EL SUR TAMBIÉN EXISTE

Si fuesen míos los paños bordados de los cielos, tejidos con luz de oro y plata, los paños azules, sombríos y oscuros de la noche, la luz y el crepúsculo, los tendería a tus pies. Pero yo, siendo pobre, sólo tengo mis sueños. he esparcido mis sueños bajo tus pies. Camina suave porque pisas mis sueños. w.b. Yeats





"Pero aquí abajo abajo,cerca de las raíces,es donde la memoria ningún recuerdo omite. Y hay quienes se desmueren y hay quienes se desviven y así entre todos logran lo que era un imposible. Que todo el mundo sepa que el Sur también existe" Mario Benedetti.


"Un escritor es algo extraño. Es una contradicción y también un sinsentido. Escribir es aullar sin ruido" M. Duras http://t.co/


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miércoles, 19 de agosto de 2015

Las condiciones materiales Un libro de entrevistas con autores como Margo Glantz, Ricardo Piglia, Rodrigo Rey Rosa o Alan Pauls establece una radiografía de la literatura latinoamericana actual

Las condiciones materiales

Un libro de entrevistas con autores como Margo Glantz, Ricardo Piglia, Rodrigo Rey Rosa o Alan Pauls establece una radiografía de la literatura latinoamericana actual

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La escritora mexicana Margo Glantz / LUIS SEVILLANO
Mauro Libertella, hijo del también escritor argentino Héctor Libertella, es el autor de El estilo de los otros,un volumen que reúne conversaciones con escritores latinoamericanos en activo. Si analizamos el libro como un tribunal de tesis, podrían surgir algunos peros en cuanto a la selección de los autores con que se rellena la casilla de cada país; la ausencia de ciertos países —Colombia— o la inclusión tangencial de otros —Perú—; la horquilla cronológica en la que se mueven entrevistados cuyas fechas de nacimiento oscilan entre Margo Glanz (1930) y Zambra (1975). Pero selección implica amputación y el corte de Libertella aspira a funcionar como “cápsula de futuro”: las interacciones propician una lectura activa a la búsqueda de coincidencias que probablemente tienen que ver con el estado actual de la literatura latinoamericana. Surge una red de condiciones de producción del texto que deriva en temas recurrentes: lo autobiográfico ficcional; el interés por una literatura política más preocupada en transgredir los géneros que por las realidades; la tensión entre referencialidad y centralidad del lenguaje; las conexiones con televisión y cine —Gumucio, Bizzio, Lissardi, Fuguet, Villoro, Pauls…—; el binomio, incluyente o excluyente, entre teoría y creación; cosmopolitismo y poliglotismo, así como la vinculación de los escritores con espacios que no son su territorio natal — Tánger y Rey Rosa, Berlín y Villoro, Nueva York y Molloy—; la dificultad de los jóvenes de matar al padre, al referente literario y político, una actitud que explica el conservadurismo de alguna de estas voces y nos lleva a reformular el significado del progresismo. Las referencias a otros escritores dibujan un mapa de la literatura latinoamericana del siglo XX y de lo que va del XXI: desde la omnipresencia borgeana a Fogwill, Bolaño, Puig, Onetti, Poniatowska, Rivero, Conti, Levrero, Dalton, Lemebel, García Márquez…
