EL SUR TAMBIÉN EXISTE

Si fuesen míos los paños bordados de los cielos, tejidos con luz de oro y plata, los paños azules, sombríos y oscuros de la noche, la luz y el crepúsculo, los tendería a tus pies. Pero yo, siendo pobre, sólo tengo mis sueños. he esparcido mis sueños bajo tus pies. Camina suave porque pisas mis sueños. w.b. Yeats





"Pero aquí abajo abajo,cerca de las raíces,es donde la memoria ningún recuerdo omite. Y hay quienes se desmueren y hay quienes se desviven y así entre todos logran lo que era un imposible. Que todo el mundo sepa que el Sur también existe" Mario Benedetti.


"Un escritor es algo extraño. Es una contradicción y también un sinsentido. Escribir es aullar sin ruido" M. Duras http://t.co/


martes, 2 de abril de 2013

LA CIUDAD DEL TA..TAC...TAC.. ANA MARÍA MANCEDA


 LA CIUDAD DEL TAC…TAC…TAC…Ana María Manceda
        



               Comenzó a escucharse el ruido una noche de primavera ¡bah! Es una manera de decir, en realidad era una noche helada. Se percibía que esa temporada había llegado por los cantos de algunos pájaros audaces y los brotes de las plantas, un hecho casi milagroso esto de los vegetales, de alguna manera mostraban la fortaleza de su reino. Hasta hace muy poco habían soportado grandes nevadas y ahora las heladas, pero ellos estaban ahí, triunfantes, mostrando sus retoños.
               El viejo Ariel vive en las márgenes de la ciudad, su  cabaña está situada en una zona más alta que el centro, justo donde comienza  la formación boscosa. Debido al intenso frío, ese atardecer entró temprano a su casa, al calor de la cocina a leña tomaba mate y leía novelas de aventuras, al lado su perro Don Quijote, pero su gran pasión era la pintura, pasaba meses hasta terminar un cuadro, siempre eran paisajes que él observaba en sus paseos y los retenía en su memoria. La radio era otra compañera, escuchaba todo tipo de música. Cada tanto se paraba, estiraba su cuerpo, el perro lo imitaba, los dos, flacos y altos  se acercaban a la ventana. Don Ariel observaba el cielo con el ardiente deseo de descubrir algún suceso extraordinario en el cosmos. Durante el día paseaba con su bastón y su perro por el centro y los alrededores de la ciudad. Hablaba poco con los vecinos, tenía una intuición fuera de lo común, no se le escapaba nada de lo que éstos hacían o pensaban, pero su boca estaba sellada. Todo quedaba en su cerebro y en algunos casos en su corazón. Esa noche, cerca del amanecer, sintió un ruido chispeante, corto y repetitivo; tac...tac...tac. Se levantó a espiar, los vidrios de la ventana estaban opacados por la helada, la abrió, una brisa fría chocó con el calor de la cabaña. No vio nada. Don Quijote tenía las orejas paradas y movía la cola. El tac...tac siguió escuchándose cada vez más alejado, como si bajara hacia el centro del pueblo.
               Al otro día, en conversaciones familiares, en el club, en los cafés, comentaban el persistente ruido que los  despertó. En su diaria caminata, el viejo Ariel charló con los vecinos, debió admitir qué él también lo había escuchado.
               El ruido nunca más paró. Lo que al principio fue un raro acontecimiento comenzó a preocupar a los vecinos. Se especulaba que quizás se estuvieran produciendo temblores de tierra, cosa normal en esa geografía, que provocaran desprendimientos de rocas y éstas se deslizaran desde los cerros circundantes hacia el valle donde se encuentra la ciudad. ¡Pero entonces debería escucharse una lluvia de tac...tac! Y no era así, el ruido provenía de un solo objeto que recorría a su antojo la ciudad y todos sus recovecos.
               Algunos grupos de pobladores se organizaron para recorrer la ciudad a la hora en que se producía el molesto sonido. Nada vieron  pero comenzaron a percibir olores en los alrededores de dónde provenía el ruido. La ciudad se convirtió en una Torre de Babel, su estructura no era de  diferentes lenguas sino de distintos olores. Los sentían agradables o nauseabundos con todas sus variedades. A Don Ariel se le ocurrió hacer una estadística y como si tal cosa, indagaba a los vecinos qué tipo de olor había percibido, luego se iba a la cabaña y anotaba los datos que recordaba. Así todos los días. Con el tiempo acumuló gran cantidad de opiniones, las cuales analizaba y clasificaba. Le llamó la atención la variedad de olores.
