EL SUR TAMBIÉN EXISTE

Si fuesen míos los paños bordados de los cielos, tejidos con luz de oro y plata, los paños azules, sombríos y oscuros de la noche, la luz y el crepúsculo, los tendería a tus pies. Pero yo, siendo pobre, sólo tengo mis sueños. he esparcido mis sueños bajo tus pies. Camina suave porque pisas mis sueños. w.b. Yeats





"Pero aquí abajo abajo,cerca de las raíces,es donde la memoria ningún recuerdo omite. Y hay quienes se desmueren y hay quienes se desviven y así entre todos logran lo que era un imposible. Que todo el mundo sepa que el Sur también existe" Mario Benedetti.


"Un escritor es algo extraño. Es una contradicción y también un sinsentido. Escribir es aullar sin ruido" M. Duras http://t.co/…


sábado, 8 de junio de 2019

Poema del día: "La mano", de Ibrahim Nasrallah (Palestina, 1954) Poema del día: "La mano", de Ibrahim Nasrallah (Palestina, 1954)

sábado, 8 de junio de 2019

Poema del día: "La mano", de Ibrahim Nasrallah (Palestina, 1954)

Poema del día: "La mano", de Ibrahim Nasrallah (Palestina, 1954)

Es la mano
La bella rama del día
Floreciendo con dedos
Suave como el arrullo de la paloma
Que ni atrapa el viento,
Ni arresta el agua.
Pero se aloja en el espacio
Y abraza la tierra
De la flor salvaje
Al árbol de palma.
Es la mano
La que nos conforta en nuestra fractura,
Nos consuela cuando lloramos,
Nos da solaz en nuestro cansancio.
Es la mano
El milagro del sueño
La leyenda de la creación
Las columnas de luz
O un manojo de ascuas
Que vivifican o menguan.
Es la mano
Un campo, y un ramillete de canciones infantiles,
Y un planeta.
La mano no es un libro, o líneas.
No escrutes los detalles
No leas su silencio
Ni sus contornos
No encontrarás nada.
Todas las líneas que la han invadido
Todas las curvaturas
Son nuestras culpas
De las primeras aberraciones
Al advenimiento de la miseria.
Es la mano
No la leas
Lee lo que escribirá
Lee lo que hará
Y levántala
Levántala
Hasta que se haga un cielo

Ibrahim Nasrallah, incluido en Poesía árabe. 16 poetas árabes contemporáneos (Biblioteca digital, República Dominicana, 2008).

