EL SUR TAMBIÉN EXISTE

Si fuesen míos los paños bordados de los cielos, tejidos con luz de oro y plata, los paños azules, sombríos y oscuros de la noche, la luz y el crepúsculo, los tendería a tus pies. Pero yo, siendo pobre, sólo tengo mis sueños. he esparcido mis sueños bajo tus pies. Camina suave porque pisas mis sueños. w.b. Yeats





"Pero aquí abajo abajo,cerca de las raíces,es donde la memoria ningún recuerdo omite. Y hay quienes se desmueren y hay quienes se desviven y así entre todos logran lo que era un imposible. Que todo el mundo sepa que el Sur también existe" Mario Benedetti.


"Un escritor es algo extraño. Es una contradicción y también un sinsentido. Escribir es aullar sin ruido" M. Duras http://t.co/


domingo, 20 de octubre de 2019

La literatura del siglo XXI revisa las maneras y las voces para contar la maternidad


La literatura del siglo XXI revisa las maneras y las voces para contar la maternidad( LA NACIÓN)

Crédito: Ariel Escalante
Escritoras argentinas y extranjeras presentan madres alejadas de la visión idílica y los mandatos
Marcela Ayora SEGUIR
20 de octubre de 2019  
La madre es, desde siempre, tema en la literatura. De acuerdo a cómo se la construye -desde dónde se la mira-, esa figura cambia. Con el Día de la Madre como excusa, se abre el espacio literario para pensar desde qué lugar y de qué manera se pone la lupa de la ficción para revisar modelos que parecieran no adaptarse a la horma de la contemporaneidad. ¿Qué traen las escritoras que escriben sobre el tema?
La francesa Amèlie Nothomb escribió más de veinte títulos, todos de reconocida densidad. Pero Golpéate el corazón (Anagrama) es una de sus apuestas más altas: una novela sobre madres e hijas. Mejor dicho, sobre lo que se despierta en unas a partir de las otras. Historia sobre el deseo, el propio cuerpo, y el cuerpo y el tiempo al servicio de otro: una hija. Eso le sucede a Marie, la joven bella que sabe lo que genera, especialmente en el hombre más guapo. Con él se casará, embarazada, y eso cortará sus sueños. Nace Diane y despierta en Marie una distancia tejida desde los celos que pone sobre la tela de los vínculos emociones impensadas, pero son lo que son. Así lo cuenta Nothomb: "A sus once años, Diane sintió que todo su universo se venía abajo. Hasta entonces, si había resistido era porque creía que su madre no era consciente de su sufrimiento. Y ahora descubría que, según su madre, ella era la culpable de la ausencia de ternura con la que se la trataba".
También francesa, Julia Deck vino a la Argentina el mes pasado a presentar su novela Viviane Élisabeth Fauville (Eterna Cadencia). Es la historia de una mujer de 42 años a la que su marido abandona luego del nacimiento de su hija; separada, se muda, prolonga su licencia por maternidad y mata a su psicoanalista. Deck, invitada en el marco del Filba, compartió junto a la escritora Margarita García Robayo y la periodista y socióloga Eugenia Zicavo la mesa que llevó por título "Madres hay millones: ¿qué configuraciones literarias circulan hoy en la construcción de personajes-madres?". Contestar eso produjo pausas, risas -de las que se festejan y de las incómodas- y también abrió nuevas preguntas . Dijo Deck: "Desde chica me fascinaron los personajes de las malas madres. Las madrastras, por ejemplo, tenían más estilo que las heroínas llenas de buenas intenciones". "Hay pocos textos felices sobre la maternidad -resalta Deck-. En Francia, todavía vivimos en un discurso muy pesado para las mujeres".
Otra propuesta se instaló: ¿qué pasa cuando no hay deseo de ser madre? García Robayo, que presentó hace poco su último libro, Primera persona (Marea), trazó una analogía entre el pico más alto de la tierra y la maternidad. "Podés escalar el Himalaya, sí, pero es como si de esa experiencia uno se quedara solo con el vértigo. Si lo que más abunda es el padecimiento por la maternidad, eso me empieza a parecer insuficiente para contar una experiencia que es tan trascendental como escalar el Himalaya".
La maternidad tiene algo de lo irreversible. Así se puede ver en Matate, amor (Mar Dulce), de Ariana Harwicz, la autora argentina que vive hace una década en Francia. Es la historia de un amor, como diría el bolero; pero de idílico, nada. Una universitaria arma su vida familiar y materna en medio del bosque. Un vacío cultural que la perturba hasta volverla a costados primitivos, modos de escape a esa rutina de la que no puede salir.
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En ese sustantivo, madre, pueden entrar desde el superyó del mandato hasta el deseo más líquido del dejarlo ser. En su segunda novela, Fugaz (Tusquets)Leila Sucari trabajó a su personaje en esa oscilación. Una mujer joven que está sola en la vida. Es muy sexual, disfruta de su cuerpo, el de los otros. Queda embarazada y su hijo se convierte en alguien a quien amar, cuidar y es también objeto de todas sus dudas. Sobre el libro, Sucari dice: "Quise correr la maternidad de lo abnegado. Esta es una madre que no anula sus impulsos. Con la maternidad se nos pide todo en su justa medida, como si se disciplinara el deseo. Trabajé con los desbordes, esa cosa de hasta dónde termina uno y empieza el otro". Sucari, que también es madre, pensó en su propia experiencia para algunas cuestiones de la novela. "Para mí la maternidad fue tan fuerte que me hizo pensar mucho. El tema de las culpas, los miedos, todo eso que se dice como en un susurro es lo que pasa de verdad."
Una casa llena de gente(Cía. Naviera Ilimitada), de Mariana Sández, tiene como centro la historia entre una madre y su hija. Contada desde este lugar: la infancia de la niña, Charo, con su familia. Luego, cuando la hija tiene 25 años, la madre muere y le deja todos sus diarios para que, a través de ellos, la hija construya ese vínculo. La historia de la infancia sucede en un gran edificio, hay cruces con otras familias, vecinos: una paleta de formas de maternidad y paternidad. "El entretejido de miradas muestra el modo en que se va construyendo una personalidad -dice Sández-. Cuánto somos lo que queremos o debemos ser, cómo terminamos ocupando ciertos roles para compensar los modelos de los demás".

