sus ojos oblicuos lo miraban desde su misteriosa existencia.
               Ya fuera de la iglesia se abrazaron, la apariencia casi cómica del gallero hizo sonreír al fotógrafo, había algo en él de sobreactuación, desconfiaba de su humildad ya que había sabido por su padre de la riqueza que había acumulado con las apuestas de las riñas de gallo y respecto a su religión no dudaba que tenía un origen sincrético personal e intransferible.
_ Manuel, le dijo entregándole un paquete, quería darte esto, se lo olvidó tu padre uno de los Domingos cuando estaba en la ciudad, pero con el tiempo supe que no fue un olvido sino un mensaje para vos.
Caminaron un largo rato, Manuel sintió en su madurez que su vida se prolongaba en la del viejo, charlaron  y se acompañaron con silencios, quedaron en verse en esos días de su estadía en Arequipa, juntos irían a lo de Doña Ñ’usta. Ni bien se despidieron Manuel corrió hacia el hotel, al llegar a su habitación se tendió en la cama y abrió ansioso el paquete, adentro  tenía una tela que envolvía el contenido, al abrirla le pareció detectar un olor que había sentido en una de las excursiones que realizaba con su padre por los montes. Nervioso abrió la tela, quedaron expuestos ante su mirada emocionada unas hojas secas y casi pulverizadas que inmediatamente reconoció como de la planta de coca, una pequeña botella de pisco, un pequeño envoltorio que contenía un puñado de tierra y “ apachetas”, cúmulos de pequeñas piedras. En una hoja escrita de puño y letra de su padre decía,    “ Ama sua, Ama Llulla, Ama Quella” “No robes, no mientas y no seas perezoso”. Manuel supo que era la ofrenda de los quechuas a las fuerzas de la naturaleza, a los dioses, a la Pacha Mama, su Madre Tierra, cuando van a iniciar la siembra. Comprendió el mensaje y sintió el  profundo significado de sus raíces. Una sensación de paz lo fue invadiendo, lo hacía volver de otras dimensiones, como si fuera saliendo  diluido entre el magma que derramaban los volcanes que él locamente perseguía, como si fuera esculpiendo una nueva geografía de su vida. La paz, quizás pudiera cristalizarla a partir de ahora, ahora, que los volcanes más amados se habían apagado. ***


*ABANICOS DEL OLVIDO.*                                           
                                                                        

                                                                                                 
                              Noche y las sombras de las hojas de los árboles
                              nocturnos. Abanicos fantasmas refrescando amores
                              en  las puertas de los zaguanes.

               El aire del trópico, la música caribeña  de la

                              radio se expande en los recuerdos. Día, feria,
                              olores de verduras y frutas. La humedad y el calor se         
                              adhieren a la eterna piel de la juventud que iluminará                                                                                                                                                                             
                              todas las primavera por venir. Risas. Puerto y tango.                      
                              Melancolía. Sonido vibrante. Amores, locos amores.                                                               
                              Crepúsculo ¿Ocaso? ¡ Qué importa!
                              La noche me espera con las sombras de las hojas
                              de los árboles nocturnos. Fantasmas. Hay un zaguán
                              largo, muy largo, se oyen suspiros y un suave aliento. 
                              Y cientos de abanicos deslumbrados, olvidando amores.                                           

        
                    
                       RUTA  CORTADA:

                                                              
                                                                                                         
        El hombre ni me miraba, daba explicaciones  a la nada, indiferente, como la hora de la tarde que sabía que perdía ante el ímpetu de  la  realidad de la noche.   ¿Qué hago? No quería regresar,  fueron seis horas de viaje, no retrocedería. La Terminal era un ir y venir de gente, autómatas en sus mundos, comían, tomaban café,  algunos atendían a sus hijos, mucha gente trabajadora despidiéndose de sus familiares. Yo, sentada en un banco, aferrada a mis bolsos, perpleja y con ganas de ir al baño, ni  loca lo haría, aguantando en mi hombro la pesada cartera ¿Me arrepentiría alguna vez de haber transitado por la vida con tanto peso?  No, no, no era un peso cualquiera, en esas tres horas de espera que tendría para tomar un bus de una extraña empresa que me llevaría a Retiro, podría, si quisiera, abrir uno de los bolsos y tomar un libro, mi libreta de anotaciones, lapiceras de distinto colores, algún  perfume, chocolates, remedios, ropa, me faltaban  las plantas y el loro. El tiempo, rebelde ante mi ansiedad, seguía  su inexorable tic-tac, situación insólita, pensé que si pudiera observarme daría pena, pueblerina  cordillerana, asustada ante el giro insospechado de mi viaje. Había embarcado desde mi pueblo de montaña en viaje directo a La Plata, un corte de ruta organizado por chacareros del Valle impedía que la  Empresa siguiera su ruta, era riesgoso, habían ocurrido situaciones de violencia con otros micros que quisieron ignorar la situación. Sentí un llanto , a mi lado una joven de aspecto estudiantil se tomaba la cabeza, su mochila caída en el piso, le toqué el hombro, no sabía que decirle. Cuando Tania  pudo calmarse me explicó, también viajaba a La Plata, la empresa como a mí, le pagaba el viaje de regreso al pueblo o hasta Retiro con otra  Empresa que se arriesgara por esos caminos, pero el caso era que no tenía dinero para costearse el pasaje Retiro- La Plata y debía seguir viaje ya que empezaban las clases en la Facultad, había estado de vacaciones. Sentí que era un  ángel salvador, yo le pagaría ese viaje, entre las dos nos protegeríamos, yo le tenía terror  a Buenos Aires. Me miró agradecida y en su sonrisa vi todas las sonrisas de la vida. Con la charla la espera se hizo corta, al fin llegó el micro que nos llevaría a nuestro destino. Ignorábamos que camino tomaría, al rato se nos despejó la duda cuando nos encontramos paseando por las afueras de las chacras. Desde el camino de tierra se divisaba por algunas chispas de luz artificial los cultivos de manzanas y los valientes álamos protectores del viento. El traqueteo del micro y la dureza de los viejos asientos  castigaban enfurecidos nuestros cuerpos provocando un arrepentimiento de haber seguido el  trayecto, pero en mi interior brillaba la luz del encuentro con mis seres queridos, el deseo de verlos me daba fuerzas para aguantar mucho más, intuía que el viaje duraría treinta horas desde la partida del pueblo en vez de los veintitrés habituales. En el giro de un sendero nos encontramos con uno de los piquetes, sentimos la tensión ¿ Qué ocurriría? El recorrido se hizo lento, a los costados de los caminos se veían las llamas de unas improvisadas fogatas y las siluetas gigantes de cuerpos sentados en cuclillas, uno podía imaginar la ubicación de las caras por el brillo rojizo de los ojos, la oscuridad de la noche borraba todo otro indicio humano y geográfico. El pasaje entre los piqueteros se hizo eterno, los choferes prendieron las luces internas del micro. Éramos como un barco fantasma, sin rumbo, en un mar de miradas agobiadas por el reclamo. Mi miedo se transformó en compasión, esas personas estarían  cansadas y ateridas de frío. No nos pararon, luego de un largo rato de haber dejado atrás el piquete seguimos en silencio, como acompañando la protesta.   Los choferes prepararon mate y pusieron la radio, hacían comentarios jocosos, luego nos ofrecieron unos sándwichs y bebidas, el clima entre los viajeros se hizo distendido y familiar, comparé con la atención de las grandes Empresas  en la que la misma era eficiente, prusiana, aséptica. Por supuesto no teníamos televisión, Tania se fue  a tomar mate con los choferes, sentada en un escalón charlaba y se reía, daba placer escucharlos. Me acomodé en el asiento y usando de almohada a la campera, apoyé mi cabeza en la ventanilla para mirar el cielo, quizás descubriera algún objeto extraño entre los millones de estrellas que me iluminaban de placer por verlas. Cuando cruzamos el río plateado y violento sentí una opresión, dejábamos la Patagonia y no pude evitar sentir  la sensación de fragilidad y abandono que tenía este territorio. Se podía provocar su aislamiento de manera agresiva con el solo desborde de sus ríos, grandes nevadas, erupciones volcánicas o terremotos, o de manera sutil por equívocas  e indiferentes decisiones políticas desde escritorios porteños.
          El amanecer deslumbró mi esperanza, la llanura  extensa sin egoísmo, nos regalaba un medio sol anunciando de manera dorada su reinado. La vista del horizonte dividiendo  los verdes y el celeste señalaba la maravilla de la existencia, me sentí feliz, pronto vería  a los míos , sin embargo, adherido a mi piel estaban plasmados los rostros , como  los de las pinturas de Edvard Munch, donde la soledad y el desamparo explotande silencios. ***