               El pánico se fue apoderando de la ciudad. En la intimidad de sus hogares, los habitantes sentían como si el ruido recorriera sus conciencias. La primavera pasó y el verano se adueñó glamoroso entre los turistas y los aterrorizados pobladores. Lo extraordinario era que los visitantes no oían el tac...tac...tac, ni olían más que las hermosas flores de los jardines y las plazas.
               Recién entrado el otoño, cuando el bosque explotaba de colorido, el clima equilibrado en días más soleados, como cediendo una pequeña tregua antes que avasallara con sus lluvias y nevadas, el viejo Ariel tomó una decisión, acompañado de Don Quijote se levantaría a la hora del ruido y se juró no descansar hasta descubrir qué o quién lo producía. Ayudado por las deducciones obtenidas con su estadística casera, arribó a características personales de grupos que sintieron olores similares. Como toda población humana, la ciudad del ruido tenía sus bondades y pecados; amores secretos, crímenes misteriosos, crueldades, envidias, algún alarido de solidaridad, odios, rencores, heroísmo.
               El viejo y el perro volvían al amanecer, agotados, sin descubrir nada. En ese tiempo no salía por las mañanas en su cotidiano paseo. Los vecinos le preguntaban por su ausencia, pero nada dijo de lo que hacía por la noche. A fines de otoño, en la rutina de su búsqueda, se sentó en una inmensa piedra cercana a su casa, ésta estaba partida por un añoso árbol que surgía entre las mitades. Se recostó cansado, don Quijote apoyó su cabeza en las rodillas del viejo. El frío de la noche no le permitía dormirse, su cuerpo estaba aletargado, sentía una profunda paz. De pronto lo vio, la luz de la luna iluminaba una pequeña cosa que de manera suave y saltarina bajaba hacia el centro del pueblo.¡ tac...tac...tac! Se quedó quieto, la mano sobre la cabeza de Don Quijote, como suplicándole que no se moviera. Hombre y perro eran estatuas bajo el árbol de la piedra partida. Sólo los ojos seguían alucinados al extraño objeto, hasta que lo enfocó. Era un nudo, opaco, apretado. Desprendía un olor intenso, a vida, a mucha vida. Intuyó que el material del que estaba hecho era una trama de disímiles sentimientos y acontecimientos que se enredaban de tal manera que sería imposible deshacerlo. Todo el nudo era un símbolo, una síntesis, era la suma entretejida del “ Todo” lo que allí habitaba.  Regresó a  la casa junto a  Don Quijote, en un silencio abismal, solo se escuchaba en la lejanía el tac...tac...tac.. Nunca más salió a caminar. Los vecinos decían que se había vuelto loco.
               Ocurrieron eclipses, el paso de cometas,  lluvias de estrellas, como provocando la mirada del viejo, pero éste había perdido el interés de mirar el universo por la ventana. Ahora indagaba con su mirada  ese enigmático nudo y trataba de plasmarlo en la tela, pintaba y pintaba.  Con los meses terminó el cuadro, estaba contento pero no dejaba de correrle un escalofrío cuando lo  observaba, era tan cerrado, inexpugnable.
               Una noche, mientras realizaba quehaceres atrasados debido a  su obsesión por la pintura, sintió sirenas. Salió de la casa, se sorprendió al ver el bosque incendiado, los árboles de los cerros parecían envueltos  en   llamaradas rojas, como si provinieran del centro de la tierra. Un olor a incienso impregnaba el aire, se asustó, por el camino iban veloces los coches de los vecinos para ayudar a combatir el  fuego. Luego de unas horas de espera se  acercó al camino, los vecinos regresaban.
__ No sabemos que sucede Don Ariel, no fue un incendio, es un reflejo rojo que sale de la tierra.
No pudo dormir,  miró el cuadro y  sintió la necesidad de  pintar  de  fondo el bosque en llamas, luego se le ocurrió que el nudo no podía quedar tan cerrado en ese paisaje dantesco, como si emanara un calor que provocara la apertura del tejido apretado, y lo abrió. Quedó como una inerte y opaca flor semiabierta. No lo pudo colgar como sus otras obras, lo envolvió con mucho papel  y  por último en una bolsa de tela oscura. Lo guardó en el sótano, entre las cosas menos deseables. Su  rostro expresaba cierta irónica perversidad, era una ceremonia secreta, sólo Don Quijote era testigo.
               Misteriosamente,  luego de esa noche, nunca más se escuchó por la ciudad y sus alrededores el escalofriante tac...tac...tac.
                