sábado, 19 de octubre de 2019

Premios Princesa de Asturias 2019 Siri Hustvedt dedica su Princesa de las Letras a "las niñas que leen, piensan, imaginan" y "se niegan a estar calladas"



Premios Princesa de Asturias 2019

Siri Hustvedt dedica su Princesa de las Letras a "las niñas que leen, piensan, imaginan" y "se niegan a estar calladas"


· La escritora defiende en su discurso el estudio de las humanidades y la ciencia

· Lee el discurso íntegro en pdf.

· Especial Premios Princesa de Asturias 2019

18.10.2019 | actualización 10:29 horas



PorESTEBAN RAMÓN

11.29 min

Discurso de Siri Hustvedt, Premio Princesa de Asturias de las Letras

Siri Hustvedt, Princesa de las Letras 2019, fue una niña que se “maravillaba ante las cosas corrientes” y que aprendió pronto “las reglas de la vida” que, formuladas como una pregunta, suenan así: “¿Por qué los niños podían dar brincos cuando ganaban un concurso de caligrafía y a las niñas no se nos dejaba ni sonreír, y menos aún levantar los brazos en el aire?”.

La escritora, una de las principales ensayistas feministas de la actualidad, ha trazado una defensa de la igualdad y suma de humanidades y ciencias en su discurso en el Teatro Campoamor de Oviedo durante la entrega de los Premios Princesa de Asturias.

Hustvedt ha recordado que de niña “leía sobre reyes, reinas y magia”, pero también de “cautiverio, racismo, miedo a los desconocidos y niñas a las que se les castigaba por no querer ser modosas y estar calladas”

Un recuerdo con el que ha reflexionado sobre la importancia de la cultura. Los libros se encarnan. Las palabras se entretejen con nuestro cerebro y nuestras vísceras, nuestros gestos y nuestros sentimientos. Nos cambian. Los libros y las ideas pueden ser peligrosos, pueden enfermarnos o enloquecernos, y pueden proporcionar formas de salvación, una vía de escape del dolor.