EL ETERNO RICTUS DEL AGUILA
MENCIÓN DE HONOR Y EDICIÓN EN ANTOLOGÍA EDITORIAL NUEVO SER.2004.BUENOS AIRES. ARGENTINA
                                               
                                                          Mario Carreño(sueño fragmentado)

            Hace mucho tiempo que Joaquín Ibañez no se sentía tan feliz. El Sol pretendía esconderse tras los cerros, pero los últimos rayos jugaban a iluminar, como si fueran teclas de un piano tocadas mágicamente,  la loma congelada de los bosques,  un ángulo del valle o el rostro de Joaquín reflejado en el espejo que había colgado del tronco, haciendo de pilar en la puerta de la casa. Su rostro curtido parecía sereno si no fuese por ese leve rictus que la nostalgia le había puesto como un sello entre la boca y la mejilla izquierda. ¿Sólo  la nostalgia? Ya habían pasado tres años, allí quedaron sus compañeros muertos, otros torturados, tenía la imagen del caos, pudo escaparse pero los fantasmas lo perseguían, para colmo de este lado de la Cordillera la cosa estaba densa  peligrosa, llegaban murmullos de terror desde la capital.                                                                                                                              
         La  jornada había sido espectacular, el aire frío vigorizaba, pero estaba el sol y le pagaron la quincena. Esa noche iba a salir, no ahorraría y aún más no leería a Neruda ni escucharía a Violeta Parra ni a Víctor Jara, solo se reiría, tomaría  pisco y sexo, sexo toda la noche. Siguió afeitándose, por un momento lo quiso dominar la angustia de la nostalgia cuando en el espejo quedó reflejado fugazmente la silueta de los cerros con sus bosques congelados y como siempre parecía que desplegaba sus alas de águila y cruzaba la Cordillera, sobrevolando su amada patria, engarzada entre la tierra y el mar.
          Bañado y perfumado, las once de la noche lo encontró  subiendo despaciosamente la cuesta que lo llevaría a La Casa De La Colina. Al cruzar el estrecho puente  se detuvo a mirar el arroyo que bajaba furioso desde lo alto, el deshielo y las lluvias habían producido su máximo nivel, pero aún así no desbordaba, como si manos invisibles guiaran su derrotero hacia el lago y luego hacia el océano. Por un instante pensó que jamás el hombre tendría esa libertad que tienen las aguas, esas mismas aguas que él estaba mirando pronto serían observadas por gente de su pueblo. Se dijo ¡Basta! Siguió su camino, un viejo Renault lo cruzó, se estremeció, era el cabo Gómez, esa mierda era infaltable en la casa de Doña Catarina de Ouro Preto , ma sí, lo ignoraría, esta era su noche, quería estar con Jacqueline, estar con ella era poseer el océano, oscuro, frío, tumultuoso, era embriagarse de algas y montar estrellas de mar, era conectarse con la inmensidad del desierto de hielos, con los volcanes siempre en acecho. Su piel era como la suya, hecha de tierra dolida, olor a copihue y sabor a soledad.
             Doña Catarina siempre lo distinguía con Jacqueline, esa mujer parecía comprender todo, su mirada chispeaba de hondura y picardía, tenía un instinto casi animal para captar los deseos de sus clientes ¿ Qué vientos la habrían traído a la Patagonia?¿ No extrañaría su tierra cálida y alegre? Que misterioso era el destino de algunas personas. La última parte de la cuesta era brava pero ágil y con todo su cuerpo expectante no sentía la subida, ni bien llegara un pisco le haría reponerse del frío y el esfuerzo. Sonrió, esto no era nada al lado de su huida por la Cordillera, eso sí fue terrible, sin comida, alerta como animal perseguido por sus cazadores, el frío, la oscuridad de los bosques y la mente ocupada con un solo mandato, huir...  huir. Recordó cuando llegó a estas  tierras ¡Cuánto agradecimiento sentía por sus amigas que lo refugiaron en su hogar! Los días pasaron vertiginosos, cuando la cosa se fue calmando y se pudo organizar lo asechó la nostalgia, se le metió en las tripas y ahí quedó. Era como un parásito que le roía el alma, mañana y noche, mañana y noche, muchas veces sucumbía a su poder y lo alimentaba con poemas, canciones, recuerdos, otras lo quería ahogar con pisco, pero nada, solo quedaba su joven cuerpo achacado por la borrachera y la nostalgia seguía ahí, oprimiéndole el pecho.   Iba a ser un mes que no venía donde Catarina de Ouro Preto. Esas Noches  eran como un reposo para los recuerdos, pareciera que lograba vencer por unas horas al monstruo que lo carcomía, quizás lo exorcizara   la nostalgia melodiosa de los tangos o las románticas canciones de Leonardo Fabio, ese sí que le gustaba.           Al entrar el humo de los cigarrillos lo golpeó, cosa rara en él que las tenía todas, no le gustaba fumar. Entre la niebla se destacaba el decorado rojo y las lámparas adornadas con espejitos de colores que transmitían una luz macilenta pero suficiente como  para ver las muchachas con vestidos que de tanto en tanto destellaban algún brillito de dudosa calidad. El tocadiscos desgranaba la voz plañidera de Fabio que como un alegato al destino le decía a su amada que había sido suya en verano. Sentada en un sillón de raído terciopelo violeta, estaba Catarina de Ouro Preto que con un abanico ostentoso, disipaba el humo y el calor de su cara transmitido por el cercano hogar repleto de leña ardiente. El grueso maquillaje ocultaba su  tez morena, como si quisiera ocultar su mestizaje, pero su porte altivo, su rodete  sanguinolento y sus joyas baratas, producían lo que ella se proponía, impactar como lo que era,  la madama de La Casa De La Colina. Ni bien vio a Joaquín lo llamó con una seña cómplice. Quería a ese exiliado, se reconocía en él, excepto que la Doña disimulaba el rictus con el rojo de sus labios y el rubor en las mejillas carnosas. Joaquín se acercó y se sentó a su lado, pidió un pisco y se relajó. Catarina  charlaba sin cesar y sus ojos retintos titilaban de una cierta ternura alcohólica. Jacqueline ya vendría, estaba con un cliente. Algunas parejas salieron a bailar un tango, todo el espacio estaba envuelto de olor a sexo y desesperanza. Al rato la vio bajar por la estrecha escalera que llevaba hacia los cuartos. Estaba desaliñada y llorosa, Joaquín se levantó como un resorte y corrió hacia ella .-¿Qué té pasa?  Abrazó a la frágil joven.- No  te lo puedo contar Joaquín, ya pasará.- No vení, bailemos y  contame. Se metieron entre los otros bailarines, ella se sentía agobiada, él quería poseerla ahí mismo, había esperado tanto esos momentos, sus piernas se entrelazaban siguiendo el ritmo del tango, le acarició la cabeza mientras la miraba.- Contame Jacqueline.- Ese animal... . es un castrado, necesita la violencia... sollozaba. De pronto se quedó atónita mirando hacia la escalera, Joaquín se volvió. El cabo Gómez los estaba observando, su rostro furioso mostraba las mejillas lastimadas y su mirada... esa mirada que él conocía. Todo ocurrió en un segundo, el brillo de la hoja del cuchillo buscó el tierno pecho de la joven y él se interpuso. Sintió un caliente y dulce flujo que salía de su vida y se sintió caer, como en cámara lenta. El silencio humano era total, solamente la voz del disco ignoraba el drama “ Ya nunca me verás como me vieras, recostado en la vidriera... esperándote...” Los aterrados rostros de Jacqueline y Catarina de Ouro Preto parecían mirarlo desde un abismo oscuro, lejano, sin retorno. Joaquín Ibañez  tendido en el piso del prostíbulo creyó estar sonriendo, esa noche brillante de Agosto en la que etéreas plumas de nieve iban cubriendo finamente las calles y los techos del pueblo, espiadas por algunas estrellas rebeldes que parecían expulsar lágrimas de luz. Se vio elevar y volar como un águila allende la cordillera, deslizarse como planeando por la larga y estrecha lonja de su herida tierra, consolada por las aguas del mar. Creyó que sonreía, pero su boca era un rictus como si señalara un camino hacia la eterna libertad.