El libro puede ser leído en dos niveles: el del conjunto trazado por Libertella y el del discurso de los entrevistados. En este segundo nivel, surge la discusión de cada lector con los autores: El estilo de los otrosfunciona como vademécum que ayuda a corroborar impresiones previas o a construir nuevos prejuicios que nos encastillen en la voluntad de no leer jamás a fulano o, al revés, que nos hagan sentir la compulsión de superar una laguna y leer ya a mengano. Desde un punto de vista metodológico, Libertella hace de la entrevista un género mutante que coloca a los entrevistados en cierta desigualdad de condiciones, pero que ameniza la lectura; algunas entrevistas son convencionales — Bellantin, Fabián Casas, Rey Rosa—, pero otras parten de un juego de transformación: el rastreo por los datos de Wikipedia con que se interroga a Gumucio; el cruce de correos electrónicos con Nettel; la desaparición de las preguntas que da lugar a una pieza compacta y autobiográfica de Juan Villoro; las palabras clave de un abecedario desordenado que Diamela Eltit rellena de contenido…
En El estilo de los otros se suscita la reflexión sobre hasta qué punto los escritores son texto, personaje; hasta qué punto los escritores sienten la necesidad —creativa y publicitaria— de articular un discurso sobre sus obras y sobre ellos mismos. Todos nos vemos cada vez más abocados a solapar la escritura con una divulgación de los libros que no siempre es didáctica, sino fundamentalmente comercial. Hablar de uno mismo es a la vez algo natural y completamente artificial. La urgencia por ser visibles y generar sucesivos simulacros del yo —la expresión es de Eltit— se relaciona con esa cultura del espectáculo, festivalera, que tan bien se describe en estas entrevistas. Cabría preguntarse si tiene interés lo que un escritor dice sobre sus textos o si eso solo forma parte de “la turistización de todas las experiencias humanas” a la que alude Pauls. Castellanos Moya resume la cuestión parafraseando a Naipaul: “El tipo que escribe los libros y el que está hablando aquí contigo son dos personas completamente diferentes”.
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El estilo de los otros está recorrido por la inexorabilidad pegajosa de lo autobiográfico en la literatura; por la cuestión de si es más importante el texto o la personalidad; si tanto el uno como la otra son síntesis significativas de un tiempo y un espacio; si la biografía de un autor “es un gran invento literario”, como posmodernamente señala Fuguet, o si, como apunta Eltit, “lo importante son los textos y no la presencia del autor”. Al final, Piglia pone el dedo en la llaga y da sentido al proyecto de Libertella: las condiciones materiales de la escritura, desde los oficios del escritor y el uso de los ordenadores hasta la ceguera de Borges, inciden en el modo de escribir. Las condiciones materiales son pertinentes para entender lo que el arte pueda tener de misterioso e intangible. No conviene separar texto y contexto, retórica e ideología. A partir de ahí todos aprendemos a leer. 
El estilo de los otros. Mauro Libertella. Universidad Diego Portales. Santiago de Chile, 2015. 340 páginas. 26 euros.
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miércoles, 3 de diciembre de 2014