La defensa de las dos culturas

Hustvedt, cercana al psicoanálisis y la neurociencia, ha meditado sobre la eterna muralla que separa humanidades y ciencia, y también sobre la creciente especialización contemporánea.



“Vivimos en un mundo en el que cada vez la gente sabe más sobre menos cosas. El conocimiento especializado ha dado lugar a grandes avances técnicos, medicamentos potentes, teorías complejas sobre el lenguaje y la cultura, y obras de arte impresionantes”, ha dicho. “También ha llevado a callejones sin salida en varias disciplinas y a fantasías de que una idea es novedosa cuando no lo es”.

Tras enumerar que su conocimiento viene de la literatura, filosofía, historia y mucha ciencia (neurología, psiquiatría, neurociencia, genética, embriología), ha identificado los “problemas que suscita un enfoque demasiado restringido”. Algo que, en su opinión, afecta tanto “al estudioso de humanidades que nunca se ha molestado en pensar en músculos, huesos, tejidos y células como para el científico que sólo piensa en neuronas”.

Para finalizar, ha enlazado la niña que fue con las niñas del futuro. “A mi yo adulto no le cuesta imaginar un mundo en el que las ideas circulan libremente entre disciplinas sin una jerarquía discriminatoria, un mundo donde las niñas pueden alardear tanto como los niños y éstos no les tienen miedo, un mundo en el que se han disuelto las viejas fronteras. Este premio llega de la mano de una niña, una princesa. Me gustaría que fuera para todas las niñas que leen muchos libros sobre un sinfín de temas, que piensan, preguntan, dudan, imaginan y se niegan a estar calladas”. 




Siri Hustvedt
Biografía

DescripciónSiri Hustvedt es una novelista, ensayista y poeta feminista​ estadounidense de padres noruegos. Wikipedia

Fecha de nacimiento: 19 de febrero de 1955 (edad 64 años), Northfield, Minnesota, Estados Unidos
Cónyuge: Paul Auster (m. 1982)
Educada en: St. Olaf College; Universidad de Columbia (Ph.D.)
Películas: El centro del mundo, Of Woman and Magic
Premios: Premio Princesa de Asturias de las Letras
Hijos: Sophie Auster