SOLEDAD. MICRORRELATO

 Seguí a mi marido, muchas situaciones confusas me llevaron a extremar los celos.
Ahí, en el medio de la ruta estaba su coche. Bajé, solo se veía el rodar de los coirones empujados por el viento sobre los pastos secos y muy a lo lejos una casa de campo. Paisaje inhóspito, vacío. Entré al auto. Nadie, pero mi cuerpo lo sintió. El perfume a nardos de mi amiga ocupó para siempre cada espacio de mi soledad.*******




                                        ¡COMO LAS FLORES SEÑORA!





           ¡Alégrame la vida! Entonces, a propósito le preguntaba cómo andaba y él tan suelto como era, tan pobre, tan feliz, dejaba volar las palabras de su sonriente boca ¡ Cómo las flores señora! Sonaba a música, suena a música, sonará a música. Tenía una ligera nube en los ojos que producía un silencio en su mirada, un segundo, un tac y por ahí volvía a chispear, como cuando explicaba que su nombre quería decir “tigre amable” en mapuche. Lo mágico ocurría ante mi pregunta ¿Cómo andás Ainao? y el mundo vibraba, se llenaba de colores y notas musicales.
           Luego de las clases debía enfrentar mi nueva vida. Mientras preparaba las  tareas en la cocina de la casa  el tiempo transcurría con cierta armonía,  pero no sé por qué causa  cuando iba al cuarto comenzaba a sentir esa sensación de asfixia. Será que los sueños nocturnos quedaban deambulando y en ellos se zambullían los ruidos, los olores, el pasado y toda esa ciudad que dejé para venir a la Patagonia. En ese pequeño espacio entraba todo. Antes de ahogarme regresaba a la cocina, preparaba unos mates y me acercaba a la ventana, los blancos copos de nieve, cayendo en un silencio absoluto me devolvían las ilusiones. Al recordar a mis alumnos y sus asombradas adolescencias me cargaba de una nueva energía pero la alegría me la brindaba  Ainao, cuando entraba al aula él estaba ahí, en primera fila. Y  el tiempo pasó.
         Al terminar el secundario Ainao debió alistarse al ejército, era una época en que los vientos de guerra soplaban en la región. Son fuerzas tan poderosas que las vidas son mezcladas como débiles cartas de azar.  En una de las maniobras de rutina Ainao se cae del caballo y se golpea en la cabeza. Nunca más habló, lo dieron de baja, ya no servía. Nos cruzamos algunas veces pero no me reconoció. En épocas felices le tendría que haber contado como suavizaba mi nostalgia y me alegraba la vida con su dulce saludo ¡ Cómo las flores señora! Porque sonaba a música, suena a música, sonará a música.*****************************************


            LAS DULCES HIERBAS DEL ESTÍO. Seleccionada( por Certamen internacional) para Antología “Pinturas literarias” Editorial Novelarte, Córdoba. Argentina 2006.                                       
                                                 