domingo, 12 de mayo de 2019

Deshoras / relato completo / JULIO CORTÁZAR

Deshoras / relato completo /
Ya no tenía ninguna razón especial para acordarme de todo eso, y aunque me gustaba escribir por temporadas y algunos amigos aprobaban mis versos o mis relatos, me ocurría preguntarme a veces si esos recuerdos de la infancia merecían ser escritos si no nacían de la ingenua tendencia a creer que las cosas habían sido más de veras cuando las ponía en palabras para fijarlas a mi manera, para tenerlas ahí como las corbatas en el armario o el cuerpo de Felisa por la noche, algo que no se podría vivir de nuevo pero que se hacía más presente como si en el mero recuerdo se abriera paso una tercera dimensión, una casi siempre amarga pero tan deseada contigüidad. Nunca supe bien por qué, pero una y otra vez volvía a cosas que otros habían aprendido a olvidar para no arrastrarse en la vida con tanto tiempo sobre los hombros. Estaba seguro de que entre mis amigos había pocos que recordaran a sus compañeros de infancia como yo recordaba a Doro, aunque cuando escribía sobre Doro no era casi nunca él quien me llevaba a escribir sino otra cosa, algo en que Doro era solamente el pretexto para la imagen de su hermana mayor, la imagen de Sara en aquel entonces en que Doro y yo jugábamos en el patio o dibujábamos en la sala de la casa de Doro.
Tan inseparables habíamos sido en esos tiempos del sexto grado, de los doce o trece años, que no era capaz de sentirme escribiendo separadamente sobre Doro, aceptarme desde fuera de la página y escribiendo sobre Doro. Verlo era verme simultáneamente como Aníbal con Doro, y no hubiera podido recordar nada de Doro si al mismo tiempo no hubiera sentido que Aníbal estaba también ahí en ese momento, que era Aníbal el que había pateado aquella pelota que rompió un vidrio de la casa de Doro una tarde de verano, el susto y las ganas de esconderse o de negar, la aparición de Sara tratándolos de bandidos y mandándolos a jugar al potrero de la esquina. Y con todo eso venía también Bánfield, claro, porque todo había pasado allí, ni Doro ni Aníbal hubieran podido imaginarse en otro pueblo que en Bánfield donde las casas y los potreros eran entonces más grandes que el mundo.
Un pueblo, Bánfield, con sus calles de tierra y la estación del Ferrocarril Sud, sus baldíos que en verano hervían de langostas multicolores a la hora de la siesta, y que de noche se agazapaba como temeroso en torno a los pocos faroles de las esquinas, con una que otra pitada de los vigilantes a caballo y el halo vertiginoso de los insectos voladores en torno a cada farol. A tan poca distancia las casas de Doro y de Anibal que la calle era para ellos como un corredor más, algo que seguía manteniéndolos unidos de día o de noche, en el potrero jugando al fútbol en plena siesta o bajo la luz del farol de la esquina mirando cómo los sapos y los escuerzos hacían rueda para comerse a los insectos borrachos de dar vueltas en torno a la luz amarilla. Y el verano, siempre, el verano de las vacaciones, la libertad de los juegos, el tiempo solamente de ellos, para ellos, sin horario ni campana para entrar a clase, el olor del verano en el aire caliente de las tardes y las noches, en las caras sudadas después de ganar o perder o pelearse o correr, de reírse y a veces de llorar pero siempre juntos, siempre libres, dueños de su mundo de barriletes y pelotas y esquinas y veredas.
De Sara le quedaban pocas imágenes, pero cada una se recortaba como un vitral a la hora del sol más alto, con azules y rojos y verdes penetrando el espacio hasta hacerle daño, a veces Aníbal veía sobre todo su pelo rubio cayéndole sobre los hombros como una caricia que él hubiera querido sentir contra su cara, a veces su piel tan blanca porque Sara no salía casi nunca al sol, absorbida por los trabajos de la casa, la madre enferma y Doro que volvía cada tarde con la ropa sucia, lastimadas las rodillas, las zapatillas embarradas. Nunca supo la edad de Sara en ese entonces, solamente que ya era una señorita, una joven madre de su hermano que se volvía más niño cuando ella le hablaba, cuando le pasaba la mano por la cabeza antes de mandarlo a comprar algo o pedirles a los dos que no gritaran tanto en el patio. Aníbal la saludaba tímido, dándole la mano, y Sara se la apretaba amablemente, casi sin mirarlo pero aceptándolo como esa otra mitad de Doro que casi diariamente venía a la casa para leer o jugar. A las cinco los llamaba para darles café con leche y bizcochos, siempre en la mesita del patio o en la sala sombría; Aníbal sólo había visto dos o tres veces a la madre de Doro, dulcemente desde su sillón de ruedas les decía su hola chicos, su tengan cuidado con los autos, aunque había tan pocos autos en Bánfield y ellos sonreían seguros de sus esquives en la calle, de su invulnerabilidad de jugadores de fútbol y corredores. Doro no hablaba nunca de su madre, casi siempre en la cama o escuchando radio en el salón, la casa era el patio y Sara, a veces algún tío de visita que les preguntaba lo que habían estudiado en la escuela y les regalaba cincuenta centavos. Y para Aníbal siempre era verano, de los inviernos no tenía casi recuerdos, su casa se volvía un encierro gris y neblinoso donde sólo los libros contaban, la familia en sus cosas y las cosas fijas en sus huecos, las gallinas que él tenía que cuidar, las enfermedades con largas dietas y té y solamente a veces Doro, porque a Doro no le gustaba quedarse mucho en una casa donde no los dejaban jugar como en la suya.
Fue a lo largo de una bronquitis de quince días que Aníbal empezó a sentir la ausencia de Sara, cuando Doro venía a visitarlo le preguntaba por ella y Doro le contestaba distraído que estaba bien, lo único que le interesaba era si esa semana iban a poder jugar de nuevo en la calle. Aníbal hubiera querido saber más de Sara pero no se animaba a preguntar mucho, a Doro le hubiera parecido estúpido que se preocupara por alguien que no jugaba como ellos, que estaba tan lejos de todo lo que ellos hacían y pensaban. Cuando pudo volver a la casa de Doro, todavía un poco débil, Sara le dio la mano y le preguntó cómo andaba, no tenía que jugar a la pelota para no cansarse, mejor que dibujaran o leyeran en la sala; su voz era grave, hablaba como siempre le hablaba a Doro, afectuosamente pero lejos, la hermana mayor atenta y casi severa. Antes de dormirse esa noche, Aníbal sintió que algo le subía a los ojos, que la almohada se le volvía Sara, una necesidad de apretarla en los brazos y llorar con la cara pegada a Sara, al pelo de Sara, queriendo que ella estuviera ahí y le trajera los remedios y mirara el termómetro sentada a los pies de la cama. Cuando su madre vino por la mañana para frotarle el pecho con algo que olía a alcohol y a mentol, Aníbal cerró los ojos y fue la mano de Sara alzándole el camisón, acariciándolo livianamente, curándolo.
Era de nuevo el verano, el patio de la casa de Doro, las vacaciones con novelas y figuritas, con la filatelia y la colección de jugadores de fútbol que pegaban en un álbum. Esa tarde hablaban de pantalones largos, ya no faltaba mucho para ponérselos, quién iba a entrar en la secundaria con pantalones cortos. Sara los llamó para el café con leche y a Aníbal le pareció que había escuchado lo que decían y que en su boca había como un resto de sonrisa, a lo mejor se divertía oyéndolos hablar de esas cosas y se burlaba un poco. Doro le había dicho que ya tenía novio, un señor grande que la visitaba los sábados pero que él no había visto todavía. Aníbal lo imaginaba como alguien que le traía bombones a Sara y hablaba con ella en la sala, igual que el novio de su prima Lola, en pocos días se había curado de la bronquitis y ya podía jugar de nuevo en el potrero con Doro y los otros amigos. Pero de noche era triste y a la vez tan hermoso, solo en su cuarto antes de dormirse se decía que Sara no estaba ahí, que nunca entraría a verlo ni sano ni enfermo, justo a esa hora en que él la sentía tan cerca, la miraba con los ojos cerrados sin que la voz de Doro o los gritos de los otros chicos se mezclaran con esa presencia de Sara sola ahí para él, junto a él, y el llanto volvía como un deseo de entrega, de ser Doro en las manos de Sara, de que el pelo de Sara le rozara la frente y su voz le dijera buenas noches, que Sara le subiera la sábana antes de irse.
Se animó a preguntarle a Doro como de paso quién lo cuidaba cuando estaba enfermo, porque Doro había tenido una infección intestinal y había pasado cinco días en la cama. Se lo preguntó como si fuera natural que Doro le dijera que su madre lo había atendido, sabiendo que no podía ser y que entonces Sara, los remedios y las otras cosas. Doro le contestó que su hermana le hacía todo, cambió de tema y se puso a hablar de cine. Pero Aníbal quería saber más, si Sara lo había cuidado desde que era chico, y claro que lo había cuidado porque su mamá llevaba ocho años casi inválida y Sara se ocupaba de los dos. Pero entonces, ¿ella te bañaba cuando eras chico? Seguro, ¿por qué me preguntás esas pavadas? Por nada, por saber nomás, debe ser tan raro tener una hermana grande que te baña. No tiene nada de raro, che. ¿Y cuando te enfermabas de chico ella te cuidaba y te hacía todo? Sí, claro. ¿Y a vos no te daba vergüenza que tu hermana te viera y te híciera todo? No, qué vergüenza me iba a dar, yo era chico entonces. ¿Y ahora? Bueno, ahora igual, por qué me va a dar vergüenza cuando estoy enfermo.