martes, 15 de octubre de 2019

Olga Tokarczuk, la imaginación al servicio de un mundo

Olga Tokarczuk, la imaginación al servicio de un mundo mejor

La escritora, Premio Nobel de Literatura 2018, reivindica una literatura de ficción que bebe de las fuentes de la imaginación, sin dejar de estar totalmente inmersa en los problemas de su tiempo y comprometida en luchar por un mundo mejor
Foto: Jacek Kołodziejski
Foto: Jacek Kołodziejski
Casi una veintena de libros, diecinueve para ser exactos, son los que han hecho que la escritora polaca Olga Tokarczuk se hiciera merecedora del Nobel de Literatura de 2018. Diecinueve libros y treinta años de escritura.
La autora, nacida en 1962, se iniciaría en los lances de la literatura con pequeños relatos en revistas literarias ya en 1979, si bien su primer libro, en 1989, sería un libro de poemas –La ciudad en los espejos– que acompañaba una revista literaria. ¿Por qué será que no sorprende que un autor polaco se adentre en la literatura precisamente a través de la poesía? Cuatro años más tarde publicaría su primera obra en prosa, pero no sería hasta la publicación en 1996 de Un lugar llamado Antaño, su cuarto libro, cuando se convertiría en una escritora de referencia, y también de culto, en las letras polacas. Esa obra, la primera traducida al español, publicada en la editorial Lumen y traducida por Esther Rabasco y Bogumila Wyrzykowska (en 2001 aparecería la traducción al catalán de Anna Rubió y Jerzy Slawomiski en Edicions Proa), habría de permitir entrever al lector en nuestra lengua algunos de los rasgos fundamentales de la escritura de Tokarczuk, entre los que destacarán el cuidado del lenguaje, el intento de forzar los límites de la propia lengua, la construcción de mundos entre realidad y ficción –que permitirán verla como representante de lo que podríamos denominar un “realismo mágico” centroeuropeo, eslavo– y que se irán conformando a partir de formas menores entrelazadas, entretejidas, y reunidas y agrupadas en un todo mayor, que será siempre el libro final que llegue al lector.
De ese interés por la forma corta, por el relato, en el marco de una literatura como la polaca que parece haber ido perdiendo el aprecio por un género al que se diría que ha dado la espalda y en el que cuenta, sin embargo, con grandes maestros, darán explícitamente fe en el caso de Tokarczuk varios de sus libros posteriores [El armario (1997), Música en varios tambores (2001), Últimas historias (2004), Cuentos extraños (2018)]. Digo explícitamente, porque como he mencionado muchas de sus otras obras pueden ser vistas también como un conjunto de relatos que acaban formando un todo.
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En 2007 publicaría una de las obras que más satisfacciones le han supuesto y probablemente con una gran importancia para la obtención del galardón que acaba de recibir. Los errantes, de próxima aparición en España –tanto en español (editorial Anagrama y traducción de Agata Orzeszek), como en catalán (editorial Rata y traducción de Xavier Farré)- le supondría, tras su traducción al inglés, la obtención del Booker 2018, obra en la que el concepto del viaje, el viaje como tal se convierte en el protagonista real de la novela, construida, una vez más con “formas cortas”, pequeños relatos, fragmentos de conversaciones, historias a medio contar, etc., etc.
La segunda novela conocida por el lector en español, Sobre los huesos de los muertos, publicada en Polonia en 2009, es presentada por muchos como una novela negra con una marcada defensa de la ecología, de respeto del medio ambiente, del feminismo, y una crítica del antropocentrismo, del patriarcado, una vez más podría ser vista como una serie de relatos concatenados que en esta ocasión nos remitirían  a la propia estructura del género gracias a los diferentes crímenes y a las diferentes ramificaciones en los que nos vamos adentrando de la mano de los distintos personajes. Esa edición en español, que apareció en 2015 en México (editorial Océano, traducción de Abel Murcia) se reeditaría en 2016 en la editorial Siruela en España. La versión inglesa de la obra vuelve a ser candidata al Booker de este año y la adaptación cinematográfica de la misma le valió a su directora, Agnieszka Holland, el Oso de Plata en la Berlinale de 2017.
En 2014, Tokarczuk publicaría Los libros de Jacob, una obra monumental de más de 900 páginas en torno a la figura de Jakub Frank, mesías judío de las tierras del este de la Polonia del siglo XVIII en la que recrearía el ambiente de aquella época.
En unos tiempos en los que el panorama editorial polaco –tanto de obras originales como de obras traducidas– parece girar en torno a tres grandes ejes, la novela histórica, el best-seller y la literatura non-fiction, heredera esta última, de manera directa o indirecta de la obra del mayor representante del género en Polonia, Ryszard Kapuscinski, Olga Tokarczuk sigue reivindicando con su quehacer literario una literatura de ficción que bebe directamente de las fuentes de la imaginación y que no tiene otros límites que la propia imaginación, sin dejar por ello, eso sí, de estar totalmente inmersa en los problemas de los tiempos en los que le ha tocado vivir y comprometida en luchar por un mundo mejor.
Quizá por eso, por esa forma de construir sus novelas, de organizarlas, no puedo de dejar de pensar en El Quijote y en Cervantes como uno de los posibles referentes de la autora polaca.
Olga Tokarczuk, que huye de falsas modestias, declaraba ayer desde Alemania, desde Bielefeld, ciudad en la que se encontraba para asistir a un encuentro con sus lectores, que se sabía una buena escritora, pero que estaba lejos de imaginar poder llegar a recibir un premio como el Nobel. Pasaba a compartir así la sorpresa que manifestara esa otra Nobel polaca de literatura, Wislawa Szymborska, en 1996, y se convertía en el quinto premio Nobel de literatura para un autor polaco y en la decimoquinta mujer en recibirlo.  
Criticada en su país por algunos de los sectores más conservadores, que parecen defender un uso utilitario de la literatura y que parecen concebirla únicamente como fuente posible de exaltación nacional, por lo que no ven con buenos ojos aproximaciones críticas a diferentes aspectos de la historia o de la realidad polacas, que solo sirven, en su opinión, para forjar una imagen negativa de Polonia, el Nobel de Tokarczuk ha sido acogido por la mayoría  de los lectores polacos -no en vano es una de la escritoras más leídas- con extrema alegría. Al mundo hispanohablante le toca ahora encontrar –en nuevas traducciones, en nuevos libros- la forma de compartir esa alegría.