Ricardo Piglia: “La literatura es el escudo de los tímidos”(BABELIA)

Ricardo Piglia: “La literatura es el escudo de los tímidos”

El autor de 'Plata quemada' publica su 'Antología personal', que incluye textos inéditos y que será presentada en la Feria de Guadalajara

Ricardo Piglia recuerda la lectura decisiva del primer libro de cuentos de Ernest Hemingway. / MARIANA ELIANO
El primer recuerdo de Ricardo Piglia (Adrogué, Buenos Aires, 1941) es el de su abuelo leyendo, y la imagen que él deja es también la de un hombre leyendo. Acodado en una silla, al aire libre, en Xalapa, México, hace años, este hombre, uno de los más importantes escritores vivos de Argentina (y de la lengua española), hablaba sobre Jorge Luis Borges ante un auditorio fascinado, como si de pronto de las palabras de Piglia fuera a hacerse presente el famoso ciego de Maipú.
Esa magia de lector está también en su escritura, que es, por otra parte, la de un narrador leyendo. Y esa fascinación por la palabra, que traslada en los libros y en persona, como autor y como profesor, proviene de ahí, de esa primera imagen, “mi abuelo leyendo, la sensación de asombro que me provocaba ver a un hombre tan abstraído en la biblioteca… Había muerto su mujer y el abuelo vivía con nosotros en esa época”.
El calendario del abuelo estaba fijo en el día de esa muerte, 25 de agosto de 1943. “Yo tenía tres años. Estoy mirando y no sé muy bien qué hacer porque él está como ausente. Luego hay un corte. Yo me subo a una silla, bajo un libro azul de la estantería y me siento en el umbral de mi casa, es una calle muy tranquila cerca de la estación. Cada media hora pasaba la gente que llegaba en tren desde la capital y yo me siento ahí para hacerme ver leyendo. Algo que he hecho toda la vida: hacerme ver leyendo. Veo una sombra que me dice que tengo el libro al revés. ¡Debe haber sido Borges, ja ja!, ¡a qué otro se le puede ocurrir tener esa precisión pedagógica! Un día le pregunté a mi padre cuál podría ser ese libro y mi padre, que era muy irónico, me dijo: ‘Sería el libro azul del peronismo’, ¡ja ja ja!”.
La infancia, en todo caso, “hizo de mí el escritor que soy, muy interesado en los libros… A veces me recuerdo con un libro, regalado o comprado, tengo la sensación de que fue importante, pero no recuerdo el contenido: como si la imagen del libro fuera lo fundamental”. No fue la infancia de un lector, pues, la de Ricardo Piglia, sino “la de un niño que jugaba al billar y al fútbol” que aprendió a leer deletreando el nombre de la casa de los abuelos. La madre le enseñó esas letras.