leonid Afremov

               El calor era el compañero continuo de nuestros juegos. Comenzaban por la mañana temprano y luego de una siesta obligada, terminaban cuando la noche, con su frescura, nos acariciaba tendidos en el pasto, tirados boca arriba, viajando por las estrellas.
               El fondo de la casa estaba dividido en patio, parque, huerta y gallinero. Teníamos sesenta metros de largo para nuestras correrías, ni las plantas de tomates se salvaban, ya que los surcos que las separaban para permitir su riego, eran el refugio ideal de nuestras escondidas. Éramos una pequeña pandilla; los vecinos, Tito y su hermana Betty, de mi edad, mis hermanos menores y yo. Al ser la mayor organizaba los juegos. Mi preferido era filmar películas, los hacía sentar en el pasto o en cajones de manzanas en el gallinero, las estilizadas cañas y las gallinas eran los otros sufridos espectadores ante mis dramáticas actuaciones. Yo era la actriz y los demás personajes, todos terminaban llorando, por supuesto el gallo cacareaba, pues  casi siempre me moría o hacía de monja que abdicaba  de la vida por amor. Cuando  Betty exigía  su derecho de hacer ella una película,  la sufría especulando con un argumento que diluyera con su dramatismo el esfuerzo de mi amiga, yo Elisa Guzmán no permitiría jamás que su actuación opacara mi juego preferido. Otra  diversión que nos fascinaba era organizar el bautismo de las muñecas. Con ayuda de las tías, confeccionábamos los vestidos para la ocasión. Ese día las muñecas de porcelana lucían hermosas. Entre ambas familias reuníamos unas siete. Tito se disfrazaba de cura, con unas grandes  carpetas de puntillas al crochet de su madre y la tarde se convertía en fiesta. Masitas, sándwiches y para beber, granadina. Hasta invitábamos a otros chicos de la vecindad.
                    En  las tardes en la que el calor se sentía insoportable, conectábamos  la manguera y nos empapábamos, por supuesto,  teníamos permiso para estar en malla. A la hora de la merienda, hacíamos tiempo cortando de unas hierbas que crecían en la cerca de Ligustrum  que lindaba con nuestro vecino, unos frutitos  de sabor agridulce al que llamábamos  “huevitos”. Sentados en el césped, aromatizados por el olor de los tomatales, las flores, el verano y la niñez, comíamos ansiosos  sándwiches de tomate con aceite, sal y pimienta acompañados de un cóctel confeccionado con huevos crudos batidos, azúcar y un chorro de vino moscato. No podíamos estar débiles ni delgados.
                Nuestro vecino de la cerca de Ligustrum era Don Alberto, nos  divertía espiarlo por algún claro de la ligustrina , con la excusa que buscábamos los “huevitos”. Era el vecino más rico, vivía con su mujer, concertista de violoncelo del teatro  Argentino, un soberbio perro, ovejero alemán y un loro. No tenían hijos, eran socios del Jockey Club y eran los únicos que tenían auto, un descapotable amarillo. Cuando lo manejaba por el barrio la gente se arrimaba a  las veredas para admirarlo al pasar. Las amas de casa suspiraban por tener la vida que el matrimonio hacía.
                El loro “Pepito” estaba enseñado por la mujer de Don Alberto para que contestara al saludo de éste. Cuando el viejo paseaba por el parque con su perro, su pelada brillante, su robe de toalla semi-abierto, dejando entrever sus flacas piernas, bajo su voluminoso abdomen, le decía_ Buenas tardes Pepito, el loro le contestaba _ Buenas tardes, vieja loca, vieja loca. Nosotros nos tapábamos la boca para no estallar de la risa.
                 Al llegar el otoño aún quedaban tardes calurosas, si bien el perfume en el aire era otro,  en la casa se olía el olor a incienso y a las velas que la abuela prendía en el altar de su cuarto por ser Semana Santa. Igualmente se percibía un cambio en el color de la luz solar y la huerta que en verano rebosaba compitiendo con las hierbas del parque, se iba marchitando, permitiendo el  lucimiento de los frutales de invierno, que ostentaban la formación de sus frutos. Mi padre tenía que llegar de viaje, la casa se preparaba para recibirlo con empanadas, ahí andaban la abuela, mi tía y mi madre en todos los quehaceres. Con mis hermanos saltábamos cada tanto por unos tirantes del cuartito, donde se guardaban trastos viejos, que hacía de escalera y subíamos a la terraza. Desde ahí podíamos divisar el vasto horizonte, quebrado por alguna arboleda añosa, ya que las casas eran bajas y nos permitía mirar la ruta de acceso al barrio. Ante los retos de mi madre bajábamos corriendo de nuevo a jugar. Al atardecer al fin arribó, traía regalos para todos, para mí un  pequeño y maravilloso cordero negro. Parecía un dibujo animado. Ramón correteaba por el césped, un poco descuidado por la ausencia paterna.
                  En esos días, al llegar del colegio y antes de almorzar, tiraba mis útiles en algún sillón del living y desesperada salía a saludar a Ramón. Jugábamos, lo abrazaba, lo besaba, sentíamos un amor mutuo. Los gritos de las mujeres eran el coro que nos acompañaban, el guardapolvo blanco se transformaba en  una pintura surrealista de verdes y marrones. Las manos de mi madre quedaban coloradas de tanto fregar en la batea la complicidad de mis juegos con Ramón. Ese período  otoño- invierno fueron uno de los más felices de mi infancia. Los días feriados, mientras mi padre escuchaba por la radio los discursos de Perón en la Plaza de Mayo y se dedicaba a la huerta, nosotros seguíamos con nuestras correrías. Ramón no se apartaba de mi lado. El ovejero alemán de Don Alberto se volvía loco con nuestro bullicio y seguro olía la presencia del corderito. Los padres de Tito y Betty  eran antiperonistas, en esas ocasiones aprovechaban a deambular por el fondo de su casa para comenzar, a través de la cerca de alambre que nos separaba, una inocente conversación con mi padre, que terminaba en discusión. Reprochaban la quema de las Iglesias y  predecían la  caída del gobierno de Perón. Mi padre exasperado les decía- Lo que pasa que ustedes son unos gorilas. En el centro de la escena nosotros seguíamos haciendo de las nuestras y en el cerco opuesto, a través de la ligustrina, el ovejero alemán nos ladraba, el loro repetía - Vieja loca, vieja loca, señal que Don Alberto andaba chusmeando  las discusiones de los vecinos. Desde ya que el no se dignaría a discutir, estaba más allá de todo, era el Gran Gorilón.
                 Al  anunciarse la primavera, los olores de las flores invadían todo el espacio, la huerta comenzaba a demostrar su presencia, las hierbas resplandecían. En ese tiempo algo personal turbó mis maravillosos días, tuve mi primera menstruación, era señorita. Mi madre asustada, ya que tenía once años, no sabía como encarar tan trascendental hecho. Yo lloraba y rezaba, no quería quedar embarazada. Eludía jugar con Tito, creía que ante el menor roce de nuestras manchas venenosas podía embarazarme. Las pobres vírgenes y el Corazón de Jesús de  yeso, del altar de mi abuela, estarían agotados por mí súplicas. Pero no claudiqué y seguí con mis  juegos.
                 Una noche, agotada por el trajín diario, me dormí leyendo una novela de Alejandro Dumas de una de las revistas literarias que nos traía mi padre. Tuve pesadillas, me desperté al amanecer sollozando y  transpirada. Cuando llamé a mi madre noté revuelo en la casa, los mayores iban y venían, cuchicheaban. Mi tía y mi abuela me atendieron,  y a fuerza de cariño y mimos lograron que me duerma. Por la mañana, era sábado, toda la familia estaba reunida en la cocina, no me llamó la atención ya que eran comunes esas reuniones cuando estaba mi padre, el mate pasaba de mano en mano mientras se charlaba de cuestiones hogareñas, en las cuales no estaban exentas las discusiones. Pero ese día estaban callados, tuvieron que contarme la trágica realidad; el ovejero alemán de Don Alberto había saltado la ligustrina por la noche destrozando a Ramón, mi cordero negro. Fue terrible. De ahí en más las tardes primaverales se oscurecieron como si una fina llovizna de cenizas las cubriera. Sentía una sensación de tristeza, por primera vez conocí el adiós definitivo, la pérdida de alguien muy querido. Mi niñez se esfumaba entre los olores e imágenes con la fugacidad de esa época. La muerte de Ramón fue la bisagra que  señalaba con profundo dolor el tránsito hacia la adolescencia.
                  Don Alberto nos citó a mi padre y a mí en su casa. Por primera vez entraba. Era hermosa; muchas plantas, muebles valiosos, fotos en las que se lucía Don Alberto junto a premios obtenidos en carreras de auto, otras en el Hipódromo, su esposa  ejecutando el violonchelo. Por observar todo casi no escuché lo que discutían. Don Alberto prometió indemnizarnos por el asesinato de Ramón.
                El tiempo, con su juego perverso, dibujando parábolas entre la inconsciencia y la consciencia,  se deslizó inclaudicable. Transitando el último lustro de los cincuenta, la situación política del país era grave, mi padre no dejaba de hablar sobre el tema, la radio ocupó el lugar predominante en  las reuniones familiares. Un domingo, a la hora de almorzar, observé con extrañeza que no había movimientos habituales, recién llegada de misa con mi abuela, corrí hacia la cocina para disfrutar de los preparativos. Mis hermanos estaban sentados a la mesa y todo dispuesto para comer. Me explicaron que llegaría un asado  de la panadería. Era habitual, cuando el asado era muy grande que el panadero alquile el horno.  Al fin llegó,  dispuesto en una inmensa bandeja, se veía dorado con papas de guarnición. Emanaba un exquisito olor que invitaba a comerlo. En un pinche había una tarjeta, en ella estaban las disculpas de Don Alberto, nos enviaba un cordero asado con intenciones de paliar en algo la muerte de Ramón. El Gran Gorilón creía que estábamos criando al corderito para comerlo. Me descompuse, una impotencia furiosa me invadió, odié a mis vecinos.
                A mediados de septiembre  los militares derrocaron a Perón. Era la “Revolución Libertadora”  Mi padre estaba de luto, vaticinaba tiempos cruentos para nuestro país. Cuando pasaban por la calle marchas cantando loas al nuevo gobierno,  salía desesperado a insultarlos, mi madre lloraba, sabía que podía ir preso. Por las noches comentaban las atrocidades que estaban cometiendo los militares con los peronistas, los comunistas y las organizaciones obreras. Al atardecer había “Toque de Queda”, no se podía transitar por las calles, las leyes militares eran muy duras. Con Betty, como desafiando la fuga de la niñez, nos escapábamos después de la hora prohibida y nos refugiábamos en la pequeña empalizada de la casa de Don Alberto. Ahí escondidas, espiábamos los tanques de guerra que pasaban por las calles escrutando alguna violación del “Toque de Queda” por parte de grupos de resistencia. Una tarde, en una de nuestras habituales aventuras, en las que de una manera masoquista, sufríamos, pues pensábamos que si nos descubrían iríamos presas y sin más nos fusilarían, escuchamos tiros dentro de la casa de Don Alberto. No puedo describir el terror que sentimos. Por supuesto huimos, agachadas, protegidas por el crepúsculo, temblando de miedo, hacia nuestras casas.
                  Don Alberto se había suicidado, no pudo soportar una enfermedad incurable. Con el tiempo su esposa se mudó a un departamento del centro de la ciudad. El ovejero alemán fue regalado a unos amigos del campo, el loro fue obsequiado a mi familia.
                   Aún tengo en mis oídos, cuando al atardecer llegaba del secundario, la metálica voz que repetía_ Buenas tardes, vieja loca, vieja loca. Entonces sentía una profunda melancolía y me iba hacia el fondo de la casa, quería ver si las hierbas aún resplandecían.*******************************************************


  LOS PASOS DE LOS DUENDES SOBRE LAS HOJAS CAIDAS DEL OTOÑO.