El poema de Peter Handke, Nobel de Literatura 2019, que recitó Bruno Ganz en el cine. Cuando el niño era niño

El poema de Peter Handke, Nobel de Literatura 2019, que recitó Bruno Ganz en el cine. Cuando el niño era niño.

El austriaco Peter Handke, Premio Nobel de Literatura 2019, ha dejado su huella en la cultura popular como uno de los guionistas de la película de Wim Wenders El cielo sobre Berlín (1987), también conocida como Las alas del deseo.
En ella, dos ángeles observan la deriva que ha tomado el mundo desde el cielo de una ciudad dividida como el Berlín de posguerra, mientras velan por el lugar y por sus habitantes. Solo son visibles para los niños y los adultos de corazón puro.
Uno de los recursos narrativos más recordados de la película, el que marca su ritmo, es el poema escrito por el propio Handke para este proyecto. El ángel Damiel interpretado por Bruno Ganz lo recita en varios momentos de la cinta: La canción de la infancia (Lied vom Kindsein).
Damiel, cansado de observar en la distancia, desea ser humano tras enamorarse de una de las mujeres a su cargo. La nostalgia por los deseos y sentimientos infantiles que a menudo olvidan los adultos es uno de los temas que tratan la película de Wenders y el texto de Handke. Cineasta y escritor han colaborado juntos en varios filmes a lo largo de su carrera.
AQUÍ PUEDES LEER EL POEMA AL COMPLETO:
CUANDO EL NIÑO ERA NIÑO,
ANDABA CON LOS BRAZOS COLGANDO,
QUERÍA QUE EL ARROYO FUERA UN RÍO,
QUE EL RÍO FUERA UN TORRENTE,
Y ESTE CHARCO EL MAR.
CUANDO EL NIÑO ERA NIÑO,
NO SABÍA QUE ERA NIÑO,
PARA ÉL TODO ESTABA ANIMADO,
Y TODAS LAS ALMAS ERAN UNA.
CUANDO EL NIÑO ERA NIÑO,
NO TENÍA OPINIÓN SOBRE NADA,
NO TENÍA NINGÚN HÁBITO,
FRECUENTEMENTE SE SENTABA EN CUCLILLAS,
Y ECHABA A CORRER DE PRONTO,
TENÍA UN REMOLINO EN EL PELO
Y NO PONÍA CARAS CUANDO LO FOTOGRAFIABAN.
CUANDO EL NIÑO ERA NIÑO
ERA EL TIEMPO DE PREGUNTAS COMO:
¿POR QUÉ YO SOY YO Y NO SOY TÚ?
¿POR QUÉ ESTOY AQUÍ Y POR QUÉ NO ALLÁ?
¿CUÁNDO EMPEZÓ EL TIEMPO Y DÓNDE TERMINA EL ESPACIO?
¿ACASO LA VIDA BAJO EL SOL ES TAN SOLO UN SUEÑO?
LO QUE VEO OIGO Y HUELO,
¿NO ES SÓLO LA APARIENCIA DE UN MUNDO FRENTE AL MUNDO?
¿EXISTE DE VERDAD EL MAL
Y GENTE QUE EN VERDAD ES MALA?
¿CÓMO ES POSIBLE QUE YO, EL QUE YO SOY,
NO FUERA ANTES DE EXISTIR;
Y QUE UN DÍA YO, EL QUE YO SOY,
YA NO SERÉ MÁS ÉSTE QUE SOY?
CUANDO EL NIÑO ERA NIÑO,
NO PODÍA TRAGAR LAS ESPINACAS, LAS JUDÍAS,
EL ARROZ CON LECHE Y LA COLIFLOR.
AHORA LO COME TODO Y NO POR OBLIGACIÓN.
CUANDO EL NIÑO ERA NIÑO,
DESPERTÓ UNA VEZ EN UNA CAMA EXTRAÑA,
Y AHORA LO HACE UNA Y OTRA VEZ.
MUCHAS PERSONAS LE PARECÍAN BELLAS,
Y AHORA, CON SUERTE, SOLO EN OCASIONES.
IMAGINABA CLARAMENTE UN PARAÍSO
Y AHORA APENAS PUEDE INTUIRLO.
NADA PODÍA PENSAR DE LA NADA,
Y AHORA SE ESTREMECE ANTE A ELLA.
CUANDO EL NIÑO ERA NIÑO,
JUGABA ABSTRAÍDO,
Y AHORA SE CONCENTRA EN COSAS COMO ANTES
SÓLO CUANDO ESAS COSAS SON SU TRABAJO.
CUANDO EL NIÑO ERA NIÑO,
COMO ALIMENTO LE BASTABA UNA MANZANA Y PAN
Y HOY SIGUE SIENDO ASÍ.
CUANDO EL NIÑO ERA NIÑO,
LAS MORAS LE CAÍAN EN LA MANO COMO SÓLO CAEN LAS MORAS
Y AÚN SIGUE SIENDO ASÍ.
LAS NUECES FRESCAS LE ERAN ÁSPERAS EN LA LENGUA
Y AÚN SIGUE SIENDO ASÍ.
EN CADA MONTAÑA ANSIABA
LA MONTAÑA MÁS ALTA
Y EN CADA CIUDAD ANSIABA
UNA CIUDAD AÚN MAYOR
Y AÚN SIGUE SIENDO ASÍ.
EN LA COPA DE UN ÁRBOL CORTABA LAS CEREZAS EMOCIONADO
COMO AÚN LO SIGUE ESTANDO,
ERA TÍMIDO ANTE LOS EXTRAÑOS
Y AÚN LO SIGUE SIENDO.
ESPERABA LA PRIMERA NIEVE
Y AÚN LA SIGUE ESPERANDO.
CUANDO EL NIÑO ERA NIÑO,
TIRABA UNA VARA COMO LANZA CONTRA UN ÁRBOL,
Y ÉSTA AÚN SIGUE AHÍ, VIBRANDO.