Bibliografía

Jaulario (1967). La edición cubana de este primer libro de relatos fue reeditada, corregida y ampliada bajo el título La invasión ese mismo año (1967). Cuatro décadas después, La invasión (2007) fue corregida de nuevo y reeditada por Anagrama.
Respiración artificial (1980) fue su primera novela, marcó un antes y un después, y descubrió su peculiar mente y su pluma. Su protagonista, Emilio Renzi, reaparece en las cuatro nouvelles de Prisión perpetua(Sudamericana, 1988). Más de una década después llegó el éxito de Plata quemada(Planeta, 1997), y más recientemente,Blanco nocturno (Anagrama, 2010) y El camino de Ida (Anagrama, 2013).
Crítica y ficción (Anagrama, 2001) amplía la primera edición sumando a los ensayos charlas y entrevistas.
La crónica escrita por Ricardo Piglia sobre la muerte de la madre forma parte de los textos que lloran solos: “Llevaba un vestido azul, su imagen en el recuerdo es más nítida que la luz de esta lámpara, siempre estaba alegre. Al final, entre leves delirios, preguntó: ‘¿Qué dice usted?’, y sonrió antes de morir. Yo no estaba ahí, ¡oh, madre!”…
“Yo no estaba ahí… Estaba en Princeton, no me daba tiempo a llegar, me contaron lo que había pasado. Tenía 92 años, murió lúcida. Para mí fue triste, siempre lo es no estar en el entierro de tus padres porque es como que no mueren; por eso me sucede que siempre viene esa sensación de que tengo que llamarla… Con mi padre estuve el último mes de su vida, falleció a los 75 años, en 1990. Los padres son destinatarios de lo que hacemos, diría que en un sentido muy secreto, como figuras que luego se reproducen en amigos y enemigos. ¡Y yo me he peleado mucho con ellos!”.
El padre, médico, fue peronista, “y yo mismo lo fui, de niño: era una manera de ser argentino, no era nada que se pudiera elegir… A mi padre venían a verlo sus amigos con unos grabadores que tenían la voz de Juan Domingo Perón. Una voz totalmente abstracta, que venía de Madrid, enviada por Perón desde su retiro. Como tardaban en llegar las cintas, en ellas Perón no podía decir nada concreto sobre lo que estuviera pasando… Hay algo de espiritista en el peronismo: siempre hay una voz que viene desde algún lado remoto”.
Cuando dejó la casa, a los 23 años, para irse a estudiar a Buenos Aires, Ricardo cenó con los padres, “y la madre estuvo llorando hasta la salida del tren: se iba el hijo”. Los dos le dieron lo que es: literatura y narración. “La literatura me la dio mi padre, lector como su padre. Y mi madre me dio la narración. La familia de mi madre era muy grande: tenía al que se había ido a África, el estafador, el borracho, el más simpático, la que estaba loca… Había todo un repertorio de historias de personajes que después yo encontraba en otros sitios. Y mi madre tenía una cualidad que siempre he valorado y que creo que es su gran lección: nunca juzgaba a nadie, ¡los consideraba parientes! Si había una asesina en serie, mi madre decía: ‘Bueno, siempre fue un poco nerviosa’… Como si fueran parientes. Un día me dijo: ‘¡Mira, en la Biblia todos eran parientes!’. Me sirvió mucho para adoptar el punto de vista del narrador; trabajar con los personajes como si fueran parientes”.
En todas sus novelas alguien acecha, como acechan los niños. “Quizá eso sea también la mirada del niño, la mirada que yo tenía cuando escuchaba aquellas historias. Me entusiasma contar historias que vayan más allá de la experiencia de mis lectores. Y he intentado hacerlo. Me gustan las historias muy cotidianas. Mi pulsión narrativa, lo que hace que me entusiasme y escriba una novela viene de ahí, de lo que sentía escuchando contar a mi madre. Siempre tiene que haber un personaje que esté haciendo cosas que se escapan un poco a mi propio registro”. Ese es el registro “en el que yo imagino que se mueven los lectores que lo conocen”.
"A medida que vas escribiendo un diario te das cuenta de que las grandes decisiones las tomas sin darte cuenta"
Y el ejemplo máximo, cree él, esPlata quemada: “Ahí me manejo con personajes muy alejados de mí; el reto es imaginar cómo piensan y cómo sienten. Me parece que tiene algo que ver con estas mitologías familiares. Nuestros abuelos eran más épicos que nosotros: agarraban un barco, se iban a cualquier parte; nosotros nos desesperamos si no nos vienen a buscar a los aeropuertos… Fíjate, es algo que admiro mucho: agarraban a su familia y se iban a un lugar desconocido. Por eso creo que las historias de la familia son un repertorio heroico”.