Por qué, claro. A la hora en que cerrando los ojos imaginaba a Sara entrando de noche en su cuarto, acercándose a su cama, era como un deseo de que ella le preguntara cómo estaba, le pusiera la mano en la frente y después bajara las sábanas para verle la lastimadura en la pantorrilla, le cambiara la venda tratándolo de tonto por haberse cortado con un vidrio. La sentía levantándole el camisón y mirándolo desnudo, tocándole el vientre para ver si estaba inflamado, tapándolo de nuevo para que se durmiera. Abrazado a la almohada se sentía de pronto tan solo, y cuando abría los ojos en el cuarto ya vacío de Sara era como una marea de congoja y de delicia porque nadie, nadie podía saber de su amor, ni siquiera Sara, nadie podía comprender esa pena y ese deseo de morir por Sara, de salvarla de un tigre o de un incendio y morir por ella, y que ella se lo agradeciera y lo besara llorando. Y cuando sus manos bajaban y empezaba a acariciarse como Doro, como todos los chicos, Sara no entraba en sus imágenes, era la hija del almacenero o la prima Yolanda, eso no podía suceder con Sara que venía a cuidarlo de noche como lo cuidaba a Doro, con ella no había más que esa delicia de imaginarla inclinándose sobre él y acariciándolo y el amor era eso, aunque Aníbal ya supiera lo que podía ser el amor y se lo imaginara con Yolanda, todo lo que él le haría alguna vez a Yolanda o a la chica del almacenero.
El día del zanjón fue casi al final del verano, después de jugar en el potrero se habían separado de la barra y por un camino que solamente ellos conocían y que llamaban el camino de Sandokan se perdieron en la maleza espinosa donde una vez habían encontrado un perro ahorcado en un árbol y habían huido de puro susto. Arañándose las manos se abrieron paso hasta lo más tupido, hundiendo la cara en el ramaje colgante de los sauces hasta llegar al borde del zanjón de aguas turbias donde siempre habían esperado pescar mojarritas y nunca habían sacado nada. Les gustaba sentarse al borde y fumar los cigarrillos que Doro hacía con chala de maíz, hablando de las novelas de Salgari y planeando viajes y cosas. Pero ese día no tuvieron suerte, a Aníbal se le enganchó un zapato en una raíz y se fue para adelante, se agarró de Doro y los dos resbalaron en el talud del zanjón y se hundieron hasta la cintura, no había peligro pero fue como si, manotearon desesperados hasta sujetarse de la ramazón de un sauce, se arrastraron trepando y puteando hasta lo alto, el barro se les había metido por todas partes, les chorreaba dentro de las camisas y los pantalones y olía a podrido, a rata muerta.
Volvieron casi sin hablar y se metieron por el fondo del jardín en la casa de Doro, esperando que no hubiera nadie en el patio y pudieran lavarse a escondidas. Sara colgaba ropa cerca del gallinero y los vio venir, Doro como con miedo y Aníbal detrás, muerto de vergüenza y queriendo de veras morirse, estar a mil leguas de Sara en ese momento en que ella los miraba apretando los labios, en un silencio que los clavaba ridículos y confundidos bajo el sol del patio.
-Era lo único que faltaba -dijo solamente Sara, dirigiéndose a Doro pero tan para Aníbal balbuceando las primeras palabras de una confesión, era culpa suya, se le había enganchado un zapato y entonces, Doro no tuvo la culpa de que, lo que había pasado era que todo estaba tan refaloso.
-Vayan a bañarse ahora mismo -dijo Sara como si no lo hubiera oído-. Sáquense los zapatos antes de entrar y después se lavan la ropa en la pileta del gallinero.
En el baño se miraron y Doro fue el primero en reírse pero era una risa sin convicción, se desnudaron y abrieron la ducha, bajo el agua podían empezar a reírse de veras, a pelearse por el jabón, a mirarse de arriba abajo y a hacerse cosquillas. Un río de barro corría hasta el desagüe y se diluía poco a poco, el jabón empezaba a dar espuma, se divertían tanto que en el primer momento no se dieron cuenta de que la puerta se había abierto y que Sara estaba ahí mirándolos, acercándose a Doro para sacarle el jabón de la mano y frotárselo en la espalda todavía embarrada. Aníbal no supo qué hacer, parado en la bañadera se puso las manos en la barriga, después se dio vuelta de golpe para que Sara no lo viera y fue todavía peor, de tres cuartos y con el agua corriéndole por la cara, cambiando de lado y otra vez de espaldas, hasta que Sara le alcanzó el jabón con un lavate mejor las orejas, tenés barro por todas partes.
Esa noche no pudo ver a Sara como las otras noches, aunque apretaba los párpados lo único que veía era a Doro y a él en la bañadera, a Sara acercándose para inspeccionarlos de arriba abajo y después saliendo del baño con la ropa sucia en los brazos, generosamente yendo ella misma a la pileta para lavarles las cosas y gritándoles que se envolvieran en las toallas de baño hasta que todo estuviera seco, dándoles el café con leche sin decir nada, ni enojada ni amable, instalando la tabla de planchar bajo las glicinas y poco a poco secando los pantalones y las camisas. Cómo no había podido decirle algo al final cuando los mandó a vestirse, decirle solamente gracias, Sara, qué buena es, gracias de veras, Sara. No había podido decir ni eso y Doro tampoco, habían ido a vestirse callados y después la filatelia y las figuritas de aviones sin que Sara apareciera de nuevo, siempre cuidando a su madre al anochecer, preparando la cena y a veces tarareando un tango entre el ruido de los platos y las cacerolas, ausente como ahora bajo los párpados que ya no le servían para hacerla venir, para que supiera cuánto la quería, qué ganas de morirse de veras después de haberla visto mirándolos en la ducha.
Debió ser en las últimas vacaciones antes de entrar en el colegio nacional, sin Doro porque Doro iría a la escuela normal, pero los dos se habían prometido seguir viéndose todos los días aunque fueran a escuelas diferentes, qué importaba si por la tarde seguirían jugando como siempre, sin saber que no, que algún día de febrero o marzo jugarían por última vez en el patio de la casa de Doro porque la familia de Aníbal se mudaba a Buenos Aires y solamente podrían verse los fines de semana, amargos de rabia por un cambio que no querían admitir, por una separación que los grandes les imponían como tantas cosas, sin preocuparse por ellos, sin consultarlos.
Todo de golpe iba rápido, cambiaba como ellos con los primeros pantalones largos, cuando Doro le dijo que Sara se iba a casar a principios de marzo, se lo dijo como algo sin importancia y Aníbal ni siquiera hizo un comentario, pasaron días antes de que se animara a preguntarle a Doro si Sara iba a seguir viviendo con él después de casada, pero sos idiota vos, cómo se van a quedar aquí, el tipo tiene mucha guita y se la va a llevar a Buenos Aires, tiene otra casa en Tandil y yo me voy a quedar con mi mamá y tía Faustina que la va a cuidar.
Ese sábado último de las vacaciones vio llegar al novio en su auto, lo vio de azul y gordo, con lentes, bajándose del auto con un paquetito de masas y un ramo de azucenas. En su casa lo llamaban para que empezara a embalar sus cosas, la mudanza era el lunes y todavía no había hecho nada. Hubiera querido ir a la casa de Doro sin saber por qué, estar solamente ahí, pero su madre lo obligó a empaquetar sus libros, el globo terráqueo, las colecciones de bichos. Le habían dicho que tendría una pieza grande para él solo con vista a la calle, le habían dicho que podría ir al colegio a pie. Todo era nuevo, todo iba a empezar de otra manera, todo giraba lentamente, y ahora Sara estaría sentada en la sala con el gordo del traje azul, tomando el té con las masas que él había traído, tan lejos del patio, tan lejos de Doro y él, sin nunca más llamarlos para el café con leche debajo de las glicinas.
El primer fin de semana en Buenos Aires (era cierto, tenía una pieza grande para él solo, el barrio estaba lleno de negocios, había un cine a dos cuadras), tomó el tren y volvió a Bánfield para ver a Doro. Conoció a la tía Faustina, que no les dio nada cuando terminaron de jugar en el patio, se fueron a caminar por el barrio y Aníbal tardó un rato en preguntarle por Sara. Bueno, se había casado por civil y ya estaban en la casa de Tandil para la luna de miel, Sara iba a venir cada quince días a ver a su madre. ¿Y no la extrañás? Sí, pero qué querés. Claro, ahora está casada. Doro se distraía, empezaba a cambiar de tema y Aníbal no encontraba la manera de que siguiera hablándole de Sara, a lo mejor pidiéndole que le contara el casamiento y Doro riéndose, yo qué sé, habrá sido como siempre, del civil se fueron al hotel y entonces vino la noche de bodas, se acostaron y entonces el tipo. Aníbal escuchaba mirando las verjas y los balcones, no quería que Doro le viera la cara y Doro se daba cuenta, seguro que vos no sabés lo que pasa la noche de bodas. No jodas, claro que sé. Lo sabés pero la primera vez es diferente, a mí me contó Ramírez, a él se lo dijo el hermano que es abogado y se casó el año pasado, le explicó todo. Había un banco vacío en la plaza, Doro había comprado cigarrillos y le seguía contando y fumando, Aníbal asentía, tragaba el humo que empezaba a marearlo, no necesitaba cerrar los ojos para ver contra el fondo del follaje el cuerpo de Sara que nunca había imaginado como un cuerpo, ver la noche de bodas desde las palabras del hermano de Ramírez, desde la voz de Doro que le seguía contando.
Ese día no se animó a pedirle la dirección de Sara en Buenos Aires, lo dejó para otra visita porque tenía miedo de Doro en ese momento, pero la otra visita no llegó nunca, el colegio empezó y los nuevos amigos, Buenos Aires se tragó poco a poco a Aníbal cargado de libros de matemáticas y tantos cines en el centro y la cancha de River y los primeros paseos de noche con Beto, que era un porteño de veras. También a Doro le estaría pasando lo mismo en La Plata, cada tanto Aníbal pensaba en mandarle unas líneas porque Doro no tenía teléfono, después venía Beto o había que preparar algún trabajo práctico, fueron meses, el primer año, vacaciones en Saladillo, de Sara no iba quedando más que alguna imagen aislada, una ráfaga de Sara cuando algo en María o en Felisa le recordaba por un momento a Sara. Un día del segundo año la vio nítidamente al salir de un sueño y le dolió con un dolor amargo y quemante, al fin y al cabo no había estado tan enamorado de ella, total antes era un chico y Sara nunca le había prestado atención como ahora Felisa o la rubia de la farmacia, nunca había ido a un baile con él como su prima Beba o Felisa para festejar la entrada a cuarto año, nunca lo había dejado acariciarle el pelo como María, ir a bailar a San Isidro y perderse a medianoche entre los árboles de la costa, besar a Felisa en la boca entre protestas y risas, apoyarla contra un tronco y acariciarle el pecho, bajar hasta perder la mano en ese calor huyente y después de otro baile y mucho cine encontrar un refugio en el fondo del jardín de Felisa y resbalar con ella hasta el suelo, sentir en la boca su sabor salado y dejarse buscar por una mano que lo guió, por supuesto no le iba a decir que era la primera vez, que había tenido miedo, ya estaba en primer año de ingeniería y no le podía decir eso a Felisa y después ya no hizo falta porque todo se aprendía tan rápido con Felisa y algunas veces con su prima Beba.
