EL SUR TAMBIÉN EXISTE







"Pero aquí abajo abajo,cerca de las raíces,es donde la memoria ningún recuerdo omite. Y hay quienes se desmueren y hay quienes se desviven y así entre todos logran lo que era un imposible. Que todo el mundo sepa que el Sur también existe" Mario Benedetti.


"Un escritor es algo extraño. Es una contradicción y también un sinsentido. Escribir es aullar sin ruido" M. Duras http://t.co/


jueves, 4 de diciembre de 2014

EL ETERNO RICTUS DEL AGUILA. CUENTO. AUTOR. ANA MARÍA MANCEDA MENCIÓN DE HONOR Y EDICIÓN EN ANTOLOGÍA 2004.BUENOS AIRES. ARGENTINA


                   



                   

 Hace mucho tiempo que Joaquín Ibañez no se sentía tan feliz. El Sol pretendía esconderse tras los cerros, pero los últimos rayos jugaban a iluminar, como si fueran teclas de un piano tocadas mágicamente,  la loma congelada de los bosques,  un ángulo del valle o el rostro de Joaquín reflejado en el espejo que había colgado del tronco, haciendo de pilar en la puerta de la casa. Su rostro curtido parecía sereno si no fuese por ese leve rictus que la nostalgia le había puesto como un sello entre la boca y la mejilla izquierda. ¿Sólo  la nostalgia? Ya habían pasado tres años, allí quedaron sus compañeros muertos, otros torturados, tenía la imagen del caos, pudo escaparse pero los fantasmas lo perseguían, para colmo de este lado de la Cordillera la cosa estaba densa  peligrosa, llegaban murmullos de terror desde la capital.                                                                                                                              
         La  jornada había sido espectacular, el aire frío vigorizaba, pero estaba el sol y le pagaron la quincena. Esa noche iba a salir, no ahorraría y aún más no leería a Neruda ni escucharía a Violeta Parra ni a Víctor Jara, solo se reiría, tomaría  pisco y sexo, sexo toda la noche. Siguió afeitándose, por un momento lo quiso dominar la angustia de la nostalgia cuando en el espejo quedó reflejado fugazmente la silueta de los cerros con sus bosques congelados y como siempre parecía que desplegaba sus alas de águila y cruzaba la Cordillera, sobrevolando su amada patria, engarzada entre la tierra y el mar.

         Bañado y perfumado, las once de la noche lo encontró  subiendo despaciosamente la cuesta que lo llevaría a La Casa De La Colina. Al cruzar el estrecho puente  se detuvo a mirar el arroyo que bajaba furioso desde lo alto, el deshielo y las lluvias habían producido su máximo nivel, pero aún así no desbordaba, como si manos invisibles guiaran su derrotero hacia el lago y luego hacia el océano. Por un instante pensó que jamás el hombre tendría esa libertad que tienen las aguas, esas mismas aguas que él estaba mirando pronto serían observadas por gente de su pueblo. Se dijo ¡Basta! Siguió su camino, un viejo Renault lo cruzó, se estremeció, era el cabo Gómez, esa mierda era infaltable en la casa de Doña Catarina de Ouro Preto , ma sí, lo ignoraría, esta era su noche, quería estar con Jacqueline, estar con ella era poseer el océano, oscuro, frío, tumultuoso, era embriagarse de algas y montar estrellas de mar, era conectarse con la inmensidad del desierto de hielos, con los volcanes siempre en acecho. Su piel era como la suya, hecha de tierra dolida, olor a copihue y sabor a soledad.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                             Doña Catarina siempre lo distinguía con Jacqueline, esa mujer parecía comprender todo, su mirada chispeaba de hondura y picardía, tenía un instinto casi animal para captar los deseos de sus clientes ¿ Qué vientos la habrían traído a la Patagonia?¿ No extrañaría su tierra cálida y alegre? Que misterioso era el destino de algunas personas. La última parte de la cuesta era brava pero ágil y con todo su cuerpo expectante no sentía la subida, ni bien llegara un pisco le haría reponerse del frío y el esfuerzo. Sonrió, esto no era nada al lado de su huida por la Cordillera, eso sí fue terrible, sin comida, alerta como animal perseguido por sus cazadores, el frío, la oscuridad de los bosques y la mente ocupada con un solo mandato, huir...  huir. Recordó cuando llegó a estas  tierras ¡Cuánto agradecimiento sentía por sus amigas que lo refugiaron en su hogar! Los días pasaron vertiginosos, cuando la cosa se fue calmando y se pudo organizar lo asechó la nostalgia, se le metió en las tripas y ahí quedó. Era como un parásito que le roía el alma, mañana y noche, mañana y noche, muchas veces sucumbía a su poder y lo alimentaba con poemas, canciones, recuerdos, otras lo quería ahogar con pisco, pero nada, solo quedaba su joven cuerpo achacado por la borrachera y la nostalgia seguía ahí, oprimiéndole el pecho.      