            Ser docente y atender a una familia no es poca cosa. Llego corriendo a cocinar, luego de tirar la cartera y los libros en un sillón, me coloco el delantal y comienzo a preparar la salsa, luego pondré el agua a hervir para los fideos. Me encanta sentir el olor del ajo, el perejil y el laurel dorándose con la carne picada ¡ Ay! se me fue la mano con la sal ¡ También!  Me quedé enganchada con la clase ¡ Cómo me podría sustraer al apasionado mundo del cosmos!  ¡Las caritas de los chicos cuando una explica el Big-Bang, la expansión del universo, los cuásares, los agujeros negros!
               Al tomar conciencia me admiro de todo lo que podemos hacer las mujeres en una hora ¡ Ni que decir en un día! . Mientras abro la lata de pomarola recuerdo que tengo que poner la ropa de color en el lavarropas. Con un pie cierro la heladera y cuando paso por un pequeño espejo que coloqué estratégicamente en un lugar aledaño a la cocina me asombra ver mi imagen. Antes de volver al colegio por la tarde, necesito un buen retoque, con este aspecto no puedo presentarme ante los alumnos.
                 Todo listo para comer, escucho la puerta, suena el cencerro de bronce, seguramente es mi eternidad. Siempre me emociona su llegada.  ¡Lucio fue tan esperado!¡ Lo amo tanto!. Como todo pre-adolescente tiene días que está comunicativo y otros que las únicas palabras son; _ Bien; - Nada. Lo que sí le gusta y se devora es lo que cocino. Su padre llega más tarde y la vorágine cotidiana nos envuelve. Hoy es un día que no charla mucho, está pensativo, me sumo en mis pensamientos. ¡ Hm! Por la tarde tengo que dar fotosíntesis _ ¡Chicos, este proceso es la base de la vida! Sin las plantas en el planeta no existiríamos, las hojas poseen clorofila para captar la luz del sol y las raíces absorben el agua de la tierra, con estos elementos...    _¡ Mami....Fito escuchó a los duendes...! Mi mente parece un torbellino y aterriza.
_ Perdón hijo ¿ Qué me decías?.
_ Ves, después me decís que no te cuento nada. 
_Bueno...bueno, te pedí disculpas, por favor explicame lo de los duendes.
_ Lo que pasa es que a vos no te gusta ir de campamento.
¡Hm! Pensé en mi pobre columna, en mi cómodo colchón y todo lo demás que necesitaba para el bienestar.
 _ Lucio, sabés que los fines de semana corrijo trabajos, el tiempo me es escaso.
_ ¡ No! A vos te gusta estar con los libros, además no creés en los duendes para vos si todo no está comprobado no existe.
Me sentí angustiada y culpable, como todas las madres que trabajan.
_No es tan así Lucio, por favor, contame la historia de los duendes. Su cara se iluminó.
_ La Abuela de Fito, que tiene ciento tres años, cuenta que los duendes que andan por el bosque, son pequeñitos, como gnomos. Resulta que una vez Dios tenía un ayudante que era su mano derecha pero éste era muy ambicioso y egoísta, él quería tener todo el poder. Dios, enojado, lo echó del cielo y al cerrar las puertas quedaron fuera muchos ángeles que seguían al malvado. Al vivir tanto tiempo en la tierra éstos perdieron sus alas, ahora vagan arrepentidos por los bosques. La abuela vivió siempre en el campo y dice que los vio, ahora que no se puede mover vive en el pueblo, pero Fito fue de campamento con los padres y me juró que los escuchó.
              Seguimos charlando sobre el tema, en esta zona de la Patagonia es muy común escuchar leyendas de origen mapuche, historias de ovnis u otras con matices mágicos. Llegamos a un acuerdo, el próximo fin de semana largo iríamos de campamento ya que pronto llegaría la temporada de lluvias y nevadas.
                Camino hacia la escuela se mezclaban en mi mente dos temas; la fotosíntesis y el campamento...¡ Uy...uy..! Utensilios, víveres, antiinflamatarios. En fin, debo dejar de rumiar los preparativos y poner manos a la obra. En algo tenía razón mi hijo.
                Y llegó “El Gran Día”, elegimos Semana Santa, que para nuestra suerte cayó los primeros días de abril. San Martín De Los Andes es muy estable, climáticamente hablando, para esta época, noches y mañanas frías, soleadas y tibias a la hora de la siesta. El colorido impresiona los sentidos, uno se enfrenta con luminosos colores verdes, ocres, rojos, amarillos... el cielo azul...muy azul.
                 Durante el trayecto a Yuco, lugar elegido para acampar, observamos con detenimiento el paisaje. El Cerro Chapelco empieza a mostrar manchones de nieve y los senderos del bosque se alfombran de otoño. Ni bien llegamos  nos dedicamos a armar la carpa, el tiempo apremiaba, teníamos que ganarle al crepúsculo. En realidad este trabajo no me gusta mucho pero es tanto lo que hay que hacer y el entorno es tan bello que mi fastidio se esconde en las tareas. Sammy, la perrita Fox_terrier, tan querida por nosotros, corre como loca hasta el lago y vuelve alegre a recibir  mimos para luego retomar su circuito.  Los animales captan de manera extraordinaria la libertad de la naturaleza.
               Desde  la entrada a la carpa se ve el majestuoso lago Lácar       ¡ Cuánta belleza y misterio encierra! Dejo volar mi mente recreando la época de las glaciaciones que lo formaron y una agradece que el destino nos haya traído millones de años después a vivir en esta geografía. Hay que hacer la hoguera, Lucio y su padre buscan ramas para alimentar el fuego. Preparo el mate, lo compartiremos junto a la fogata mientras se hace la comida, la noche se está anunciando y el frío también.
                  Comemos cordero con papas, a la olla y bien condimentados, bebemos vino, gaseosas y charlamos. Las ideas surgen como una lluvia benefactora, nos olvidamos de discutir sobre la economía hogareña, la ropa tirada, los platos sucios. Conversamos sobre leyendas, sobre el “ Cuero del lago” que muchos nativos vieron flotar en distintas épocas, de los ovnis que estacionan detrás de algún cerro, o de los que salen velozmente desde las profundidades del lago. No puedo con mi genio y al mirar el cielo espectacular, con la Cruz Del Sur indicando soberana nuestro hemisferio, pienso en voz alta lo maravillosos que es estar viajando en esta nave azul, acompañando al sol en su viaje por el espacio ¿ Qué seres de otras galaxias o desde la nuestra, nos acompañarán en este fascinante deambular por el cosmos? Los ojos de mi hijo se encuentran con los de su padre, cómplices, como resignados a esta mujer educadora. Luego, el silencio. Al acostarnos solo se escucha el murmullo del bosque.
                La mañana nos sorprendió muy  fría, vigorizante y le devolvimos la sorpresa con nuestras risas, no es común que despertemos con tan buen ánimo, siempre apurados y conscientes de nuestras obligaciones. Sammy, feliz con los paseos. Lucio y su padre tratando de aprovechar los últimos días de pesca permitida. Me deleito observando la vegetación, la riqueza de este bosque patagónico, la mente medita  y goza.
                En vísperas de nuestro regreso al hogar decidimos como cena de despedida asar las truchas pescadas. ¡Un manjar! Luego de las tareas posteriores a la cena nos preparamos para dormir, hacía frío, me acerqué para abrazar el cuerpito caliente de mi hijo ¡Doce años! ¿Cuántas ilusiones jugarían en su cabeza? El tiempo pasaba y seguía abrazada a él, pensaba que la rutina no nos permite preguntarnos estas cosas ¿O será que el futuro nos da cierto temor? Los padres siempre estamos ayudándoles a construir su propio destino pero pocas veces tratamos de conversar con ellos sobre sus sueños, sus anhelos, sus miedos. Es como si quisiéramos empujar el tiempo, pero en realidad ellos nos necesitan           ¡ Ya!¡ Ahora!
                  Mi marido dormía y Sammy estaba descansando arrollada a los pies de Lucio, cuando en el silencio de la noche se escuchó el crujir de las hojas sobre el suelo otoñal. La perra se incorporó, movió las orejas como buscando la dirección de los sonidos. Lució se sentó como un resorte  y me miró,   nuestras miradas se cruzaron y recordé que se parecían a las milagrosas miradas  de ese único e irrepetible momento en que lo amamantaba. Con una voz casi quebrada me dijo. _ ¡ Los duendes! . Escuchamos juntos, abrazados, cómo los reposados pasos hacían sonar las hojas, como teclas de un piano. Luego se alejaron, suavemente, dejándonos  una milagrosa melodía en nuestros oídos y en nuestros espíritus. Lucio seguía mirándome, en ese momento quise atrapar el instante en que su niñez huía hacia la adolescencia y supe que sea cual fuere su destino, jamás olvidaría que cuando escuchó el paso de los duendes sobre las hojas caídas del otoño, estaba abrazado a su madre***

       LA TIJERA DE DOÑA ASUNTA. En antología “ Junín País 2003”

