EL SUR TAMBIÉN EXISTE







"Pero aquí abajo abajo,cerca de las raíces,es donde la memoria ningún recuerdo omite. Y hay quienes se desmueren y hay quienes se desviven y así entre todos logran lo que era un imposible. Que todo el mundo sepa que el Sur también existe" Mario Benedetti.


"Un escritor es algo extraño. Es una contradicción y también un sinsentido. Escribir es aullar sin ruido" M. Duras http://t.co/


miércoles, 30 de julio de 2014

***“ EN EL PUEBLO DE LOS GINKGO BILOBA”. ANA MARÍA MANCEDA. HOMENAJE A MI PAÍS CONTRA LOS FONDOS BUITRES AUNQUE FUE ESCRITO EN 2003

***“ EN EL PUEBLO DE LOS GINKGO BILOBA”. ANA MARÍA MANCEDA. SELECCIONADO PARA ANTOLOGÍA.EDIT.NUEVO SER.2003.



                 El sol amenaza arder sobre las dunas. La hilera de seres harapientos se desplaza sobre la arena. Es gente aún joven y fuerte, entre ellos hay niños, de rasgos bellos, se puede distinguir en sus facciones los rasgos de las distintas etnias terrestres, pero todas esas cualidades están escondidas por la suciedad de sus cuerpos y sus ropas. Un color humo rodea la imagen de los vagabundos, a pesar del oro del desierto se ven como andrajosos mutantes que vagan sin destino. Las poblaciones rechazan su presencia, son los leprosos del siglo veintiuno. Fueron los dueños del mundo en la era de los millonarios electrónicos; el   “ Capital”  fluía con libertad, Las Grandes Corporaciones Transnacionales eran buques sin banderas que navegaban con sus capitales por las aguas de Internet. Fundían países y enriquecían regiones en horas, causaban el mismo desastre que la fuga de los gases tóxicos de una industria pesticida, pero ellos seguían  su veloz viaje de piratería con sus “ Bancos Fantasmas”. Así estaba el mundo globalizado, con políticos y burócratas corruptos e  incapaces de seguir la velocidad de sus comunicaciones y transferencias. Barrieron con siglos de un orden social injusto pero con cierto equilibrio, desaparecieron la actitud ética, la moral, la dignidad. Pero la catástrofe llegó, explotó como una bomba debido a la volatilidad del Mercado Mundial, y este grupo de gente, habitantes de barrios exclusivos, de vidas privilegiadas, poseedores de riquezas inimaginadas para el hombre común, perdió la “ Espada, la Joya y el Espejo”.*
               Al principio, desconcertados, se unieron, se ayudaron, pero era tal la miseria que comenzaron su éxodo por el mundo, comiendo lo que encuentran y bebiendo de las aguas de escasos manantiales. La gente de los pueblos por los que pasan, los insultan, tirándoles piedras y sumiéndolos en el escarnio. Sus caras tienen la expresión de la nada, quizás llevan en sus mentes, recuerdos de los paraísos perdidos, de una vida obscena y amoral.
               Entre la muchedumbre van Takeo y su hija Amaterasu, siempre tomados de la mano. Sus semblantes reflejan sentimientos humanos, ausentes en los demás. Uno puede ver en ellos angustia, sorpresa, emoción. Takeo fue un poderoso Shogum financiero, amó  profundamente a su esposa Kono-Hana, rica heredera, en honor a ella y para merecerla había levantado un Imperio. Cuando su mujer murió solo se asió a la vida por su hija Amaterasu, luego devino el Crak Mundial y comenzó el peregrinaje. En esa travesía sin tiempo, la niña cuida de su padre y juntos comentan la puesta del sol, la maravilla de un eclipse, el nacimiento de una flor. Reconocen los pájaros por su canto, habilidad que aprendieron de Kono- Hana, gran conocedora de la naturaleza. Esas fugaces emociones son asfixiadas  ante el maltrato que reciben por los pueblos que pasan, observando a la vez la  pobreza y la falta de alegría de esa gente, era como si una lluvia de tristeza hubiera caído sobre el planeta.