Así que ese es el poso de la literatura. ¿Y cuándo ellos se van? “Tuve una crisis seria cuando murió mi padre; tenía 50 años y me costó mucho recuperarme. Creo que por eso me divorcié de mi tercera mujer…, ese tipo de crisis que nunca acabas de entender cómo vienen. La muerte aparece, viví la experiencia de estar mientras él moría y fue algo durísimo. No tenía ninguna esperanza; sabía que no había solución médica, él además era médico. Fue un golpe muy duro que tardó tiempo en desvanecerse… En el caso de mi madre la ausencia es nostalgia… El camino de Ida a lo mejor la retrata de joven… A veces imagino lo que puede ser perderlos cuando se es muy chico; debe ser una experiencia durísima y rarísima. Mi padre, que era muy lúcido, se resistió mucho a mi tendencia a estudiar literatura. Mi madre, en cambio, tendía a justificar todo lo que se moviera en su ámbito”.
Hubo, claro, lecturas decisivas. Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, por supuesto. “Pero una de las lecturas que recuerdo como muy decisivas es el primer libro de cuentos de Ernest Hemingway, el maestro de la elipsis, donde los sentimientos, aunque van por abajo, son fortísimos. Precisamente por eso no se habla de ello nunca directamente… No digo que esos relatos hayan constituido mi modo de ser, para nada, pero sí encontré algo que yo quería hacer y no sabía cómo”.
En ese lado de la vida es cuando se le recuerda a Ricardo Piglia su carácter reservado: como si el niño que lo mira ahí se hiciera tímido. “Es como si la reserva fuera el escudo de los corazones demasiado sensibles, una manera de preservar ciertas marcas que son muy fuertes. Tengo pasión por la amistad, he tenido muchos amigos a lo largo de la vida, con los que he mantenido relaciones muy intensas. Pero siempre han sido relaciones que han estado definidas por esa incapacidad o por el estilo de no hacer visible lo que estaba pasando. O hablar de ello, pero de una manera desplazada. Y lo mismo pasa con las mujeres”.
—¿Hubo alguna situación en la infancia o en la adolescencia que acentuó esa reserva?
"Mi pulsión narrativa, lo que hace que me entusiasme y escriba una novela viene de lo que sentía escuchando contar a mi madre"
—Creo que para muchos la literatura fue el escudo de los tímidos y de los que teníamos tendencia a cierto retraimiento. Es un refugio, un modo de encontrar un lugar que ya tiene socialmente su legitimidad… Es un elemento muy íntimo de mi manera de ser: cierta reserva respecto a ser explícito con los sentimientos… He sido alguien que, junto a esos momentos más decisivos, he tenido una vida social activa, como estudiante, como escritor… He estado en la vida pública con fluidez, pero siempre había detrás como un secreto. Las horas de soledad, la lectura, después del ajetreo, son de gran felicidad.
Piglia el lector. Cuenta una anécdota. “Es la adolescencia. Cortejo a una muchacha bellísima. Ella me pregunta: ‘¿Qué has estado leyendo?’. Le digo que La peste, de Camus. Me la pide. Entonces la arrugo, para que parezca leída, y se la llevo. A partir de ahí empecé a leer sin parar”.
Ese lector está en El último lector; y como en todas partes, pero sobre todo en sus diarios (que aquí pudieron leer los que leen Babelia), hay confesiones espeluznantes, como si el Piglia privado se desnudara al completo. Es cuando anuncia que se va a suicidar en tal fecha concreta. “Puse una fecha: me voy a matar tal día, sería un momento ridículo, por una muchacha que no me quiso, por una pavada así. Debía de tener treinta años y me di cinco años de plazo… Incluso me subí a la terraza para comprobar si desde allí podía hacerlo. Ese día pasó, y aquí me ves, ja ja ja”.
—¿Era tristeza?
—Sí, creo que el fracaso siempre fue una sensación muy fuerte para mí como probabilidad… Consiste en no poder organizar el deseo, la sensación de que hay algo que quieres y no puedes hacer… Hay mucho de eso. Es muy fuerte en mí la idea de cambiar de vida, que también es una metáfora. ¡Como si pudieras decidir! Creo que también es la fantasía por la que se escribe un diario: la idea de que vas a decidir siempre. A medida que vas escribiendo un diario te das cuenta de que las grandes decisiones las tomas sin darte cuenta.
—En sus diarios hay una entrada del 3 de marzo de 1957: “Todo lo que hago parece que lo hago por última vez”. ¿Sigue teniendo esa sensación?
—No. Estaba muy ligado al hecho de que yo sentía que iba a ese club por última vez, que iba a comprar pan a esa panadería por última vez…, esa es la sensación que confluye en esa frase, que los lugares que yo amaba de chico los estaba recorriendo por última vez. La sensación de que lo que hago se está yendo de ese lugar y me estoy despidiendo.
Con la realidad, dice, “siempre me he llevado mal”, y la literatura lo defiende contra lo real, para recuperar quizá la mirada del niño que quería leer como el abuelo, aunque el libro se le pusiera del revés.