             Estábamos acostumbrados a que temblaran los vidrios por las bombas de los insurrectos, pero esta vez la situación parecía mucho más violenta. Estos acontecimientos, sumados al terror que sentíamos con mi primo Pepe, no permitían que pasara alimento alguno por mi garganta.
             Mis padres y mis tíos charlaban sobre el “Golpe de Estado” a decir verdad un poco asustados. Se comentaba que el General Perón estaba cerca de La Plata, más precisamente en Ensenada, por esa causa los rebeldes amenazaban con hacer volar la destilería. Supongo que nosotros tendríamos la cara demudada, ya que mi madre me dijo.
_ Rosita, no te asustes, esto pasará. En ese momento el bombardeo fue terrible, a tal punto que estallaron los vidrios de la ventana; ahí me agarró un ataque de nervios, sentí que me hundía en un abismo interminable, escuchaba una voz muy lejana que como eco repetía.
_ ¡ Rosita...Rosita! pensé que me estaba muriendo, como un relámpago pasaron por mi mente los últimos acontecimientos vividos.
                La historia comenzó una tarde de domingo, gris y  destemplada, cuando mi tío Antonio llegó a mi casa junto a su madre, doña Asunta. La viejecita vestía de negro, su cara muy arrugada resaltaba entre sus cabellos blancos, peinados en forma de rodete que caía pesado rozando su cuello. Un pequeño sombrero con flores de tela marchita  lo adornaban y en su mano temblorosa portaba una gastada cartera; el tío Antonio cargaba unas cajas y una valija inmensa. Mamá los recibió cariñosamente, Pepe y yo, con la picardía de los once años, nos codeábamos y reprimíamos la risa que pugnaba por salir como estampida en cualquier momento. La anciana nos miró seriamente, diría de manera admonitoria, lanzó un gruñido como saludo y se atrincheró en un mutismo absoluto.
               Doña Asunta venía a vivir a nuestro hogar. La Abuela de Pepe no tenía lugar en la casa de su hijo, hacia poco tiempo había llegado de Calabria y mis padres, siempre tan generosos le ofrecieron asilo. Se le asignó una habitación muy grande, de techos altos, que hacía las veces de comedor y dormitorio, la misma se situaba al fondo de la larga galería. La ventana de la pieza daba a los fondos de la casa, desde donde se podía divisar la quinta, con su huerta y  frutales, predominantes de citrus, y finalmente el gallinero, lugar en el que solíamos jugar ya que estaba cubierto de cañas que se doblaban ante nuestro peso, cuando heroicamente representábamos a los reyes de la selva. La puerta daba a la galería, era de madera y vidrios vestidos por cortinas de encaje al crochet. Toda esa tarde fue un acontecimiento para nosotros ya que fuimos en comitiva familiar  en ayuda de Doña Asunta a desempacar. Nuestros ojos no alcanzaban para observar los objetos más extraños que salían de las cajas, entre ellos una tijera gigante, no entendíamos para qué la usaría.
               A partir de ese domingo nuestras travesuras se multiplicaron; volvíamos loca a la anciana. Ante cada maldad nuestra  doña Asunta lanzaba una suerte de improperios en su dialecto, cosa que provocaba aún más nuestra insolencia y nuestra algarabía. En realidad durante la semana la situación se mantenía normal y apacible pero los viernes por la tarde llegaba Pepe, luego de finalizada la semana escolar, a pasar el fin de semana. Los domingos a mediodía se otorgaba una tregua, pues  después de cumplir con la misa festejábamos el día de descanso en ruidosa armonía, comiendo unos exquisitos ravioles o tallarines con tuco. Mientras levantábamos la mesa, Pepe y yo, aprovechando la distracción de los adultos, tomábamos los sobrantes de las copas con vino Chianti con que los adultos regaban la comilona. Lo que más nos divertía ocurría a la hora de la siesta. Esperábamos a la pobre vieja que tendiera su ropa, el tendedero estaba entre la quinta y el gallinero, subidos a las plantas de mandarinas o escondidos entre las cañas  y desde allí le tirábamos algunos frutos todavía verdes. Solo nos castigaban si ella iba a contar, pues como era obvio, los hechos ocurrían bastante alejados  de la casa. Cuando oscurecía, la espiábamos por las cortinas de crochet de la puerta e imitábamos ruidos extraños que le causaban terror.
                  El anochecer anterior al conflicto político, que tuvo como consecuencia  los bombardeos, nuestra maldad llegó al máximo ya que cazamos un escuerzo, que deambulaban por los charcos de los fondos debido a una sorpresiva lluvia de características estivales, y se lo lanzamos a la habitación. A cada rato íbamos a espiar, favorecidos  por la luz del techo que dejaba encendida hasta muy tarde, para ver  que ocurría cuando encontrara al horrible anfibio. Así alternábamos  el juego con las figuritas y una corridita hasta la puerta de la habitación de la anciana. Llegó un momento que nos aburrimos del juego y decidimos ir por última vez  a fisgonear, luego queríamos leer unas revistas de Misterix que nos apasionaban. Nos acercamos sigilosamente agachados y levantamos nuestras cabezas muy  despacio, poniéndonos en punta de pie para observar mejor a través del vidrio. El  espanto nos paralizó,  doña Asunta yacía de espaldas y levemente inclinada hacia  nosotros, recostada en el sillón hamaca. Se veía su blanca cabellera con su rodete apoyado en el espaldar del sillón, una parte de su frente y sobresaliendo, gigantes, los ojos de la tijera, que parecía clavada sobre su pecho. Por un costado caía una  hebra de sangre que llegaba al piso en forma de  pequeñas gotas. Corrimos desesperados a mi habitación, jurándonos solemnemente que nada diríamos. Nos hicimos los dormidos, dejando las revistas desparramadas por el suelo, como si hubiéramos estado leyendo.
                La mañana que coincidieron los hechos políticos con la tragedia familiar, nos encontró a todos desayunando, excepto la abuela de Pepe, cosa que extrañó a mis padres, pero decidieron dejarla descansar un rato más. Por supuesto con mi primo disimulábamos el pánico, charlando y diciendo estupideces, hasta que la ventana y yo estallamos.
                Cuando volví en mí, vi el rostro dulce de mi madre, a la vez  que sentí el placer de estar viva, disfrutando la frescura del paño que colocaba sobre mi frente. Aún aturdida escuché su voz  venida desde la distancia que comentaba.
_ ¡ Qué día por Dios! Suerte que doña Asunta se está reponiendo del desmayo que sufrió anoche ¡ Pobre mujer! Se lastimó un poco la mano ¡ Pero tener que matar un sapo con una tijera!
               Mientras tanto radio Colonia, con su típica musiquita de fondo, pregonaba que Perón había huido en una cañonera.***

“LAS LUCIERNAGAS DE LA CRUZ DEL SUR”