         Iba a ser un mes que no venía donde Catarina de Ouro Preto. Esas

Noches  eran como un reposo para los recuerdos, pareciera que lograba vencer por unas horas al monstruo que lo carcomía, quizás lo exorcizara   la nostalgia melodiosa de los tangos o las románticas canciones de Leonardo Fabio, ese sí que le gustaba.

         Al entrar el humo de los cigarrillos lo golpeó, cosa rara en él que las tenía todas, no le gustaba fumar. Entre la niebla se destacaba el decorado rojo y las lámparas adornadas con espejitos de colores que transmitían una luz macilenta pero suficiente como  para ver las muchachas con vestidos que de tanto en tanto destellaban algún brillito de dudosa calidad. El tocadiscos desgranaba la voz plañidera de Fabio que como un alegato al destino le decía a su amada que había sido suya en verano. Sentada en un sillón de raído terciopelo violeta, estaba Catarina de Ouro Preto que con un abanico ostentoso, disipaba el humo y el calor de su cara transmitido por el cercano hogar repleto de leña ardiente. El grueso maquillaje ocultaba su  tez morena, como si quisiera ocultar su mestizaje, pero su porte altivo, su rodete  sanguinolento y sus joyas baratas, producían lo que ella se proponía, impactar como lo que era,  la madama de La Casa De La Colina. Ni bien vio a Joaquín lo llamó con una seña cómplice. Quería a ese exiliado, se reconocía en él, excepto que la Doña disimulaba el rictus con el rojo de sus labios y el rubor en las mejillas carnosas. Joaquín se acercó y se sentó a su lado, pidió un pisco y se relajó. Catarina  charlaba sin cesar y sus ojos retintos titilaban de una cierta ternura alcohólica. Jacqueline ya vendría, estaba con un cliente. Algunas parejas salieron a bailar un tango, todo el espacio estaba envuelto de olor a sexo y desesperanza. Al rato la vio bajar por la estrecha escalera que llevaba hacia los cuartos. Estaba desaliñada y llorosa, Joaquín se levantó como un resorte y corrió hacia ella .-¿Qué té pasa?  Abrazó a la frágil joven.- No  te lo puedo contar Joaquín, ya pasará.- No vení, bailemos y  contame. Se metieron entre los otros bailarines, ella se sentía agobiada, él quería poseerla ahí mismo, había esperado tanto esos momentos, sus piernas se entrelazaban siguiendo el ritmo del tango, le acarició la cabeza mientras la miraba —Contame Jacqueline.                              —Ese animal...  es un castrado, necesita la violencia—dijo  sollozando.   De pronto se quedó atónita mirando hacia la escalera, Joaquín se volvió. El cabo Gómez los estaba observando, su rostro furioso mostraba las mejillas lastimadas y su mirada... esa mirada que él conocía. Todo ocurrió en un segundo, el brillo de la hoja del cuchillo buscó el tierno pecho de la joven y él se interpuso. Sintió un caliente y dulce flujo que salía de su vida y se sintió caer, como en cámara lenta. El silencio humano era total, solamente la voz del disco ignoraba el drama “Ya nunca me verás como me vieras, recostado en la vidriera... esperándote...” Los aterrados rostros de Jacqueline y Catarina de Ouro Preto parecían mirarlo desde un abismo oscuro, lejano, sin retorno. Joaquín Ibañez  tendido en el piso del prostíbulo creyó estar sonriendo, esa noche brillante de Agosto en la que etéreas plumas de nieve iban cubriendo finamente las calles y los techos del pueblo, espiadas por algunas estrellas rebeldes que parecían expulsar lágrimas de luz. Se vio elevar y volar como un águila allende la cordillera, deslizarse como planeando por la larga y estrecha lonja de su herida tierra, consolada por las aguas del mar. Creyó que sonreía, pero su boca era un rictus como si señalara un camino hacia la eterna libertad.

ACLARACION: Los personajes son el resultado de la imaginación del autor, cualquier coincidencia con personajes reales es producto de la casualidad

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