Nunca más supo de Doro y no le importó, también se había olvidado de Beto que enseñaba historia en algún pueblo de provincia, los juegos se habían ido dando sin sorpresa y como a todo el mundo, Aníbal aceptaba sin aceptar, algo que debía ser la vida aceptaba por él, un diploma, una hepatitis grave, un viaje al Brasil, un proyecto importante en un estudio con dos o tres socios. Estaba despidiéndose de uno de ellos en la puerta antes de ir a tomar una cerveza después del trabajo cuando vio venir a Sara por la vereda de enfrente. Bruscamente recordó que la noche antes había soñado con Sara y que era siempre el patio de la casa de Doro aunque no pasaba nada, aunque Sara solamente estaba ahí colgando ropa o llamándolos para el café con leche, y el sueño se acababa así casi sin haber empezado. Tal vez porque no pasaba nada las imágenes eran de una precisión cortante bajo el sol del verano de Bánfield que en el sueño no era el mismo que el de Buenos Aires; tal vez también por eso o por falta de algo mejor había rememorado a Sara después de tantos años de olvido (pero no había sido olvido, se lo repitió hoscamente a lo largo del día), y verla venir ahora por la calle, verla ahí vestida de blanco, idéntica a entonces con el pelo azotándole los hombros a cada paso en un juego de luces doradas, encadenándose a las imágenes del sueño en una continuidad que no le extrañó, que tenía algo de necesario y previsible, cruzar la calle y enfrentarla, decirle quién era y que ella lo mirara sorprendida, no lo reconociera y de golpe sí, de golpe sonriera y le tendiera la mano, se la apretara de veras y siguiera sonriéndole.
-Qué increíble -dijo Sara-. Cómo te iba a reconocer después de tantos años.
-Usted sí, claro -dijo Aníbal-. Pero ya ve, yo la reconocí enseguida.
-Lógico -dijo lógicamente Sara-. Si ni siquiera te habías puesto pantalones largos. Yo tambíén habré cambiado tanto, lo que pasa es que sos mejor fisonomista.
Dudó un segundo antes de comprender que era idiota seguir tratándola de usted.
-No, no has cambiado, ni siquiera el peinado. Sos la misma.
-Fisonomista pero un poco miope -dijo ella con la antigua vaz donde la bondad y 1a burla se enredaban.
El sol les daba en la cara, no se podía hablar entre el tráfico y la gente. Sara dijo que no tenía apuro y que le gustaría tomar algo en un café. Fumaron el primer cigarrillo, el de las preguntas generales y los rodeos, Doro era maestro en Adrogué, la mamá se había muerto como un pajarito mientras leía el diario, él estaba asociado con otros muchachos ingenieros, les iba bien aunque la crisis, claro. En el segundo cigarrillo Aníbal dejó caer la pregunta que le quemaba los labios.
-¿Y tu marido?
Sara dejó salir el humo por la nariz, lo miró despacio en los ojos.
-Bebe -dijo.
No había ni amargura ni lástima, era una simple información y después otra vez Sara en Bánfield antes de todo eso, antes de la distancia y el olvido y el sueño de la noche anterior, exactamente como en el patio de la casa de Doro y aceptándole el segundo whisky, como siempre casi sin hablar, dejándolo a él que siguiera, que le contara porque él tenía mucho más para contarle, los años habían estado tan llenos de cosas para él, ella era como si no hubiese vivido mucho y no valía la pena decir por qué. Tal vez porque acababa de decirlo con una sola palabra.
Imposible saber en qué momento todo dejó de ser difícil, juego de preguntas y respuestas, Aníbal había tendido la mano sobre el mantel y la mano de Sara no rehuyó su peso, la dejó estar mientras él agachaba la cabeza porque no podía mirarla en la cara, mientras le hablaba a borbotones del patio, de Doro, le contaba las noches en su cuarto, el termómetro, el llanto contra la almohada. Se lo decía con una voz lisa y monótona, amontonando momentos y episodios pero todo era lo mismo, me enamoré tanto de vos, me enamoré tanto y no te lo podía decir, vos venías de noche y me cuidabas, vos eras la mamá joven que yo no tenía, vos me tomabas la temperatura y me acariciabas para que me durmiera, vos nos dabas el café con leche en el patio, te acordás, vos nos retabas cuando hacíamos pavadas, yo hubiera querido que me hablaras solamente a mí de tantas cosas pero vos me mirabas desde tan arriba, me sonreías desde tan lejos, había un inmenso vidrio entre los dos y vos no podías hacer nada para romperlo, por eso de noche yo te llamaba y vos venías a cuidarme, a estar conmigo, a quererme como yo te quería, acariciándome la cabeza, haciéndome lo que le hacías a Doro, todo lo que siempre le habías hecho a Doro, pero yo no era Doro y solamente una vez, Sara, solamente una vez y fue horrible y no me olvidaré nunca porque hubiera querido morirme y no pude o no supe, claro que no quería morirme pero eso era el amor, querer morirme porque vos me habías mirado todo entero como a un chico, habías entrado en el baño y me habías mirado a mí que te quería, y me habías mirado como siempre lo habías mirado a Doro, vos ya de novia, vos que ibas a casarte y yo ahí mientras me dabas el jabón y me mandabas que me lavara hasta las orejas, me mirabas desnudo como a un chico que era y no te importaba nada de mí, ni siquiera me veías porque solamente veías a un chico y te ibas como si nunca me hubieras visto, como si yo no estuviera ahí sin saber cómo ponerme mientras me estabas mirando.
-Me acuerdo muy bien -dijo Sara-. Me acuerdo tan bien como vos, Aníbal.
-Sí, pero no es lo mismo.
-Quién sabe si no es lo mismo. Vos no podías darte cuenta entonces, pero yo había sentido que me querías de esa manera y que te hacía sufrir, y por eso yo tenía que tratarte igual que a Doro. Eras un chico pero a veces me daba tanta pena que fueras un chico, me parecía injusto, algo así. Si hubieras tenido cinco años más... Te lo voy a decir porque ahora puedo y porque es justo, aquella tarde entré a propósito en el baño, no tenía ninguna necesidad de ir a ver si se estaban lavando, entré porque era una manera de acabar con eso, de curarte de tu sueño, de que te dieras cuenta que vos no podrías verme nunca así mientras que yo tenía el derecho de mirarte por todos lados como se mira a un chico. Por eso, Aníbal, para que te curaras de una vez y dejaras de mirarme como me mirabas pensando que yo no lo sabía. Y ahora sí otro whisky, ahora que los dos somos grandes.
Del anochecer a la noche cerrada, por caminos de palabras que iban y venían, de manos que se encontraban un instante sobre el mantel antes de una risa y otros cigarrillos, quedaría un viaje en taxi, algún lugar que ella o él conocían, una habitación, todo como fundido en una sola imagen instantánea resolviéndose en una blancura de sábanas y la casi inmediata, furiosa convulsión de los cuerpos en un interminable encuentro, en las pausas rotas y rehechas y violadas y cada vez menos creíbles, en cada nueva implosión que los segaba y los sumía y los quemaba hasta el sopor, hasta la última brasa de los cigarrillos del alba. Cuando apagué la lámpara del escritorio y miré el fondo del vaso vacío, todo era todavía pura negación de las nueve de la noche, de la fatiga a la vuelta de otro día de trabajo. ¿Para qué seguir escribiendo si las palabras llevaban ya una hora resbalando sobre esa negación, tendiéndose en el papel como lo que eran, meros dibujos privados de todo sostén? Hasta algún momento habían corrido cabalgando la realidad, llenándose de sol y verano, palabras patio de Bánfield, palabras Doro y juegos y zanjón, colmena rumorosa de una memoria fiel. Sólo que al llegar a un tiempo que ya no era Sara ni Bánfield el recuento se había vuelto cotidiano, presente utilitario sin recuerdos ni sueños, la pura vida sin más y sin menos. Había querido seguir y que también las palabras aceptaran seguir adelante hasta llegar al hoy nuestro de cada día, a cualquiera de las lentas jornadas en el estudio de ingeniería, pero entonces me había acordado del sueño de la noche anterior, de ese sueño de nuevo con Sara, de la vuelta de Sara desde tan lejos y atrás, y no había podido quedarme en este presente en el que una vez más saldría por la tarde del estudio y me iría a beber una cerveza al café de la esquina, las palabras habían vuelto a llenarse de vida y aunque mentían, aunque nada era cierto, había seguido escribiéndolas porque nombraban a Sara, a Sara viniendo por la calle, tan hermoso seguir adelante aunque fuera absurdo, escribir que había cruzado la calle con las palabras que me llevarían a encontrar a Sara y dejarme conocer, la única manera de reunirme por fin con ella y decirle la verdad, llegar hasta su mano y besarla, escuchar su voz y verle el pelo azotándole los hombros, irme con ella hacia una noche que las palabras irían llenando de sábanas y caricias, pero cómo seguir ya, cómo empezar desde esa noche una vida con Sara cuando ahí al lado se oía la voz de Felisa que entraba con los chicos y venía a decirme que la cena estaba pronta, que fuéramos enseguida a comer porque ya era tarde y los chicos querían ver al pato Donald en la televisión de las diez y veinte.
*Julio / Cortázar /