                     Alcancé a plantar la última primavera en el macetero cuando comenzó a llover, las montañas quedaron desdibujadas por el telón acuoso y ya no podía disfrutar del verde intenso de los bosques, para mi sorpresa, se infiltraban entre las gotas, incipientes copos de nieve que pugnaban por armarse y dominar la precipitación. Estábamos a fines de septiembre, en el pueblo creíamos que ya había caído la última nevada, pero la naturaleza sigue sus códigos, suspendo las tareas en el jardín y entro a la casa, debo prender las leñas del hogar, el frío comienza a sentirse.
                     Disfrutar de un café, mirar televisión, pequeño recreo,  en pocas horas estará la familia reunida y debo dedicarme a las tareas comunes.
-         Mami, la maestra te mandó un comunicado, debés firmarlo.
-         Querida, mi camisa gris la necesito para el jueves, tengo reunión.
-         No quiero tomar más sopa, estoy harto.
-         Planifiquemos el fin de semana largo, quizás un breve campamento.
-         ¡Basta de rutina, relax, relax…!
                    Pero mi estado de relax salta como un resorte, en la pantalla está la imagen de un hombre, un profesor en ciencias políticas español que visita la Argentina, su nombre produce mi conmoción. ¡ José Carlos!  Mi mente comienza a desandar por un túnel que me lleva a recuerdos  de la infancia.
                    Eran épocas de posguerra, una mañana en la cual el viento proveniente del río traía anuncio de lluvias estivales, el barrio se vio alborotado. Habían estacionado camiones del ejército en el “ campito” que algún día sería plaza, de ellos comenzaron a bajar familias de inmigrantes. Era un acontecimiento extraordinario, los vecinos salían a las puertas de sus casas a observar el suceso, los más chicos cruzamos las calles y nos metimos en el “campito” para ver de cerca todo lo que ocurría. Se veían personas de todas las edades,  hablaban distintos idiomas. De ahí en más la vida de ese barrio platense cambió totalmente.
                      Al estar de vacaciones podíamos disfrutar desde la mañana temprano el movimiento de los extranjeros. Yo los espiaba desde el dormitorio de mis padres cuya ventana daba a la calle, tenía un mirador envidiable. Por la tarde me cruzaba al campamento que habían levantado los nuevos y exóticos vecinos. Antes de hacerlo arreglaba mi pelo con más esmero y robaba un poquitín de perfume a mi madre, tenía doce años, los chicos inmigrantes me parecían hermosos. Algunos eran introvertidos, otros más sociables, nos fuimos haciendo amigos. Con las chicas de mi edad jugábamos a las figuritas, cara o seca, y a las muñecas. Entre todos a la rayuela, escondidas, mancha venenosa o “Farolera Tropezó”. Si por alguna causa no cruzaba me llamaban  _¡Rita...Rita! y yo salía presurosa con mis figuritas, las trenzas recién hechas por mi mamá y el corazón palpitante de ilusiones.
                  Predominaban  españoles, vascos franceses y portugueses. Los vascos eran los más bellos, los veía inalcanzables más aún cuando hablaban un idioma tan diferente al nuestro. Cada familia vivía en grandes carpas pero al poco tiempo comenzaron a construir sus propias casas sobre terrenos que el gobierno les había adjudicado, cercanos a la plaza. Eran muy trabajadores y hasta los niños colaboraban en la construcción de sus futuros hogares. ¡ Cómo me cautivaba verlos en su rutina! Las mujeres lavaban la ropa en bateas y las fregaban con cadenciosa energía mientras entonaban canciones de sus terruños. Me sorprendía ver tomar el vino en un objeto de cuero que lo llamaban bota. Don Ramón, el portugués, comía fideos al pesto y tomaba el vino de esa manera. Aprendí muchas costumbres, entre ellas la de bailar la jota aragonesa, y no dudo que ellos aprendieron tradiciones nuestras, el mate era un ritual que lo asimilaron de manera entusiasta. Valoraban sobre manera lo que obtenían, eran muy ahorrativos, esto les daba un ligero aire de superioridad respecto a nuestras costumbres, no podían creer la cantidad de alimentos que ingeríamos.  ¡Nuestros famosos asados! Fue una época muy feliz. Luego de la cena, en las noches de verano de calor abrumador, nuestros padres nos dejaban jugar hasta tarde, a esa hora preferíamos jugar a las escondidas, la noche participaba cómplice de nuestros refugios.
¡Rita! Época de sueños, rasguños  a un futuro inventado, mejillas coloradas y oleadas de sensaciones nuevas en el cuerpo. Sentido de vergüenza, la religión implacable con su dedo acusatorio respecto a esas sensaciones. Culpas, culpas. Pero la vida siempre gana. La intensidad de la vida.
                   La plaza tenía luz en las esquinas y como era de una manzana de extensión, predominaba la oscuridad, cada carpa tenía sus propios faroles. Recordando las imágenes de ese pasado se me ocurren que eran  mágicas. Las noches estrelladas en las que reinaba la Cruz del Sur, era para los inmigrantes la realidad que les señalaba el cosmos de encontrarse al sur del planeta y tan lejos de sus patrias. Miles, miles de luciérnagas danzaban alrededor de nuestras correrías. Gritos, risas y silencios. Cuando la lluvia acechaba se sumaban a nuestro juvenil alboroto el canto de los grillos y el croar de las ranas. Durante nuestro escondite, el silencio dejaba escuchar nostálgicas castañuelas o dulces melodías portuguesas.
¡ Cómo que no se ve La Cruz Del Sur!
¡ Y las Tres Marías tampoco?
- ¿Qué constelaciones se ven en el Hemisferio Norte?
                  Con el tiempo me incliné hacia la amistad de un “Galleguito” que en realidad era de la zona de  Valencia. Contaba de su hermosa ciudad de Alicante, el mar  Mediterráneo, el Monte Benacantil con su castillo de Santa Bàrbara, los Festejos en las noches de San Juan con sus hogueras durante el solsticio de verano, los fuegos artificiales, la tarta de atún que comían para la ocasión, fiestas cuyos orígenes se perdían en la noche del tiempo. Yo quería estar todo el día con él, José Carlos era el más serio del grupo, tenía quince años y una belleza enternecedora. Su piel de nácar resaltaba sus grandes ojos negros y el gracejo que tenía para hablar me tenían en un estado de éxtasis. Una de esas tantas noches  jugábamos a las escondidas, pero las reglas del juego, supongo que lo decidimos pícaramente, era hacerlo por parejas. Yo, embriagada de vida, me adorné el pelo y la frente con luciérnagas y en los dedos lucía anillos de falsos diamantes. Estaba iluminada, las estrellas habían descendido para embellecer mi felicidad. Así, radiante de la mano de mi príncipe extranjero, corrimos a escondernos. Nos arrodillamos, entre unos pastos altos que crecían a la vera de la calle cuyas flores exhalaban un perfume exquisito, nos miramos, fueron instantes sagrados, los sentimientos quedan paralizados, es como una foto del alma. El mundo seguía su movimiento y nosotros ahí, atrapados en las redes del espacio y el tiempo ¡ Flasch!  y te marca para toda la vida. ¡Doce y quince años! y la Cruz del Sur, las luciérnagas y la vida que seguirá  de manera inexorable su camino. Nos tomamos de las manos sin hablar, de pronto me abrazó y se puso a llorar. En ese momento comencé a dejar el juego de la niñez para andar por otro sendero, el más espinoso, es el camino en el que juegan los adultos y así como destrocé luciérnagas para adornarme, así destruyeron  los adultos nuestro mundo de niños. Es la guerra, es el hambre, José Carlos me contó por la tragedia que había pasado con su madre durante la Guerra Civil Española, la lucha, la dictadura de Franco. Lograron llegar a América, cobijados por su tía, que era mi vecina, pero sólo pensaban en regresar, su padre estaba preso, fue combatiente republicano. Y así lo hicieron, nunca más supe de él hasta hoy.
                   Y la niñez se fue y las noches del estío en la ciudad de La Plata iluminadas por las luciérnagas y la Cruz del Sur y nosotros, maravillosos niños arrodillados, quedaron para siempre.
                     Mi piel tensa y húmeda por la emoción sintió un escalofrío, tenía su imagen de hombre ante mí.  José Carlos pudo triunfar sobre su dolor, me sentí feliz de haber sido un pequeño eslabón en una etapa maravillosa de la vida.
                    Sentí pasos sobre la nieve acumulada en el jardín de este lugar patagónico. Con lágrimas en los ojos me levanté para espiar por la ventana el arribo de mi familia, la que armé con el hombre que fue mi compañero del espinoso camino, el de la lucha cotidiana, con el que juntos sufrimos los dramáticos sucesos, aquí también ocurrieron, de este difícil, solidario, inmaduro, ultrajado,  bello país que se encuentra bajo la Cruz del Sur.******