viernes, 11 de octubre de 2019

DIPLOMA DE EMBAJADORA DE LA PALABRA

¡ GRACIAS FUNDACIÓN CÉSAR EGIDO DEL MUSEO DE LA PALABRA!MADRID! , FEBRERO, 2018.-










lunes, 7 de octubre de 2019

Discurso pronunciado por Federico Garcia Lorca en la inauguración de la biblioteca de su pueblo natal, Fuente Vaqueros, en 1931

Discurso pronunciado por Federico Garcia Lorca en la inauguración de la biblioteca de su pueblo natal, Fuente Vaqueros, en 1931

Publié par vero0576 sur 8 Mars 2011, 21:24pm
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Discurso pronunciado por Federico Garcia Lorca en la inauguración de la biblioteca de su pueblo natal, Fuente Vaqueros, en 1931
"Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro."
Federico García Lorca

Para no olvidar que la cultura es nuestra vida y nuestro oxígeno, la única cosa que puede cambiar el mundo.

‎"Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. ‘Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre’, piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión.

Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada.

No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.

Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?

¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: ‘amor, amor’, y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: ‘¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!’. Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.

Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: ‘Cultura’. Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz."

sábado, 14 de septiembre de 2019

poema para Ana María Manceda

Hola amigos, con pudor pero con deseos de compartirlo subo este poema que me dedicó un poeta amigo. La imagen tiene diez años (el tiempo pasa y abarca todos los rincones de nuestra vida)-Gracias, y mis cariños-
Ana María Manceda-
IMAGEN 2009.EN CÓRDOBA.EN LA PREMIACIÓN DE MI CUENTO DERRUMBE. PROMETO SONREIR MÁS.-(Casi nunca me refiero a mi vida personal, pero alrededor de esos años ocurrieron las ausencias más tristes que alguien soporta, pero a todos nos ocurren. Quiero decirles que a la mayoría me encantaría verlos, aunque estén tan lejos, besos)

GENIOS NEUQUINOS QUE DEBEMOS CONOCER....Ana María Manceda, Contemporánea, porRUBEN BORONAT

A veces
por supuesto
usted sonríe
y no importa lo linda
o lo fea
lo vieja
o lo joven
lo mucho
o lo poco
que usted realmente
sea

sonríe
cual si fuese
una revelación
y su sonrisa anula
todas las anteriores
caducan al instante
sus rostros como máscaras
sus ojos duros
frágiles
como espejos en óvalo
su boca de morder
su mentón de capricho
sus pómulos fragantes
sus párpados
su miedo

sonríe
y usted nace
asume el mundo
mira
sin mirar
indefensa
desnuda
transparente

y a lo mejor
si la sonrisa viene
de muy
de muy adentro
usted puede llorar
sencillamente
sin desgarrarse
sin deseperarse
sin convocar la muerte
ni sentirse vacía

llorar
sólo llorar

entonces su sonrisa
si todavia existe
se vuelve un arco iris.