           Segundo premio en narrativa en Certamen Internacional y editado en antología “PINTURAS LITERARIAS” DE Editorial ”Novelarte” Córdoba ,Argentina 2006.  ANA MARÍA MANCEDA. San Martín De los Andes. Patagonia Argentina. .



viernes, 15 de febrero de 2013

REVISTA LITERARIA ARCOIRIS Nº 28. BILINGÜE FRANCÉS-ESPAÑOL



                            


Deseo compartircon ustedes la "Buena noticia" que la Revista literaria ARCOIRIS Nº 28 ha sido publicada por la editora franco-chilena Diomenia Carbajal. Estoy muy contenta que Diomenia haya elegido uno de mis cuentos para compartir con escritores internacionales esta prestigiosa edición bilingüe francés-español.

AUTORES:

- Daniel Campodónico (Uruguay) : "Correo Nacional "
- Diomenia Carvajal (Chile y Francia) : "El crimen"
- Susana Duro (Argentina) : "Piloto Automático"
- Jorge Etcheverry (Chile y Canadá): "El hombre"
- Hemil García Linares ( Perú y USA) : "La gasolinera de la avenida Suddley"
- Ana Karina Guzmán Bucio (Méxixo) : "Cucarachas y otras parafilias"
- Pilar Lou Martín (Barcelona, España) : "La carrera de Luis"
- Ana María Manceda (Argentina) : "Una moneda romana en la cordillera patagónica"
- Claudia Andrea Pointet (Chile y Francia) : "Lelé"
- Eugenia Toledo (Chile y USA): "Vuelo pero del tinto"
- Rubén Serrano (Madrid - España): "El relato deJohn"
Poesía:
- Soledad Cavero Rivas (Madrid - España): "La canción del árbol" 
- Olga Pinilla (Panamá y Francia): "Un itsmo y un canal"
- Sara Vanegas Coveña(Ecuador): "Poesías"
- María Villar Portas (Galicia - España) : "Noche en fuga"
Ensayo o artículo sobre un escritor del extremo del mundo:
- Diomenia Carvajal : "La Colorina (La Rouiquine)"

www.ac18.wordpress.comhttps://plus.google.com/113670545465221291194

jueves, 31 de enero de 2013

"LOS VIENTOS DE LA DIMENSIÓN AZUL". CUENTO DE ANA MARÍA MANCEDA


       “ LOS VIENTOS DE LA DIMENSION AZUL” ANA MARÍA MANCEDA( Cuento seleccionado por editorial DE LOS CUATRO VIENTOS,Bs.As.Argentina para Antología “POETAS Y NARRADORES CONTEMPORÁNEOS 2007)

                                   