               Una tarde pasan por uno de los tantos pueblos humildes, pero éste tenía algo distinto, denotaba organización y pulcritud. El padre y la niña se alejan del grupo, se adentran entre sus calles, les parece no percibir violencia entre los pobladores. Las veredas estaban arboladas de majestuosos Ginkgo Biloba, cuyas hojas en forma de abanico parecían aventar la fatiga de los forasteros. La admiración iba creciendo a medida que descubrían la peculiar vida de sus habitantes, la alegría dominaba la actitud de los mismos. Las mujeres cantaban mientras realizaban sus quehaceres, algunas familias merendaban en los patios delanteros de sus casas mientras los niños jugaban en las veredas. Al pasar los miraban curiosos, el olor de las comidas caseras era exquisito. Se veían jardines, huertas, granjas, todo amorosamente cuidado. Los muros, cual páginas de los libros, estaban pintados con imágenes de historias y leyendas, seguramente de esa región, adornados con bajorrelieves que representaban las hojas en abanico de los Ginkgo Biloba, el árbol sagrado de ese pueblo. Otra cosa sorprendente era la manera y el tipo de conversación que sostenían; hablaban de proyectos, las palabras salían musicalmente, se enlazaban, se enhebraban y confluían en sueños y utopías. Amaterasu se emocionó y más que nunca anheló estar con su madre para compartir ese lugar y esos momentos. Se detuvieron a mirar como trabajaban un carpintero y un herrero mientras tomaban un refresco y charlaban. La niña sintió la necesidad de pedirle a su padre la foto de la familia en los tiempos felices, Takeo, apesadumbrado,  le contestó- Los duendes del imperio me arrebataron tan precioso tesoro. En ese momento los artesanos levantaron la vista y sonrieron al padre y a la hija, les convidaron refrescos, reconocieron en ellos cierta magia.
                  El sol se estaba ocultando. Se veía  distante, cruzando las colinas, la hilera de harapientos que se alejaba. Takeo y Amaterasu  fueron invitados a compartir esperanzas en el pueblo de los Ginkgo Biloba.  Al pasar los días, la gente se reunió para, en ceremonia solemne, entregar al padre y a la hija, el símbolo que les correspondía como ciudadanos del lugar. El herrero y el carpintero se acercaron  con un hermoso estuche de madera en cuya tapa se encontraba exquisitamente tallada la hoja del árbol sagrado. Takeo sintió un escalofrío y lo invadió el pánico, creyendo adivinar que dentro habría una joya y  se dijo- Todo comenzará nuevamente. Al abrir la tapa, Amaterasu se sorprendió al ver el estuche vacío, pero su padre emocionado vio en el fondo del mismo el bello rostro de su hija reflejado en un espejo.****
*Dentro del mundo de los negocios la espada es la fuerza, la joya la riqueza y el espejo el conocimiento  (Alvin Toffler)



miércoles, 23 de julio de 2014

NADA ES MÁS BELLO. Ana María Manceda





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        Nunca imaginé que en este viaje de reencuentro con mi hijo recibiría la noticia más deseada; su regreso definitivo a Madrid.
         Llegué  al aeropuerto de Arlanda por la mañana, René me estaba esperando con la cara encendida de emoción ¡Qué felicidad! Es la primera vez que lo vería  tocar con la filarmónica  en el Teatro Real de la Ópera de Estocolmo. Abrazados esperamos el tren, en quince minutos estaríamos en el centro de esta bella ciudad posada sobre catorce islas en el punto que el lago Mälaren se une al mar Báltico. Cuando bajamos sentí que entraba a un mundo mágico, no solo era por la belleza de los edificios barrocos o neobarrocos, sino también por su atmósfera  transparente, con halos que jugaban en el aire formando dibujos geométricos con el colorido del arcoiris, luego me enteré que eran microscópicos cristales de hielo que a manera de prismas descomponían la luz.
         Al otro  día de mi llegada ocurrió el gran acontecimiento, René partió temprano hacia el  teatro, yo iría a la hora del concierto pues recorrería parte de la ciudad. Fue un muy buen paseo, ya cerca de entrar al teatro admiré la iglesia roja de Sant Jakobs que estaba detrás de la estatua de Gustav Adolfo II, enfrente del maravilloso  Teatro Real de la Ópera. 
        Con la sala colmada y reluciente  saboreé la espera. Comenzó el concierto, la melodía del  “Bolero de  Ravel” me seducía, busco la silueta de mi hijo, allí está, en la tercera fila, imagino en su cara la expresión de deleite mientras ejecuta su violín.
        Al terminar la función lo espero en el hall del teatro, iríamos a comer algo al restaurant Operakällaren de estilo neobarroco que se encuentra en el mismo edificio. Siento los brazos de René.
─Madre ¡Qué felicidad tenerte! Vamos a comer algo.
 Mientras comemos me sorprendo al mirar por la ventana; unas plumas de nieve  se balancean en al aire hasta caer en la vereda.
─Bella ciudad René y el teatro, el concierto, todo parece un cuento, pero estar lejos es doloroso hijo.
─Ya no va a ser  así, pienso regresar a Madrid con ustedes─ dijo terminante
 ─¿Qué ocurre? ¿Y esa decisión?
 ─Mirá, ya es bastante haber dejado la Argentina, extraño mucho. Además el idioma y otra cosa, me respetan, me valoran como músico pero yo siento una fina discriminación. Siempre me ubican en la tercera fila y yo sé que estoy preparado para otro rol en la orquesta.
Lo miré estupefacta, no quise emitir opinión, estaba aturdida ¡Suecia es uno de los países  de mejor estándar de vida y de cultura¡ Le tomé la mano, sabía que faltaba tiempo y sabiduría para extirpar ese prejuicio hacia  pueblos latinoamericanos. Miré las plumas de nieve que caían, era una manera de querer atrapar el espacio y el tiempo. Miro a mi hijo,  le acaricio el pelo oscuro que parece brillar como los halos de hielo y supe  que  nada era más bello que ese instante.-