miércoles, 17 de julio de 2019

Nueve cuentos malvados

Lo último de Margaret Atwood
Nueve cuentos malvados
Los Nueve cuentos malvados de Margaret Atwood hacen honor al adjetivo que los califica más que al número en clave Salinger. En efecto, son relatos donde la maldad, asociada a la belleza y también a la decadencia del cuerpo, protagoniza una serie de historias que reúne a varias generaciones de artistas y bohemios. Y Atwood narra desde la perspectiva de la gente mayor que lucha por la vida entre el recuerdo y un presente ominoso.
Nueve, al parecer, es la cantidad justa para un libro de cuentos. Desde el inigualable Nueve cuentos de J. D. Salinger, la fórmula vuelve en autores y autoras de distintas geografías del mundo. En su último libro en español, la escritora canadiense Margaret Atwood repite el modelo, como si fuese un homenaje paródico al guardián que murió oculto entre el centeno. Sin embargo, como sabemos, Atwood no es una escritora más. No necesita utilizar estructuras canonizadas para brillar con el reflejo del éxito ajeno. El contenido de Nueve cuentos malvados, publicado originalmente en el 2014 con el nombre Colchón de piedras, no se arrima al universo salingeriano. Por el contrario, lleva nueve dosis puras de lo mejor de Margaret Atwood, donde se mezclan géneros, preguntas contemporáneas y una prosa corrosiva que deja al lector con una sonrisa idiota, como si estuviera viendo en la calle a una vieja dándole bastonazos a un policía. 
Antes de ser la eterna candidata al Premio Nobel y la autora detrás de la serie Handmaid’s Tale, Margaret Atwood fue poeta. A los veintipocos años escribía versos sobre la historia canadiense del siglo 19, alternados con poemas sobre el amor, la familia y el paso del tiempo. En el tríptico de cuentos que abre Nueve cuentos malvados, Atwood recupera ese ambiente de juventud, que trajinó junto a poetas y bohemios de diferentes linajes. En su gran mayoría son hombres que bebían de prestado, sobreactuaban existencialismo y explotaban sentimentalmente a mujeres que se ocupaban de pagar las cuentas y de cuidar su deseo, el de ellos, claro. Como dice Constanza, una de las protagonistas de la saga: “Las chicas de entonces hacían esas cosas: se desvivían por salvaguardar la genial concepción que tuviera de sí mismo el chico de turno”. 
En el tríptico de la Cafetería Riverboat, como llama Atwood al sitio donde se amontonaban poetas en Toronto en los sesenta, los personajes, que saltan de un cuento al otro, miran el pasado desde un presente con arrugas, próstatas hinchadas y alucinaciones generadas por el ácido lisérgico de la vejez. Al igual que en su libro de ensayos Under the thumb, Atwood se ríe de la solemnidad de los poetas de su época, capaces de burlarse de su novia porque escribía fantasy –como ocurre en el maravilloso “Alphilandia”–, pero ineptos para hacer un té sin azúcar o para lidiar con su ego sin lastimar a la persona que dicen amar en sus textos.   