                     Las hábiles manos manipulaban los tiestos dispersos sobre la arena, luego la arqueóloga se sentó en cuclillas y con su carpeta de croquis sobre las piernas comenzó a dibujar con trazos seguros el material encontrado. Su cuerpo en tensión disfrutaba concretando en el papel lo hallado en el sitio. Isabel se enjugó la frente, el calor comenzaba a ser insoportable, la arena brillaba con ese resplandor alarmante que anunciaba el fuego. Al  levantar la cabeza sonrió a Enrique, éste sacaba fotos, Uriel merodeaba por el lugar observando y haciendo anotaciones. Experto y eficiente el grupo sabía que era eje fundamental la tarea de campo que estaban realizando, la etapa final se realizaría en el laboratorio.
                 Al caer la noche el equipo rodeó la hoguera mientras comían las exquisiteces preparadas de Don Ramón, el cocinero. Isabel estaba muy cansada como para participar de la enérgica charla que sostenían sus colegas, los admiraba profundamente, eran sus maestros. Enrique y Uriel discutían técnicas de datación, cronologías posibles...todo apasionante, pero como era esperado subieron el tono al seguir confrontando conocimientos. Parecían dos pavos reales en celo, los dos con justificados galardones académicos, lanzaban una retahíla  de frases intelectuales de profusos conocimientos que agotaban la mente de los que escuchaban. La luz que emitían las llamas iluminaba los rostros de estos viriles y cultos hombres que compulsaban sus intelectos. De pronto, los gladiadores, discutiendo sobre el descubrimiento de los restos de Abbeville, en Francia, hecho  por el cual los historiadores marcan el final de la Prehistoria, no recuerdan el nombre del científico que realizó el hallazgo, seguramente iba  haciendo efecto el buen vino, Isabel  dijo_ Boucher de Perthes. Se hizo un silencio absoluto, la miraron como si estuvieran descubriendo que una vaquita de San Antonio pudiera hablar. Luego de la sorpresa proyectaron el trabajo del día siguiente, le dieron instrucciones a Isabel respecto a los croquis que realizaría y la cena terminó.
               La joven durmió poco, estaba ansiosa por las tareas que faltaban realizar, los resultados de la prospección, observaciones y demás estudios les daba esperanzas de hallar las piezas arqueológicas tan buscadas. Fueron tres años de preparación con planteos teóricos, organización rigurosa previos al viaje y la agotadora recaudación del dinero para financiar la expedición. El objetivo principal era el descubrimiento de una de las riquezas arqueológicas  más importantes de las últimas décadas. Aún más, cambiaría las teorías sobre la antigüedad  de las culturas de las poblaciones originarias, como corolario la gloria para estos extraordinarios arqueólogos y por lo tanto para ella como integrante del grupo.
                  Al amanecer  los integrantes del campamento comenzaron su febril actividad, pero un contratiempo oscureció el entusiasmo. Uriel amaneció descompuesto por un ataque biliar. El científico tuvo que quedar al cuidado del cocinero en el campamento, los demás debían seguir con el trabajo y  en busca de sus objetivos. Durante el trayecto hacia el sitio arqueológico ocurrió otro suceso que trajo gran disgusto al equipo. Enrique ante una imprudencia incalificable, ya que conocía perfectamente el terreno, se dislocó un tobillo, fue atendido inmediatamente, el dolor no cedía. Tuvieron que armar una carpa de emergencia con las comodidades necesarias para que descansara, de todas maneras él insistió en trabajar clasificando los datos hasta ese momento obtenidos. El resto del equipo, dirigidos por Isabel, siguieron con la expedición hasta llegar al lugar de excavación.
                  La carpa de Enrique no estaba lejos y el arqueólogo divisaba desde su cómoda pero enojosa postura, la actividad de sus compañeros. Cada tanto Isabel lo saludaba con la mano y él le contestaba levantando el pulgar para darle ánimo. El trabajo era difícil, estaban en la parte más delicada, la arqueóloga sentía el peso de la responsabilidad, los croquis que ella realizaba  ahora los hacían alumnos aventajados de la carrera, otros sacaban las fotos, todos trabajaban manera incansable y con pasión. La tierra arenosa se deslizaba suave por las espátulas y los utensilios de los trabajadores.  En algunos momentos Isabel no podía concentrarse, pensaba con ternura en los dos guerreros en reposo obligado y luchaba contra el pánico que le produjeron las circunstancias que la había llevado a tener la responsabilidad de la expedición.
                    Al atardecer, cuando la arena y los rostros se habían coloreado de un reflejo rojizo, Isabel tocó de manera cuidadosa una superficie porosa, miró a sus compañeros, su gesto puso en alerta al equipo que comenzó a preparase como para una cirugía de alta complejidad. No tenían conciencia del tiempo, cuando el sol iba desapareciendo la arqueóloga levantó en sus manos una maravillosa vasija cuyas figuras zoomorfas brillaban con un espléndido colorido bajo la luz crepuscular. Como si fuera una ceremonia religiosa la levantó lo más alto que pudo en dirección donde estaba recostado Enrique. Las lágrimas inundaban su cara, vio a lo lejos el pulgar de su maestro y hubiera jurado que también estaba llorando.
                Ya restablecidos, Enrique y Uriel tomaron las riendas de la investigación. En esos días llegaron reporteros científicos, el campamento derrochaba entusiasmo y energía. Una tarde, Isabel sintió la necesidad de quedar a solas en el lugar de la excavación donde habían encontrado la pieza tan valiosa, el sol pegaba ardiente y ella acariciaba la arena como si fuera polvo sagrado. Pensaba en el éxito de la expedición, en  sus colegas, en la exaltación que los dominaba y sentía que la emoción ahogaba su garganta. Quiso pensar en su familia, pero las imágenes se difuminaba, como si viajaran en otra dimensión. Sintió que el calor la agobiaba y a la vez como si alguien estuviera acompañándola en el lugar, al levantar la vista se encontró con la figura de una anciano indígena de piel moreno-rojiza, párpados muy arrugados en los que se destacaban dos líneas de brillante oscuridad. Una voz sonora de una acústica antinatural se escuchó en un espacio que Isabel no podía delimitar._ La nave viaja con sus vidas y con sus muertos ¿ Porqué hollar las tierras de reliquias sagradas? Isabel lo miraba sin miedo, absorta. El  anciano prosiguió._ Respira el aroma que mezclan los vientos de arena que juegan en círculo. No pueden salir al espacio, sal tú y azul será tu destino.
                Regresó al campamento como en trance, por el momento no iba a comentar sobre el misterioso encuentro, pero sabía que no podría dejar de regresar al sitio.
                Por esos días llegó la familia de Enrique, su mujer se pavoneaba orgullosa, como si hubiera participado del proyecto. El hijo era un émulo de su madre, molestando a todo el mundo con sus impertinencias. Se sucedían las charlas sobre el descubrimiento en la que participaban los científicos, técnicos, periodistas. La mujer de Enrique se lucía comentando anteriores investigaciones de su marido en las que ella había colaborado, todos se preguntaban de qué manera. A Isabel le resultaba insoportable la mujer, decidió dar unas vueltas por los alrededores, faltaban pocos días para terminar el trabajo y levantar el campamento.
                Al pasar las horas, el grupo advirtió que la arqueóloga no había regresado, se pusieron en alerta y comenzaron a buscarla. Se dispersaron estratégicamente pero los resultados fueron infructuosos. Recién al atardecer, cuando la arena todavía reflejaba la luz del sol y la luna llena iba apareciendo en otro ángulo del cielo, Enrique llegó al sitio del yacimiento. Sentía cierto temor, algo no era normal, como si el espacio y el tiempo no respondieran a la sucesión de fenómenos que ocurrían en los alrededores.
                 Uriel y los demás componentes de la búsqueda llegaron al rato. Les extrañó ver a Enrique, parado, inmóvil, mirando la arena en la zona de excavación. Se acercaron, temerosos. Isabel yacía acostada sobre la arena, una brisa levantaba partículas  formado círculos que la rodeaban como moldeándola, el pelo extendido se confundía con el color del desierto. Del inerte cuerpo surgía una suave radiación azulada y su cara otrora  tan joven y bella parecía la de una anciana.