PERFUMES LEJANOS”.
MENCIÓN DE HONOR POR CERTÁMEN INTERNACIONAL “ JUNÍN PAÍS” BUENOS AIRES ARGENTINA Y SELECCIONADO PARA ANTOLOGÍA 2007.
                            ...Tú tienes la forma de una fuente  no de agua sino de tiempo                                                                       
                               En lo alto del chorro de la fuente  saltan mis pedazos
                               el fui, el soy, el no soy todavía, mi vida no pesa.
                               El pasado se adelgaza. El futuro es un poco de agua en tus  ojos.       
                              “Trowbridge Street” Octavio PAZ                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                               .                                                             
                     No sentí que fracasé, pero debía hurgar, buscar en mi mente el origen de esa explosión que no me permitió seguir con la lectura del poema. El público aplaudió cálido, como apoyando esa emoción... Y sí, siempre me perseguirá la nostalgia, sello justificado, es la vida que me tocó. Más de una vez, mientras cae la nieve y sopla el viento desde el Pacífico, me he preguntado ¿Qué hago acá, en la Patagonia?
                Le contaba que salimos temprano de la escuela por el eclipse de sol, todos nos asustamos, hasta los pájaros, porque el día se hizo de noche. La abuela Rosario, con su mirada de tierra oscura de musgos, velada por el desarraigo, me miraba, mientras revolvía en la olla de hierro, traída desde su tierra subtropical, los chicharrones de la pella de grasa vacuna. Su amor brotaba en la gran cocina de la casa platense, desde sus manos mágicas, mientras esculpía esas comidas de sabor profundo, misterioso del noroeste. Habían comenzado los preparativos para la fiesta de mi “Primera Comunión” y no faltaría nadie, las empanadas de la abuela eran famosas desde el Bosque hasta la entrada de La Plata. Era la época en la que en una cuadra habitaban italianos, españoles, brasileños, norteños como nosotros y aún una familia japonesa. Era una época en las que los aromas de comidas exóticas y criollas se mezclaban con el olor  a pasto recién cortado, el perfume de los jazmines del cabo y el olor al  Río De La Plata que traía el viento del este. Era una época en la cual los viejos vivían con sus familias y las bibliotecas de los clubes de barrio eran santuarios para los pibes y leer era un escudo de nobleza. En las fiestas patrias se escuchaban zambas , pasodobles y a todo los inmigrantes nos unía el mate y el asado. Pero las empanadas de la abuela son inolvidables. Los preparativos hasta el momento de hincarles el diente duraban tres días.
               Al día siguiente se colaban los chicharrones para separarlos de la grasa caliente, cuyo futuro serían las tortillas de grasa - Comé hijita, comé, estás muy delgada, se persignaba, cuando venís se te ven solo los ojos, y así una se volvía gordita y saludable. Luego preparaba la masa, una vez lista se formaban los “pupos”, tarea en la que yo ayudaba- Así Nóe, deben quedar bien redonditas. Me encantaba  darle esa forma redonda a la suave pasta y luego hundirle un dedo en el medio. Estirados con el palo serían las tapas para el relleno. Mientras tanto en una gran olla, mi madre hervía en la cocina la gallina elegida por la abuela del superpoblado gallinero. Una vez cocida se picaba la gallina y carne vacuna cruda, a mano y con un cuchillo afilado para el caso. El caldo que quedaba  era tomado como una ceremonia, debíamos estar bien alimentados, según la abuela  los pueblos antiguos lo valoraban por las ricas sustancias que hacían más fuertes a su gente, yo no entendía mucho, pero me gustaba, la prefería al horrible hígado de bacalao que me daban cuando empezaban las clases.
               En esos días yo había suspendido mis correrías habituales, tenía una sensación de santidad, mis amigos me extrañaban pero estaba convencida que debía estar en un estado de pureza inmaculada, pronto recibiría a Dios y debía confesarme de manera  asidua, no podía jugar a la mancha venenosa ni al médico, aunque en los atardeceres sentía el griterío de los chicos en la plaza de enfrente de la casa, ahí me corría un cosquilleo por el cuerpo y sentía el impulso de salir corriendo a jugar. Por la noche espiaba por la ventana de la pieza de mi madre las actividades de los nuevos inmigrantes, sufridas familias de la posguerra, que llegaron en esos días. Vivían por el momento en carpas, en un sitio del amplio espacio  de la plaza, que les había provisto el gobierno hasta que se hicieran sus casas en terrenos adjudicados. Se veían luces de faroles en la oscuridad de la noche y miles de luciérnagas acompañando los juegos de los chicos, sus voces resaltaban con tonos europeos y las ranas y los grillos parecían burlarse haciendo coro desde las acequias, entonces yo buscaba en el cielo las constelaciones que marcaban el Hemisferio Sur y mi lugar en el mundo; Las Tres Marías; La Cruz Del sur, pensando que extraños se sentirían los vecinos, esas no eran sus estrellas. Los días pasaron volando, entre mis viajes hacia la Iglesia donde tomaría la comunión, el estudio del catecismo, las últimas jornadas de clases y las pruebas del vestido que luciría. Mi tía, famosa modista, era la encargada de su confección. No sé porque capricho, ni de donde sacó la idea, pero se le ocurrió que quería innovar, mi vestido no sería largo, sí blanco, bordado, pero la falda a media pierna. El modelo imitaba a los clásicos vestidos de las ¡Holandesas! Hasta me hizo el casco con alitas para arriba que lucían esas extrañas mujeres y bueno, en las fotos aparezco con mi cara de santa, mi piel trigueña, mis grandes ojos negros asombrados y en las manos, juntas como rezando, el libro blanco de nácar y el rosario. ¡Flash...flash..! La noche anterior no pude dormir, por suerte toda la familia descansaba, excepto la abuela, pensativa quedó en la cocina fumando su cigarro de chala de caña de azúcar, ella misma lo armaba, el tabaco y la chala se lo mandaban sus parientes del norte. Me acerqué a ella y la abracé, era feliz al sentir su olor a naranjos y a caramelos de menta.
               Y llegó el día. Desde muy temprano toda la familia entró en acción, mis hermanos menores me miraban como si fuera una princesa, en cierta manera todo giraba en función de homenajearme, pero desde la distancia del tiempo y el espacio estoy convencida que la fiesta era para ellos. Todo debía estar listo para cuando regresemos y lleguen los invitados. Con la abuela Rosario se quedaba  una prima que le ayudaría a armar las empanadas. El aroma inundaba toda la cocina, aún hoy los vientos del recuerdo me lo acercan, es un aroma donde se refugian todos los sabores: el dorado de las cebollas verdeo, ají morrones, las carnes de la gallina y vacuna picadas, mezclados con el aditamento de las especies; pizca de pimienta, ají molido, pimentón y el toque esencial del comino. Las blancas papas cortadas en dados, previamente cocidas, resaltaban el colorido de la olla. En platos hondos , los huevos duros picados, las pasas de uvas remojadas en agua y las aceitunas , esperaban como toque final, coronando el relleno antes de hacer el repulgue de las empanadas.               
               Y aparecí, vestida de holandesa, reluciente, la casa brillaba, estaba feliz. Era un día maravilloso, una tregua. Los conflictos provenían de cierta anarquía con que mi padre llevaba la economía del hogar y los celos de mi madre. Él  fue contratado por un club de fútbol de La Plata, era arquero, de ahí la migración de mis padres y luego la de la abuela y tía desde Tucumán. En pocos años su carrera fue exitosa pero la frecuencia a fiestas en su homenaje y nuevas amistades,  algunas poco confiables, provocaban los celos de mi madre y las terribles discusiones. Al ser la mayor de mis hermanos, pronto cumpliría los diez años, yo estaba siempre alerta ante estas situaciones, cuando las cosas se ponían difíciles me refugiaba en los juegos con los chicos del barrio, en mis libros o en esos días con los preparativos de la “Primera Comunión”
                Tomamos el micro que nos llevaba a todos, ocupamos gran parte del mismo. Iba quieta, rígida, no quería que se arrugue el vestido, ya había planificado guardarlo en una caja especial. Durante el viaje, mirando por la ventanilla, creí ver en las nubes las siluetas de la Virgen, Dios y los Santos. Mi abuela me había enseñado a buscar imágenes en ellas así como en la luna. En las “Noche de Reyes”, sentadas en la vereda, agobiadas por el calor, ella en el sillón hamaca dándose aire con su abanico tornasolado, yo sentada en el brazo del sillón,  me mostraba como se veía que la Virgen traía al niño Jesús sentado en un burro y José al lado, los Reyes Magos los acompañaban en una estrella trayendo los regalos. Nunca perdí la curiosidad de buscar misterios en el cosmos.
                 Al entrar por la nave principal de la antigua Iglesia, sentí una emoción que me desbordaba, la luminosidad que entraba por los vitrales y el canto de los coros acompañaron el momento mágico en el que recibí la comunión. Todo quedaría en un cofre dorado, los pasos de mi vida fueron muy disímiles a ese momento.
               De regreso entré corriendo a la casa, ya estaba llena de gente, amigos de mis padres y vecinos. Al costado de la cintura del vestido colgaba una  pequeña bolsa con puntillas, ahí todos depositaban algunas monedas o billetes, eran los regalos. Fui hacia el fondo  cerca de la huerta, sobre el piso de tierra, estaban haciendo un asado. El patio era inmenso y con los chicos hacíamos un barullo que competía con el ruido de la música de la radio y la charla de los adultos. Al aviso - ¡Ya están las empanadas! Todo fue una estampida. Sobre la mesa de la cocina, en una inmensa  fuente enlozada, brillaban, doradas por la fritura en la olla de hierro, las famosas empanadas tucumanas. Tomé una, de manera atropellada le hinqué los dientes, sentí el calor en el pecho. Un chorro de jugo grasoso, colorado, se derramó sobre las puntillas y bordados  del blanco vestido de holandesa. Casi me pongo a llorar, pero no, era mi fiesta, me fui a cambiar, no iba a arruinar un día tan especial. Entré en mi habitación, cuando me estaba cambiando sentí  risitas y murmullos, me acerqué a la puerta, seguí por el corto pasillo que daba al living, todo estaba oscuro para evitar la entrada de la luz y  de las moscas, los días eran calurosos. Espié tras las cortinas de brocado, en un rincón de la sala, entre penumbras, divisé la silueta de mi padre jugando con los cabellos de una mujer, ella se agachaba y movía como tratando de esquivarlo pero se quedaba. No quise ver más, huí en busca de mis amigos, pero en ese día ya nada tenía sentido.
                    Ahora, sabiendo de mi llanto, no me importa que el pasado se adelgace, ni que mis pedazos salten en lo alto del chorro de la fuente, ni este viento que sopla del Pacífico y trae la nieve, todo ocurre bajo las mismas estrellas. Sí querría volver a mirarme en tus ojos de tierra oscura de musgos, mientras te cuento abuela, sobre el eclipse de sol y el miedo que tengo y cómo los pájaros también se asustan, mientras revuelves los  chicharrones en tu olla norteña.***