La mirada de Atwood sobre el pasado, mejor dicho, la mirada de sus personajes, no es nostálgica. No lo cristalizan en formas ideales ni lo dejan guardado en un cajón, como un álbum de fotos para repasar en los aniversarios. En los cuentos, hermosamente malvados, el pasado es reelaborado desde el presente; el recuerdo moviliza a los personajes, los pone en acción. Sucede en “La Dama Oscura”, donde el funeral de un antiguo amor deviene en la liberación de un rencor avinagrado entres mujeres que compartían amante. O, con mayor intensidad, en “Colchón de piedra”: el encuentro casual en un crucero de jubilados entre Verna y Bob –“el Partidazo, el Bob de los barrios altos”, que camino al baile de graduación violó a la joven Verna, y abandonó en un descampado–, se convierte en un acto de justicia poética que reconcilia al lector con su dimensión más mórbida.  
Lo único que los personajes de Atwood añoran del pasado son los cuerpos sanos, que no deben depender de pastillas para respirar ni de enfermeros que los acunen para ir a dormir. “Creías que con la edad serías capaz de trascender el cuerpo. Pero eso sólo se consigue a través del éxtasis, y el éxtasis se alcanza a través del cuerpo precisamente. Sin el esqueleto y la nervadura de las alas, no hay vuelo”, se dice Wilma, la protagonista de “A la hoguera con los carcamales”, quizás el mejor cuento de un libro de cuentos muy buenos. Wilma, que padece el síndrome de Charles Bonner que le hace ver enanitos imaginarios, debe escapar junto a Tobías, su romance de geriátrico, de una grupo de jóvenes con caretas de bebés que asedian a viejos y viejas hasta la muerte, como si fuese una adaptación libre del clásico Diario de la guerra del cerdo.  
Otra de las virtudes de Nueve cuentos malvados es la versatilidad de géneros que trabaja Atwood en un mismo volumen. Pasa del thriller duro y puro en el ingenioso “El novio liofilizado”, al gótico en “Lusus naturae” o al realismo intelectual –por llamarlo de algún modo– en “La mano muerta te ama”, donde un contrato firmado por necesidad y urgencia en los años universitarios, condena a un escritor de best sellers a actualizar mes a mes las presencias de sus antiguos compañeros de cuartos. Nueve cuentos malvados es un libro ecléctico, compuesto por ficciones escritas en diferentes contextos, a pedido de revistas y antologías, que son enhebradas por la prosa pícara, elegante y reflexiva de Atwood.
Durante el principio del siglo 20, la maldad como elemento estético estuvo vinculada al Expresionismo, que ponía el foco en la percepción de la catástrofe moderna que estaba a la vuelta de la esquina. A lo largo de su obra, Atwood toma dimensiones del expresionismo y de la ficción especulativa para decirnos que la maldad llegó hace rato, que ya no es necesario anunciarla, que en el nuevo siglo está aquí, entre nosotros. “La belleza tiene su lado oscuro”, dice en la primera página del libro, “igual que las mariposas venenosas”. 
En sus Nueve cuentos malvados los personajes encuentran el veneno en la persona que aman, en la mano amiga, en el perro que les mueve la cola, como sucede en el cuento “Sueño con Zenia, la de los colmillos rojo brillantes”. Y, sobre todo, sienten recorrer el veneno en sus propios cuerpos, gastados, vencidos, pero que aún tienen la fuerza necesaria para hacer una última maldad. O, al menos, para imaginarla.