*********************************************************************************





miércoles, 23 de enero de 2013

DOS COPAS DE VINO Y LA VIDA. ANA MARÍA MANCEDA


DOS COPAS DE VINOS  Y LA VIDA. Ana María Manceda                                                      (Seleccionado por editorial Dunken Bs.As para la antología “Senderos con historias” 2012)
                                      
            ¡Cómo olvidar! Todo fue maravilloso; el viaje desde Buenos Aires, el Congreso Arqueológico, Madrid. Vertiginoso, quería verlo todo, vivir. El grupo de congresistas no quería perderse nada, todas las invitaciones eran aceptadas. Así fue como organizamos  la excursión a Toledo, tú Jordi deseabas presentarnos tu bella ciudad y tu fantástico hogar situado dos metros bajo tierra ¡estabas tan entusiasmado mostrándonos el tesoro que poseías! Te habías comprado esa casa en tu ciudad natal, muy estrecha, debiste edificar hacia arriba y hacia abajo.— Es una cueva de la época de los romanos— nos explicabas fascinado y nosotros escuchábamos de igual manera, éramos jóvenes arqueólogos ávidos de experiencias aunque tú ya estabas un escalón más al ser titular de una cátedra. Fue una experiencia inolvidable. Yo no podía dejar de mirarte, tu postura y tus ojos delataban la mezcla étnica, eras un imán. Ya en Madrid fue la cena de despedida, al finalizar me acompañaste hasta la habitación del hotel, busqué un buen pretexto  para invitarte a pasar, tenía unos artículos del profesor que tanto admirabas.  No te despedirías así como así querido Jordi, te invité una copa de vino, y tu mirada a través del violeta de la copa insinuante de siglos, ya me había poseído.
           Un nuevo congreso, esta vez en mi tierra; la Patagonia. Pasaron veinticinco años y tantas cosas en el mundo y en nuestras vidas. Cayeron el Muro de Berlín y el apartheid, aunque no las desigualdades, siguen las luchas por el poder,  nos acecha el calentamiento global, ambos tenemos matrimonios frustrados, hijos, pero las pasiones no cambian querido profesor, no cambian.
           Te veo bajar del avión, con tu prestancia, canas y esa mirada ardiente. Te prometo Jordi que esta noche estás invitado a cenar en mi casa patagónica, de mujer sola, con hijos independientes. No tengo una cueva romana ni la juventud que nos arrolló en Madrid pero te brindaré una copa de vino color ciruela,  coloreado por los valles de estas tierras, y mientras nos amamos, escucharemos  el silencio de la nieve que se avecina sobre la ausencia de estos años.***

domingo, 25 de noviembre de 2012

SAN MARTÍN DE LOS ANDES. PATAGONIA. "CIERRE CON LETRAS" PRESENTACIÓN DE LA NOVELA DE ANA MARÍA MANCEDA "LA NOCHE DE LA FLOR DEL CACTUS"