sábado, 4 de mayo de 2019

Escritores Argentinos y Miradas del Mundo 15 horas · RAY BRADBURY. IN MEMORIAM

RAY BRADBURY. IN MEMORIAM
"Los cohetes incendiaron las rocosas praderas, transformaron la piedra en lava, la pradera en carbón, el agua en vapor, la arena y la sílice en un vidrio verde que reflejaba y multiplicaba la invasión, como espejos hechos trizas. Los cohetes vinieron redoblando como tambores en la noche. Los cohetes vinieron como langostas y se posaron como enjambres envueltos en rosadas flores de humo. Y de los cohetes salieron de prisa los hombres armados de martillos, con las bocas orladas de clavos como animales feroces de dientes de acero, y dispuestos a dar a aquel mundo extraño una forma familiar, dispuestos a derribar todo lo insólito, escupieron los clavos en las manos activas, levantaron a martillazos las casas de madera, clavaron rápidamente los techos que suprimían el imponente cielo estrellado e instalaron unas persianas verdes que ocultarían la noche. Y cuando los carpinteros terminaron su trabajo, llegaron las mujeres con tiestos de flores y telas de algodón y cacerolas, y el ruido de las vajillas cubrió el silencio de Marte, que esperaba detrás de puertas y ventanas.”
(Las langostas, febrero de 2002 – 1950)

jueves, 21 de marzo de 2019

DÍA DE LA POESÍA

Qué mejor que recitar poemas para celebrar el Día Mundial de la Poesía 2019. Muchos grandes autores han compuesto maravillosas obras que pueden servir perfectamente de odas para una jornada tan bonita como esta.
En el mundo hemos disfrutado y disfrutamos de excelentes poetas. Por eso, un día como este, que conmemora la comunicación humana y la transmisión de ideas y valoras a través de las composiciones poéticas es perfecto para que disfrutemos del arte de grandes artistas.
A continuación, os dejamos con algunos poemas para celebrar el Día Mundial de la Poesía 2019 y dar rienda suelta al arte que todos llevamos dentro.
El amor después del amor 
Un tiempo vendrá
en el que, con gran alegría,
te saludarás a ti mismo,
al tú que llega a tu puerta,
al que ves en tu espejo
y cada uno sonreirá a la bienvenida del otro,
y dirá, siéntate aquí. Come.
Seguirás amando al extraño que fuiste tú mismo.
Ofrece vino. Ofrece pan. Devuelve tu amor
a ti mismo, al extraño que te amó
toda tu vida, a quien no has conocido
para conocer a otro corazón
que te conoce de memoria.
Recoge las cartas del escritorio,
las fotografías, las desesperadas líneas,
despega tu imagen del espejo.
Siéntate. Celebra tu vida.
Derek Walcott
Placeres
La primera ojeada por la ventana al despertarse
el viejo libro recién encontrado
rostros entusiasmados
nieve, el cambio de las estaciones
el periódico
el perro
la dialéctica
darse una ducha, nadar
música vieja
zapatos cómodos
comprender
música nueva
escribir, sembrar
viajar, cantar
ser amable.
Bertolt Brecht
El poeta es un fingidor
El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
que hasta finge que es dolor
el dolor que en verdad siente,
Y, en el dolor que han leído,
a leer sus lectores vienen,
no los dos que él ha tenido,
sino sólo el que no tienen.
Y así en la vida se mete,
distrayendo a la razón,
y gira, el tren de juguete
que se llama corazón.
Fernando Pessoa
No gritéis más
Dejad de matar a los muertos,
no gritéis más, no gritéis,
si les queréis todavía oír
si esperáis no perecer .
Tienen un susurro imperceptible,
no hacen más rumor
que el crecer de la hierba,
alegre donde no pasa el hombre.
Giuseppe Ungaretti
Libertad salvaje
Me gustan los juegos en que todos
son arrogantes y malignos,
en que son tigres y águilas
los enemigos.
Libertad salvaje.
Que cante una voz altiva:
“¡Aquí, muerte, allí -presidio!”
¡Luche la noche conmigo,
la noche misma!
Volando voy -tras de mí van las fieras;
y con el lazo en las manos yo me río…
¡Ojalá la tormenta
me haga añicos!
¡Que sean héroes los enemigos!
¡Acabe en guerra el convite!
Que sólo quedemos dos:
¡El mundo y yo!
Marina Tsvietáieva

ALBERT CAMUS

"El silencio es la conversación de las personas que se quieren. Lo que cuenta no es lo que se dice, sino lo que no es necesario decir".
--
Albert Camus
Argelia, 1913 - 1960
Premio Nobel de Literatura 1957

lunes, 25 de febrero de 2019

cultura; diversos artículos, entre ellos " A 80 años de la muerte de Antonio Machado"