Una luminosidad inesperada

La Antología personal de Ricardo Piglia acaba de salir en América, publicada por el Fondo de Cultura Económica. El próximo mes de enero la publica en España Anagrama, donde está prácticamente toda su obra. En la FIL de Guadalajara la presentarán, el 3 de diciembre, Juan Villoro, Martín Caparrós y Martín Kohan. “Elegí los textos del volumen”, dice Piglia, “pensando que el conjunto tenía cierta unidad y que los relatos y los ensayos adquirían así nuevos sentidos; no importa si ese objetivo se cumple, lo importante es que buscando las correspondencias entre prosa escrita a lo largo de 50 años, volvían a tener una luminosidad inesperada”.
En el volumen, que recoge, por tanto, medio siglo de producción reelegida por Piglia, hay 10 textos inéditos, entre relatos y ensayos; el propio Piglia nos hizo llegar algunos fragmentos del borrador del prólogo, en el que se aprecia, como siempre en su obra, su capacidad para hacer que la vida y la literatura vivan su abierta correspondencia, su disponibilidad para contar heridas y para cauterizarlas gracias a la capacidad poética que tienen la esperanza y la lectura. Estos son dos de los fragmentos. 
La densidad hermética de la vida. “Elegí una serie de cuentos, ensayos y fragmentos de mi diario personal, no porque esos textos me parecieran sencillamente los mejores, sino porque, unidos, dibujan una forma inicial siempre incierta e incomprensible que guía implícitamente la obra de un autor desde el principio. Creo que ese resplandor define la silueta esquiva que unifica una serie de prosas que —leídas en cierto orden— producen un efecto nuevo, y eso sería lo personal de una antología. En este libro he tratado de plantearme ese problema y el volumen reúne una serie de textos ligados entre sí —de un modo tangencial— a esa cuestión. La heterogeneidad, el cambio de registro, los distintos estilos son para mí un primer dato que identifica a las historias personales. En definitiva, se parecen a los relatos que todos nos contamos para darle sentido —y cierta unidad— a la experiencia vivida. No pueden ser domesticados por una forma fija que los homogeneice, porque se mueven y mutan en especies y modos distintos: solo se unifican porque quien los narra —en secreto, en las noches de insomnio, en los viajes solitarios, en los pensamientos todavía no pensados— es también quien los recibe (Sherezade y el califa son aquí la misma persona). Qué hubiera pasado si aquella vez…es uno de sus íncipit básicos. Su forma verbal es el potencial: lo posible, lo que no fue pero pudo haber sido y está siempre presente. Esas historias son relatos privados de los que la literatura se ha hecho cargo desde su origen: tejidos con leyendas familiares, mitos, conversaciones, frases oídas al azar, historias de otros y recuerdos alterados fluyen como un río, y sus aguas arrastran imágenes, voces, espectros, noticias, hechos, ideas fijas que retornan y retornan como si fueran únicas o fueran los únicos pensamientos propios. Las antologías personales están hechas de esos materiales múltiples e inciertos y se parecen a otras historias ya contadas, salvo que en este caso imaginamos que son nuestras y que su densidad hermética es la de nuestra propia vida”.
La estructura secreta. “En este libro he elegido textos escritos en distintos momentos que elaboran y registran imaginariamente experiencias vividas y no vividas: son ficciones, ensayos, notas autobiográficas, cuentos, intervenciones públicas y fragmentos del diario que “llevo” —como se dice— desde hace décadas. Lo he dividido en cuatro secciones que no siguen un orden cronológico, he buscado —no sé si con éxito— que el conjunto tuviera cierta estructura secreta a la manera —para recordar el cine y su arte del montaje— del rompecabezas que la mujer de Kane (en el filme de Orson Welles) arma y desarma, tirada en el piso ajedrezado de un enorme cuarto solitario en el palacio de Xanadu, buscando hacer coincidir las piezas individuales con una forma inicial que ya existía antes de empezar. Como hacen los poetas en esos libros antológicos que cambian con el tiempo y se escriben a lo largo de una vida (Life Studies, de Robert Lowell, o Poesía vertical, de Roberto Juarroz, o los Poemas de amor, de Idea Vilarino, o Antes o después, de José Emilio Pacheco, para nombrar algunos de los que admiro), esa forma inicial —que se busca— es en realidad lo verdaderamente personal de la literatura. Acaso esa sea la estructura secreta de este volumen, ya que el libro me representa más fielmente que ningún otro que haya publicado”.