En la hermosa zona de San Martín de Los Andes, LA VEGA, se realizó la movida cultural " Cierre con letras" organizada por la editorial  "Ediciones de La grieta" ; Junta vecinal "el Molino"; Biblioteca Popular "La  Cascada" y ""Ruta del Arte". Entre otras presentaciones de libros, pinturas, artesanías, presenté mi novela "La noche de la flor del cactus".Muy grata experiencia.


miércoles, 31 de octubre de 2012

"DERRUMBE" cuento de ANA MARÍA MANCEDA. 1º PREMIO INTERNACIONAL DE NARRATIVA 2008.




                              
DERRUMBE:

autor: ANA MARÍA MANCEDA. Este cuento obtuvo el 1º PREMIO INTERNACIONAL EN NARRATIVA por edit. Artes y letras 2008
**********************************************************************

─Tome un mate y coma una torta frita, por ahí se le va esa cara tan seria, usté es muy  preocupada.
─¿Te parece? Y ella se rió.
Al devolverle el mate la miro, Blanca tiene la risa más  cristalina y sonora que he conocido. Es como el sonido de las aguas  del bosque que caen en cascada. Es el paisaje de la infancia de Blanca ¿Tendrá que ver?                    ¿Será mi desarraigo, esos pedazos de pieles arrancados a la vida , la nube que produce mi expresión preocupada?
─Tenés  razón Blanca, las tortas están exquisitas, en mi tierra  son distintas,  flaquitas, no usamos levadura, éstas son más ricas. ¿Así que lo de la casa va viento en popa?
─¡Ajá! Va bueno doña Eugenia, quería invitarla para el Domingo ¿Podrá ir?
─Sí por qué no, iré por la mañana debo regresar temprano, luego me encierro a corregir los trabajos de mis alumnos, el lunes los tengo que entregar.
             Cuando terminó su rutina se despide. La veo salir por el sendero hacia la calle. Contradicción. Me siento feliz de quedar sola con Yuko, mi perro labrador, por otra parte siento su ausencia.  Podíamos estar largos ratos  sin hablar, cada una en sus quehaceres,  por ahí yo emito alguna frase para provocar su opinión y ella carga con esa lógica aplastante que no la da ningún libro. Estoy bien, mañana arribará de nuevo, debe atender a sus hijos.
             El espejo me devuelve la cara de una mujer cuarentona y melancólica. Me excuso. Dejé todo. Familia, paisaje, olores, historias. Todo quedó a dos mil kilómetros de distancia y a dos mil años de ausencias. Llegué al sur, a la Patagonia,  tratando de empezar una nueva vida, pero uno viaja con su mochila. Siempre. Del Atlántico al Pacífico, tan solo me separa de sus playas la Cordillera de los Andes, solo eso. De todas maneras siento sus vientos en este pueblo de bosques, lagos y montañas. Y también las lluvias y la nieve.                                                                                                                 Hora de clases. ─Profe, Profe ¿ Cómo saco en el mapa los kilómetros de distancia con la regla?  Me perdí.
─¡Mm! Prestá atención, fijate en la escala, si te indica milímetros los pasamos a centímetros y más menos colocamos la regla sobre los puntos que queremos investigar.
Según los centímetros sabremos la cantidad de kilómetros ¿Estamos?
             El trabajo nos había llevado dos semanas. Era una investigación de las posibles consecuencias ambientales que en  nuestra región  ocasionarían los ensayos nucleares en una de las islas del Pacífico.  Teniendo en cuenta que ésta zona es sísmica y volcánica, cualquier presión de esa envergadura sobre las placas tectónicas del continente que se expanden debajo del océano podría producir deslizamientos y consecuencias graves.  Las conclusiones de la investigación irían adjuntas a una petición de suspender los ensayos nucleares al Gobierno y a la embajada del  país que produciría las explosiones atómicas. Este tipo de trabajos les apasionaba a mis alumnos, se sentían protagonistas y  a mí me permitía dictar la materia  Geografía de una manera dinámica a la vez de crear conciencia ecológica. ¿Nos responderían?  Dictar clases en una escuela secundaria estatal en estos pueblos alejados de la Capital era un placer. Arquitectura adaptada al rigor climático, calefacción en todas las aulas. Concurren alumnos de clase media, baja y media alta. Hace poco abrió un colegio privado, bueno, semi-privado, ya que tienen subsidio del Estado. Hacia allí emigró una pequeña población de alumnos de clase media alta y de los que quieren ser. Cuotas caras y estima social. Así es. Pero se perdieron de realizar el trabajo ecológico, hasta el momento solo lo hacemos en la escuela estatal. ¿Qué le importa a los privados que la Placa de Nazca se deslice debajo de la Sudamericana y provoque terremotos? ¿Lo sabrán?