EN CONVERSACIÓN CON DOÑA EMILIA

La aparición de una nueva biografía, “Emília Pardo Bazán”, de la historiadora Isabel Burdiel(Taurus) , nos lleva hasta los grandes salones donde trabajaba la escritora gallega, el escenario de su enorme mesa salomónica que mantenía en su centro una carpeta, un tintero y una papelera y que los ojos del “Caballero Audaz” retenían para contarlo después en una larga entrevista. “ De mi niñez –  decía Emília Pardo Bazán allí sentada – lo único que puedo decirle es que a los seis años leía “El Quijote” asiduamente… Yo no recuerdo haber pasado en mi vida un día sin leer. Escribí versos desde muy niña, pero nunca me hice ilusiones de ser poeta, porque comprendí que mis versos eran malos. En prosa tengo más de sesenta libros publicados. La obra que mayor éxito ha tenido ha sido “Los pazos de Ulloa”. Mis grandes amigos han sido, por de pronto, Castelar, que me quería como a una hermana. Otro gran amigo que tuve fue don Antonio Cánovas y su mujer, el duque de Rivas lo es en la actualidad, y Galdós. Galdós y yo nos queremos mucho. De los literatos actuales me gustan mucho Azorín y Unamuno.
Por otro lado – proseguía– yo soy una radical feminista. Creo que todos los derechos que tiene el hombre debe tenerlos la mujer, y es más, creo que hay una relación directísima  entre los derechos y privilegios concedidos a la mujer y el estado de cultura de las naciones. En Suecia, Noruega, Dinamarca y Finlandia es donde la mujer se halla casi al nivel del hombre, donde hay diputadas.; en cambio, en los países menos adelantados es donde se considera a la mujer bestia de apetitos y carga. No tenemos más que volver los ojos a Marruecos. En España, dudo que por mucho tiempo se abran paso las corrientes femeninas. Sin embargo, si miro atrás, tengo que reconocer que hemos avanzado en este aspecto de la vida, porque yo he conocido los tiempos en que unánimemente se decía que la mujer sólo debía zurcir calcetines; hoy ya, si se piensa, por lo menos no se dice. Los hombres en España alardean de aparecer siempre preocupados por el amor de las mujeres, y no puede haber mayor obstáculo que éste para que avance la mujer; para que la mujer adelantase aquí sería necesario, en primer lugar, que ella quisiese, y en segundo lugar que encontrase algún terreno preparado, alguna ayuda en el hombre también. Mi obra para abrir las puertas españolas al feminismo ha sido solamente personal, dando el ejemplo de hacer aquello que pude de lo que está prohibido a la mujer. He tenido el gusto de ser la primera socia de número del Ateneo, la primera mujer que ha sido profesora de la Escuela de Estudios Superiores en el mismo Ateneo; el prmer socio de número de la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País. No cabe duda que, si las mujeres siguieran mi ejemplo, el feminismo en España sería un hecho.”
Esta conversación, en 1915, tenía lugar en aquel gran salón que ocupaba la enorne mesa, presidida por el tintero y la carpeta. Ante aquel escenario estaba doña Emília, con “su cara bermeja, sus cabellos plateados y una enorme perla de calabaza que, presa de un hilillo de platino, pende de su cuello carnoso, rebota y salta sobre su escote”, decía “El Caballero Audaz”.
(Imágenes -1-Emília Pardo Bazán – la Vanguardia / 2- pazos gallegos – clubcultural/ 3-pazos gallegos – zorro del ahorro)

LA PUESTA DE SOL



”Cuando el sol de la tarde va por las Tullerías
y arroja a los vitrales del castillo sus fuegos,
¡Soy la Gran Avenida y soy sus dos estanques,
ensimismado en mis ensueños!
Desde allí, amigos míos, hay una vista digna
de ver, cuando la noche iza en torno su velo,
¡La caída del sol, cuadro inestable y rico,
que enmarca el Arco de la Estrella!”
Gérard de Nerval- “La puesta de sol– “Las quimeras y otros poemas” -(traducción de Pedro Gandía)



(Imágenes -1- Rik wouters – 1912/ 2-Eugene Atget- 1921)

LECTURAS DE BENET



La Biblioteca Nacional acaba de adquirir 9000 libros, 600 manuscritos, fotografías y anotaciones sobre las obras que iba leyendo el escritor Juan Benet, y en ese universo se adentra uno para intentar averiguar el espacio íntimo de su creación. “ Salvo excepciones –decía Benet – , yo suelo escribir cuando no tengo nada que hacer, cuando llego a casa y no viene ningún amigo ni nadie me dice que vayamos al cine. Y claro, son pocos días. Son tres o cuatro a la semana, como mucho. Cuando no tengo  nada que hacer y está todo en orden, pues entonces, voy a la habitación, me pongo delante de la máquina y entre ocho y diez, escribo un par de folios. Ése es mi sistema de trabajo. Yo tengo la virtud de que – debe ser una virtud – , no tengo ningún esfuerzo para reescribir. Yo puedo haber abandonado, a la mitad de la página, un párrafo, hace quince días: vuelvo a Madrid y lo encuentro y sigo. Y lo sigo a los cinco minutos. No necesito mucha preparación  El pensamiento…. las novelas las tengo como un tanto maduradas previamente.


(…) En mi juventud, mis amores literarios eran los escritores contemporáneos. Es lo que pasa cuando eres joven; entonces  lo último es lo que se considera más valioso. Mis amores empezaron por la Generacion Perdida, por Faulkner, por Kafka, para pasar a Mann y a Proust. Pero luego he perdido contemporaneidad. Los escritores contemporáneos me llaman menos la atención. Supongo que es un signo de envejecimiento. Me llaman más la atención los clásicos, incluso los clásicos grecolatinos (…) Cada vez leo menos a los contemporáneos, y, sobre todo, nunca leo un éxito de venta. Ya tiene que venir un libro con muchas canciones eclesiásticas para que me meta con él si es extenso. Cuando eras joven no te importaba mucho meter la pata, porque los jóvenes, todos, meten la pata; pero cuando llegas a cierta edad comprendes que el tiempo que has dedicado a la lectura ha sido poco y se empleó mal. Se emplea mal porque se lee mucho para estar al día,  haciendo caso de la propaganda que te inclina a leer bazofia, y para encontrar un buen libro entre los premios , entre la publicidad de las solapas, entre lo que te dicen los amigos, pues pierdes el tiempo leyendo cosas que no tienen ningún interés, cuando sabes que si mañana vuelves a leer a Shakespeare o a Cervantes la inversión está garantizada.”


(Imágenes -1- lourania tumblr/ 2- Shakespeare and company/ 3- biblioteca del convento – Palacio  de Mafra – Lisboa curious  expeditiion)

CIUDAD EN EL ESPEJO (1)


Novela

JJ Perlado

“El psiquiatra oyó su despertador a las seis en punto de la mañana, cuando el enfermo aún estaba dormido. El sueño del enfermo vagaba en nubes superficiales, no podía conocer al psiquiatra, hasta esa tarde a las cinco y media no lo conocería, no pudo ver cómo iba el psiquiatra hasta el cuarto de baño, de qué modo inclinó su cabeza en el lavabo y empezó a remojar su rostro con agua fría, luego se enderezó, y comenzó a extender suavemente por las mejillas la crema de jabón, la luz blanca de neón le dio en la cara, la mano derecha tomó la cuchilla de afeitar, cosas que el paciente no sabría nunca, ambos no se conocían, los dos cerebros y los dos hombres no se distinguían en la distancia a pesar de vivir el mismo período de historia, habitar en la misma ciudad, Madrid a finales del siglo XX, el psiquiatra Doctor Don Pedro Martínez Valdés, el paciente Ricardo Almeida dormido en su cama, médico y enfermo, uno en cada punta de la capital, el doctor Valdés pasó su cuchilla primero sobre la mejilla izquierda y bajo la patilla, el sueño de Ricardo Almeida entró por campos de caballos blancos que trotaban en la playa de su niñez, el doctor Martínez Valdés elevó el mentón para rasurar la barbilla, los ojos semicerrados siguieron la inercia del movimiento, los caballos blancos de la infancia de Ricardo Almeida galoparon desnudos junto al mar, chapoteo de pezuñas en la espuma, el sueño que no se puede contar, la cuchilla que sube despacio por la mejilla del doctor, el caballo fantasma que brilla en el horizonte, cómo narrar todo esto, es imposible, o acaso es que es posible explicar bien lo que se ha soñado, no, no lo es. Usted, le preguntará esa tarde el psiquiatra al enfermo, sabrá tal vez dónde ocurría su sueño, podría quizá narrármelo, relájese un poco, póngase más cómodo; ese sueño del que usted me habla, esa playa con los caballos blancos, pertenece acaso a un paisaje determinado, o sufrió usted allí algún choque importante, algo sucedió en su vida, porque algo le tuvo que pasar en esa playa para que usted la recuerde tantas veces, podría hacer un esfuerzo, quizá adelantemos algo. No, no puedo, le dirá en su momento el enfermo, ni él mismo sabe que está enfermo y por qué lo está, ha ido a tientas, de la mano, le ha llevado un celador, Vicente, un hombre fornido, de blusón verde, una figura alta, de pelo rizado y con bigote, que le ha dicho, Pasa, siéntate ahí, el doctor Valdés quiere verte, y no ha dicho más, los caballos blancos en el sueño de la playa se introducen en el agua, parecen ahogarse, se ahogan, cada caballo se va sumergiendo, las patas, el vientre, la grupa, y sólo las crines quedan flotando como algas, muévense mansamente las crines, olas van y vienen como flecos salados, algunos pececillos se amontonan, arena muerta, nada, el mar está salpicado de crines de caballos ahogados y un viento levanta el oscurecer de la tarde, la llanura desierta, el peñasco violáceo con su castillo en ruinas, ermita que fue en otro tiempo, Ricardo Almeida da una vuelta en su cama, Las posturas, doctor, le dirá esa tarde, apenas las noto, Acaso se despierta usted sobresaltado, le preguntará el médico. Pocas veces, dirá Ricardo, es una sensación extraña, como si surgiera de otro mundo. Qué mundo, insistirá el médico.
Pero no adelantemos acontecimientos. Estamos el mismo día en que médico y enfermo se van a conocer, se encontrarán esa tarde, la locura y la cordura aún no se han acercado, acaso hay algo de locura en este doctor en Medicina, psiquiatra madrileño, nacido en la capital de España en 1940, antiguo profesor de psiquiatría en Barcelona, que fue profesor de psicología médica en Madrid desde 1980 a 1985, académico de la Real Academia de Medicina, pensionado en Austria, Alemania, Francia e Italia, especialista en neurología y patología psicosomática, con consulta privada lunes, miércoles y viernes en la calle de Jorge Juan, y con consulta martes y jueves, mañana y tarde, en una clínica de la calle Menéndez y Pelayo, aunque nada de eso aflora en su semblante mientras se seca con la toalla las mejillas, conforme contempla las primeras canas en sus cejas, cincuenta y cuatro años no son años en una existencia, la existencia pende de un hilo, no se sabe nunca cuándo se quebrará, hay sin embargo un poderío aparente en este hombre, Pedro Martínez Valdés, cuando se mira recién afeitado ante el espejo, es un cuerpo hercúleo, alto, proporcionado, aunque sin las gafas de concha tiene una expresión irreal, casi fantasmal, él a sí no se reconoce bien, es éste casi el único momento en que se quita las gafas excepto cuando duerme junto a Begoña Azcárate de Miguel, la mujer que conoció hace veinticinco años en un viaje a París, los seis meses que estuvo trabajando allí, estudiando con una beca sin saber en qué especializarse, aquella española, estudiante de enfermería, becaria también y con la que paseó y se enamoró y luego se casaría en Madrid, y que ahora duerme con la sábana cubriéndole la cabeza, abandonada al sopor y a unos sueños que él no sabría desvelar.
En la otra punta de la ciudad, lejos del chalé de Puerta de Hierro donde vive el doctor Martínez Valdés, atravesando ahora, a las seis y veinte de la mañana, las avenidas olorosas de principios de mayo entre las casas residenciales que ascienden silenciosas hacia la Ciudad Universitaria, salta la espuma de un riego manso y suave que gira como peonza sobre los jardines privados, el día no parece aún formar tumulto, es martes ocho de mayo y muchos martes, como todos los lunes del mundo, quisieran suprimirse; a veces, a Ricardo Almeida García, que duerme aún, se le ha ocurrido esta idea que a tantos otros les ha pasado por la cabeza, entonces los miércoles pasarían a ser martes y los martes a lunes y los amaneceres de estos martes serían tan tediosos y apartarían a las gentes como los albores de los lunes en los que se hace tan ingrato trabajar. Pero cuantas más vacaciones tengo, doctor, le dirá en su momento Ricardo Almeida al psiquiatra, mayor pereza noto en mí, un arrastrarme por la vida, una lentitud ahogada, una negación para vivir. Y esto le ocurre todos los meses del año, le preguntará Martínez Valdés, usted procure contarme lo que hace exactamente en la vida. Con la mirada fija en el enfermo y los ojos atravesando el cristal de sus gafas de concha, la mente del doctor Valdés nada dice y parece muda: sin embargo conoce bien el ritmo subterráneo de las estaciones y cómo las depresiones vienen o van en primaveras y otoños de modo aún más intenso, flujos y reflujos del carácter, de las sensaciones y emociones, el pulso inaprensible de la vida.
Pero ahora va despacio, por entre las casas de Puerta de Hierro, el primer tono de luz, un mayo gozoso en las primerísimas horas de la mañana y avanzan lentamente por la gravilla las ruedas del primer coche que llega con tiempo, recién lavado y brillante, el Mercedes gris conducido por el chofer de Don Luis Trías, el banquero que a las siete menos cuarto en punto saldrá de la urbanización seguido de sus escoltas hacia su alto edificio de la Castellana. No hay un gran movimiento de automóviles, los jardineros con su mono azul y sentados ante sus máquinas diminutas cortan cuidadosamente los brotes del cesped, igualan las puntas de las hojas y vigilan los colores de las flores, esos setos que se abren a una primavera casi millonaria. Madrid ha recibido la luz de mayo como una gracia que cayera del cielo y a esta hora, Juan Luna Cortés, amigo de Ricardo Almeida, camina desde Atocha hasta el Prado porque a las siete debe ir encendiendo las luces de los despachos del Museo, él se encarga de vigilar especialmente las salas de Velázquez y del Greco en la planta principal, fue portero y aún lo es en verano, haciendo suplencias en una casa de Cea Bermúdez, es hombre ya mayor, cerca de la jubilación, Quizás, le dirá Ricardo Almeida al médico, mi amigo Luna coja la jubilación anticipada, tiene a la mujer muy enferma. Pero tiene eso algo que ver con su vida, le dirá muy suavemente, muy delicadamente el doctor Valdés, se extraña y no se extraña, a los pacientes siempre hay que dejarles hablar, en la consulta no hay más que empujar ciertas palabras, es lo mismo que en la convivencia, a veces, con inteligencia y sutileza, si una palabra se deja resbalar en la conversación y a ella se añade un signo de asentimiento o una leve afirmación muda, por ejemplo un apoyo con la mirada, el otro se siente animado a continuar y el vagón de las palabras comienza a funcionar, arrastra tras de sí un convoy de pensamientos, vocablos-llave, signos y significados en el vientre de las frases que van abriendo un cauce y desvelando sentidos. Un psiquiatra debe saber escuchar, Pedro Martínez Valdés cuando compuso igual que se compone un cuadro ese despacho suyo en el sanatorio de Menéndez y Pelayo no pensó tanto en el tamaño de la habitación como en que la luz de la doble ventana acristalada para mitigar los ruidos cayera sobre su espalda y él quedara en penumbra, el doctor Valdés recostado en el respaldo de su sillón y el paciente ante él, sentado en una silla que nunca ha sido cómoda para que el visitante ni se adormile ni se apoltrone, esconde su reloj de arena entre los libros, un diminuto reloj de fina arena que deja desgranar sus copos de modo casi imperceptible durante un tiempo máximo que jamás supera los tres cuartos de hora.”
(Continuará)
(TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS)

ESCRIBIR : EL TIEMPO Y LOS RUIDOS



“Nunca hay tiempo suficiente para un escritor – recordaba David Bradley -. Por ello, los escritores debemos aprender a escribir cuando parece que no estamos escribiendo — cuando nos dirigimos al trabajo en autobús, o estamos en un avión o dirigiéndonos al supermercado —. Si esperas a sentarte ante la máquina de escribir para escribir, lo más probable es que te quedes mirando una hoja o pantalla en blanco hasta deprimirte por completo. La sensación de impaciencia, de que tienes que correr a casa para sentarte a escribir, empieza con la idea. Nadie lucha para conseguir el tiempo necesario para escribir algo si no se tiene antes una idea clara de lo que ese algo es.”