             Domingo. Salgo a las once de la mañana, es otoño y la temperatura está bajo cero. Me dejo llevar por Yuko, tira fuerte de la correa. El paisaje es una ceremonia de colores, el crujido de las hojas, repito en mi mente, solo es una muerte transitoria, mi melancolía es una muerte transitoria, debo vivir, vivir. A medida que voy subiendo las laderas veo el pueblo, mezcla de edificios modernos y casas antiguas          ¿Cómo las percibo? Sus chimeneas emiten el humo de las costumbres heredadas de los viejos hogares.  Lo moderno es tener calefacción a gas, pero el olor a  Ñire quemado  invade una historia cálida de colonos; boers, franceses, alemanes, ingleses, argentinos de provincias norteñas  e indígenas, originarios dueños de estas tierras. Olores, siempre olores atados a los recuerdos. Aquí no están los míos. Abajo, no tan lejos, el lago, azul, verde, y el sol jugando a las escondidas en  los bosques. Hay troncos caídos, admiro los líquenes que se adhieren como un tapiz a su corteza.  Sé de la importancia de estos seres como índices biológicos de la pureza del aire. Aire oxigenado. En las grandes ciudades ya no se ven, excepto en las ramas muy altas de los árboles. A veces.
             Estoy llegando, las casas del plan social se ven casi terminadas, hay  más, muchos más troncos caídos, han desmontado la ladera para poder edificar. Los terrenos son fiscales, la discusión está a que jurisdicción pertenecen, si a la provincia o a Parques Nacionales. La gente necesita las viviendas pero es indudable que los políticos necesitan los votos y no se detienen ante nada. Este desmonte va a traer graves consecuencias.
Me recibe la algarabía de los chicos. Risas, gritos, la oscuridad del lugar, el suelo helado y la pobreza se desdibujan ante las caras coloradas.
─Señora Eugenia ¿Se queda a comer?¿ Se queda hasta la tarde? Me pregunta Pedro, el mayor de los hijos de Blanca. Lo acaricio, le doy la bolsa con los regalos. Se acercan sus hermanos y otros chicos vecinos.
Dentro de la casa, al lado de la cocina a leña charlamos con Blanca. Pedro y sus hermanos entran y salen, desesperados por comer las golosinas antes del almuerzo. Se escucha el ruido d las sierras eléctricas.
─¿ Siguen desmontando Blanca?
─Y sí, necesitamos espacio,  además para tener un poco de sol, esto es muy oscuro.
─No deja de ser peligroso, los árboles fijan el suelo y equilibran el ciclo del agua. En la época de lluvias se va a lavar ese suelo, pueden ocurrir desmoronamientos.
─¡Qué va! A nosotros no nos dijeron  nada.
No opiné más. No tenía derecho. Estaba tan ilusionada con su casa. Miré por la ventana, el cerro estaba ahí nomás, era un paredón de rocas amenazantes, debían hacerles una contención. ¡Basta de preocupación! A disfrutar con esta querida familia. Luego del guiso exquisito, el postre, la caminata por la zona y la felicidad de los chicos, regresé a mi casa con un Yuko agotado, igual que  yo, nos acompañó una caída violenta del sol tras los cerros y el frío que se adhiere insobornable, imagino el horizonte y el dulce atardecer de la llanura, rojo recuerdo. Llegamos, los hijos de Blanca son una cálida esperanza.  Fue un día pleno.
             Y la época de lluvias comenzó, alternadas con fuertes nevadas. Reino de los turistas esquiadores. Pueblo de postal, hacia el este, cerros boscosos con pistas de esquí. Hacia el oeste cerros boscosos, oscuros, con humildes casas, en el centro el valle y la ciudad. Paisaje bello, incoherencia social. Todo sucede bajo las mismas estrellas.
             Comienzo de Primavera, se advierte la nueva estación por los brotes de las plantas, aún sigue nevando. En esos días sopló la felicidad en la casa, Pedro venía de forma asidua a hacer las tareas mientras su madre terminaba la rutina diaria. Se entusiasmaba con mis libros, de manera especial con los libros del cosmos. Le daba algunas explicaciones sencillas del origen y evolución del universo. Blanca se ponía contenta, decía que iba a sacar un científico del chico.