Sobre el silencio y el aislamiento para poder crear se ha comentado mucho. Pero también sobre la influencia de los ruidos. Richard Bausch  confesaba: “Lo mejor es rodear el trabajo de escritor de música, ruido y amigos. Cuando a un recién nacido lo aíslas del ruido, lo entrenas para el insomnio; luego todo le molestará y no podrá dormir. Sucede lo mismo con la escritura. Si te creas un área de expectación sobre cuándo y cómo serás capaz de realizar tu trabajo, te estás entrenando para no hacerlo. Shostakovic escribió su famosa “Séptima sinfonía” o “Sinfonía de Leningrado” durante el asedio de la ciudad. Las bombas caían a su alrededor, y sabía que había muchas probabilidades de que muriera en las próximas horas o días. Entrénate para escribir en lugares bulliciosos, bajo el bombardeo de ruidos que hace el mundo — trabaja en habitaciones donde juegan los niños, con la música puesta, incluso la televisión —. Trabaja con el convencimiento de que si se te ocurre algo verdaderamente bueno no se escapará hacia el olvido a causa de una distracción. Volverá a ti de nuevo. No hay una excusa conocida que sirva para no trabajar cuando deberías estar haciéndolo.”
Siempre que leo estas frases recuerdo a José HIerro cuando me contaba que se iba a escribir a un pequeño bar muy bullicioso. Allí, entre las voces de los camareros y el sonido de las cucharillas, encontraba su inspiración.


(Imágenes – 1-Mark Ulriksen – The New Yorker – 2015/2- Eve Arnold -1950/3- Robert Frank -1956)

HISTORIA Y PERIODISMO


Prácticamente todo cuanto está escrito en el periódico de hoy es historia, lo que aparezca en cualquier jornada sea cual sea el diario, la revista y su periodicidad, la grabación televisiva o radiofónica, muchos de los textos distribuidos por las nuevas tecnologías, todo ello es utensilio capital en el taller del historiador. El historiador investiga, rastrea los hechos ocurridos, compara, coteja versiones, acumula y selecciona, complementa lagunas, descubre indicios reveladores y, entre mil operaciones más, a veces se queda con la incógnita en el aire, tal y como si el enigma, a pesar de los datos, no consiguiera desvelarse.
Recordaba todo esto cuando hace algún tiempo leí el libro de Raymond Cartier “Hitler:  al asalto del Poder”. Allí aparecía un párrafo inicial del doctor judío Eduard Bloch: “En mis cuarenta años de práctica médica nunca había visto un dolor tan desgarrador como el del joven Hitler”. Naturalmente, Adolfo Hitler tenía en ese momento diecinueve años y la fecha era el 23 de diciembre de 1908. Acababa de enterrar a su madre en el cementerio de Leonding.


Cartier intentaba culminar una obra de histora ayudándose con el amplio bagaje del periodismo. Se le había proporcionado la documentación que provenía de multitud de fuentes en gran número de países, especialmente de archivos privados y de colecciones de diarios y revistas del mundo entero. Flor de un día parecía una noticia en cualquier periódico del mundo, pero no era así. La noticia y sus variadas interpretaciones, las omisiones y deformaciones, así como las fidelidades a la verdad se entrecruzaban continuamente. El periodismo, a veces sin darse mucha cuenta, lleva consigo el peso enorme de una responsabilidad inmediata, asimismo proyectada hacia el futuro. El pasado se va reconstruyendo pieza a pieza por el historiador que puede ir hasta el escondite de los archivos secretos cuyo sello en silencio el tiempo desvela y hasta hace poco consultaba esas hemerotecas quizá ya polvorientas y hoy sustituidas por bancos de imágenes.
Cartier, como tantos otros grandes periodistas, entregaba en aquel libro su gran caudal de amplios estudios y lo hacía con la minuciosidad y el rigor que une al periodismo con la Historia, reflejada en una de sus frases: “Nunca he tenido otra profesión que la de periodista”. Y sin embargo era con esa profesión cuando cruzaba el umbral del historiador.


(Imágenes- 1- webdeapplecom 2- Stuart Davis- 1924 -artnet/3- Alain Pontecorvo)

ANTONIO MACHADO, A LOS 80 AÑOS DE SU MUERTE




“… Visto desde nosotros, observado a nuestra luz medio falsa – escribía de Machado Juan Ramón en “Españoles de tres mundos” – , era corpulento, un corpachón naturalmente terroso, algo de grueso tocón acabado de sacar; y vestía su tamaño con unos ropones negros, ocres y pardos, que se correspondían a su manera extravagante de muerto vivo, saqué nuevo quizás, comprado de prisa por los toledos, pantalón perdido y abrigo de dos fríos, deshecho todo, equivocado en apariencia; y se cubría con un chapeo de alas desflecadas y caídas, de una época cualquiera, que la muerte vida equilibra modas y épocas. En vez de pasadores de bisutería llevaba en los puños del camisón unas cuerdecitas como larvas, y a la cintura, por correa, una cuerda de esparto, como un ermitaño de su clase. ¿Botones? ¿Para qué?  Costumbres todas lógicas de tronco afincado ya en cementerio.


(…) Y no hubiera sido posible una última muerte mejor para su extraña vida terrena española, tan mejor, que ya Antonio Machado, vivo para siempre en presencia invisible, no resucitará más en genio y figura. Murió del todo en figura , humilde, miserable, colectivamente, res mayor de un rebaño humano perseguido, echado de España, donde tenía  todo él, comoAntonio Machado, sus palomares, sus majadas de amor, por la puerta falsa. Pasó así los montes altos de la frontera helada, porque sus mejores amigos, los más pobres y más dignos, los pasaron así. Y si sigue bajo tierra con los enterrados allende su amor, es por gusto de estar con ellos, porque yo estoy seguro de que él, conocedor de los vericuetos estrechos de la muerte, ha podido pasar a España por el cielo de debajo de tierra.”


“(…) Y mire, él quería vivir – le decía Madame  Figueras a Joaquín Gómez Burón cuando éste la entrevistó para escribir su “Exilio y muerte de Antonio Machado” -: se le notaba, porque alegraba sus ojos cuando llegábamos a verlo y a interesarnos por ellos. Luego, al marcharnos, muy entrada la noche, el semblante se le ensombrecía, como si temiera que esa fuera la última vez que podría vernos. A su madre la trasladaron a otra habitación, poco después, para que no viera morir al hijo. A la pobre mujer, cuando preguntaba que dónde estaba “su Antonio”, le respondíamos que lo habían llevado a un sanatorio. ¡Qué hombre tan educado! Agradecía todo y sentía no poder correspondernos como hubiera querido. Merci, merci, decía continuamente, ante cualquier gesto amistoso o cualquier palabra de aliento. Le disgustaba no disponer de dinero para cubrir los gastos que estaba ocasionando el Hotel; sin embargo, aunque había traído mucho dinero, ¡mucho! – y me contaba este detalle abriendo los brazos y alzándolos sobre la mesa junto a la que estábamos conversando – era dinero de la República, y no valía nada. Parece mentira, pero ese hombre supo ganarse el afecto de todos los que le tratábamos. Y es que era muy bueno. Pregunte, pregunte usted a quien quiera y le dirá lo mismo, lo mismo que le estoy diciendo yo.”


(Imágenes -1- Antonio Machado con Margarita Xirgu en el Teatro Español el 26 de marzo de 1932/ 2-Antonio Machado – por Joaquin Sorolla- wikipedia/ 3- Soria – el semanal/ 4- Antonio Machado en los últimos días de su vida -Nueva tribuna)