─Usté es tan cariñosa con los niños Doña, debería tener su hombre, no es bueno que la mujer esté sola.
¡Hay Blanca! Ella sí estaba sola, con tres niños que mantener. Quizás la equivocada era yo, ella había logrado la eternidad, a pesar del abandono de la familia por parte de su hombre.
             A mediados de Octubre se armó  revuelo en el colegio, nos habían llegado respuestas del Congreso de la  Nación y del país involucrado en les ensayos nucleares. Por distintas leyes se había realizado el TRATADO DE PROHIBICIÓN COMPLETA DE LOS ENSAYOS NUCLEARES en el CONGRESO DE COLOMBIA 2001. Nos enviaron el tratado y agradecimiento por nuestra participación. Por supuesto nuestro pedido no fue  determinante ya que hace años venían tratando el tema en las Naciones Unidas  con resoluciones previas, pero para nosotros fue motivo de orgullo  saber que estábamos en la buena senda de estudio de la compleja temática ecológica.
             Era una tarde agradable, el sol comenzaba a entibiar la atmósfera y algunos pájaros se animaban a trinar recibiendo la luz de primavera. Pedro tomando la merienda, su madre vendría a buscarlo más tarde, debió quedarse en su casa pues los albañiles tenían que terminar la habitación de los chicos. Una herida rompió el equilibrio, las sirenas de los bomberos comenzaron a sonar alertando un incendio o un accidente. Intuición. Llamé a la radio, pregunte qué sucedía. La primera reacción es la parálisis del cuerpo y la mente. Derrumbe. Había ocurrido en el nuevo barrio de las casas sociales,
en las laderas de los cerros que dan al Oeste. Cuando reaccioné tomé a Pedro, mi cartera y pedí un taxi. El chófer no sabía más que lo comentado por la radio ¿Habría heridos? Nos dejó en la zona baja. Ya estaban las ambulancias cargando gente en camillas. Todo era un pandemónium. Tomados de las manos con Pedro subimos la cuesta, de mi boca salían palabras estúpidas, para brindarle calma pero el chico lloraba. Al llegar a la casa de Blanca vimos que estaba intacta pero las casas vecinas tenían destruidas algunas partes. Había heridos, algunos muy graves. Entre la multitud vimos a Blanca, comenzamos a gritar, nos vio y vino hacia nosotros corriendo, a su lado los hermanos de Pedro, llorando. Nos abrazamos, temblaba. Por seguridad no podíamos entrar, era posible que las rocas caídas del paredón sin contención  hayan debilitado alguna estructura  de la construcción. A la hora del crepúsculo nos fuimos hacia mi casa. Hasta que no estén seguros que no correrían peligro y hecha la contención de las rocas, vivirían conmigo.
             En ese tiempo descubrí que a pesar de mi mochila y mis dos mil años de ausencias había encontrado una familia. El Doña Eugenia de los chicos lo sentía cien veces por día, sonaba a música.  Para fin de año, al momento de brindar tuve una luz en mi terco cerebro. No era bueno que una mujer esté sola. Suspiré feliz, Yuko, recostado, miraba alerta a los chicos, como esperando un ataque. Blanca se ríe de sus pícaras ocurrencias y el hecho de estar compartiendo la fiesta con sus hijos. Y yo,  quizás aprenda a aceptar esta nueva vida, aunque el parásito de la nostalgia esté muy cómodo viviendo en mis entrañas.***


miércoles, 10 de octubre de 2012

GRACIAS A LA VIDA. ANA MARÍA MANCEDA


“Gracias a la vida” Ana María Manceda





En épocas de estudiante universitaria fui con mi novio, también estudiante, a un concierto que “La Negra” Sosa  brindaba en el cine Astros de La Plata. Década de los setenta. Ella, nosotros, jóvenes esperanzados en una sociedad más justa, cantábamos subidos a las butacas del cine. Cuando me jubilé de docente me regalaron un homenaje mis alumnos y colegas, la música de despedida fue “Gracias a la vida”. Entre las lágrimas vi a mi marido acercarse con un ramo de flores,  todavía no hemos logrado un mundo mejor, pero estamos juntos desde esas épocas y la voz de “La negra” acompañará por siempre nuestros recuerdos.