EL SUR TAMBIÉN EXISTE

Si fuesen míos los paños bordados de los cielos, tejidos con luz de oro y plata, los paños azules, sombríos y oscuros de la noche, la luz y el crepúsculo, los tendería a tus pies. Pero yo, siendo pobre, sólo tengo mis sueños. he esparcido mis sueños bajo tus pies. Camina suave porque pisas mis sueños. w.b. Yeats





"Pero aquí abajo abajo,cerca de las raíces,es donde la memoria ningún recuerdo omite. Y hay quienes se desmueren y hay quienes se desviven y así entre todos logran lo que era un imposible. Que todo el mundo sepa que el Sur también existe" Mario Benedetti.


"Un escritor es algo extraño. Es una contradicción y también un sinsentido. Escribir es aullar sin ruido" M. Duras http://t.co/


jueves, 7 de agosto de 2014

“ QUERIDOS AMIGOS” CUENTO . AUTOR: Ana María Manceda.

                                   promenade of automne.Mihai Criste


                La tarde tibia y luminosa era una  fiesta. Ya se sentía en el aire el típico olor a azahares y los gorriones aturdían desde la arboleda de la calle siete. Octubre en La Plata, Anouk iba hacia el encuentro de Michael, estos nombres la divertían, había sido una  propuesta del profesor de la Alianza Francesa que  cambiaran sus nombres por seudónimos franceses, ellos aceptaron. Michael estaba esperándola en el  Café, sentado en una de las mesas de la vereda, con sus ojos verdes chispeantes de picardía, como asegurándole otro encuentro divertido. Se saludaron y la tarde estalló de primavera. Tenían que repasar lecturas y memorizar poesías; Sartre.. .Jacques Prévert. Las risas interrumpían  los estudios como compitiendo con el bullicio que producían los gorriones. En un momento de  extraño silencio la mesa se fue oscureciendo, toda la energía fluía en cámara lenta. Una sombra se interponía entre el sol del atardecer y la mesa repleta de libros, cafés, puchos y las juveniles siluetas. Levantaron la vista; altanera, inmensa,  doña Teresa los miraba desde su altura de matrona adinerada, envuelto su gordo cuello  con cadenas de oro. Una niña de unos doce años, de aspecto humilde, estaba a su lado, haciendo equilibrio con los paquetes de las compras de la doña. Saludos corteses, miradas huidizas y ahí partieron  la matrona y  su pequeña víctima. Ni bien se alejó la extraña pareja, la risa estalló entre los amigos, luego prosiguieron sus lecturas. Llegando a la Alianza reconocieron a lo lejos la figura alta y  con tendencia a la obesidad de Amelie. La querían mucho, era una treintañera con mohines de adolescente, solidaria y buenaza. Amelie los esperaba ansiosa, necesitaba de ellos, eran su salvación, ese fin de semana organizaría un té en su departamento del cual sería invitado especial el hombre por el cual, según ella, estaba  rechiflada. Alberto era maestro, morocho y ayudante de un cura en una villa de emergencia, su madre, doña Teresa, lo detestaba. Si ellos iban ayudarían a Amelie a distraer a su madre y aflojar tensiones. Por supuesto los amigos aceptaron, no sin gastarle bromas y pidiéndole la tarta de frutillas de la cual Amelie era especialista.
                                             

              Llegaron cuando el sol jugaba a esconderse tras la fronda de los tilos. No quisieron esperar el ascensor, subieron los dos pisos tomados de la mano, entre saltos y comentarios risueños. En un momento Anouk sintió como que algo la afligía, giró la cabeza hacia atrás y le pareció percibir que una sombra grotesca iba hundiendo los escalones por ellos pisados, fue un segundo, la angustia desapareció al llegar al elegante departamento. Al sonar el timbre abrió la puerta la chiquilla-víctima. Los jóvenes amigos miraron con ternura a la patética presencia vestida con delantal y cofia de puntillas, entraron a la sala donde se serviría el té. Como siempre estaban tentados por la risa, pero debieron admitir en su fuero íntimo que el departamento estaba decorado con muy buen gusto, donde se mezclaban objetos antiguos y modernos de alto valor. Se sentaron e inmediatamente entró doña Teresa, elegante, dominante, en su mano portaba una campanilla de plata, sus dedos estaban adornados con anillos de oro, uno de los cuales lucía un zafiro cuyo brillo azulado parecía querer hipnotizarlos. Al sentarse hizo sonar la campanilla, como aparecida de la nada llegó la chiquilla con masas y confites. Al rato arribó Alberto y Amelie radiante salió a recibirlo. Su atuendo escapaba del buen gusto dado el tipo de invitados y la hora de la reunión, el vestido  de lamé resaltaba su gruesa figura, pero su cara parecía competir con el brillo de la tela, irradiando una luz que solo provoca el amor.
               Alberto, de manera apasionada, comentaba los problemas sociales de la villa. Anouk pensaba que a pesar de las ricas tortas, la suave melodía, la elegancia del lugar y algunas risas de compromiso, era un sufrimiento estar en esa jaula de oro de atmósfera surrealista. Con Michael aceptaron una copa de Jeréz, milagrosa bebida que aflojó un poco la tensión que fluía en el lugar. De pronto, Alberto, siempre espiado, despreciado, por la mirada atenta de doña Teresa, comenta que pidió una licencia de seis meses en el colegio para acompañar al Padre en un trabajo social  en el Noroeste. Pobre Amelie, se apagó, se marchitó y su madre se iluminó. La fiesta no daba para más, Alberto se despidió, con un dejo de dignidad Amelie lo acompañó hasta el ascensor, cuando regresó parecía destruida. Los amigos aprovechaban para  retirarse pero su compañera les pidió que se quedaran un rato más_ Les traigo los poemas de Prévert, ya vuelvo.
                   Otra copa de Jeréz y la charla se hizo amena; películas, actores, pinturas. El tiempo pasó, Amelie no regresaba. La niña fue enviada a buscar a la señorita, sus compañeros ya se retirarían. Un chillido de terror invadió la casa, corrieron hacia el interior, la chiquilla estaba al lado del ventanal que daba por medio de un balcón hacia la calle, se fueron acercando. Anouk, asustada, se aferraba al brazo de su amigo. La doña, que había llegado primera al balcón, se balanceaba como una masa sin sentido. De una de las ramas más gruesas de un añoso Tilo, pendía el cuerpo ahorcado de la desgraciada Amelie. Una atmósfera de irrealidad rodeaba a la escena, lo único que escapaba de la tragedia eran las frondas de los árboles que se tocaban por el susurro de la brisa, dejando pasar las luces de neón que iluminaban la silueta inerte de Amelie.
                  Pasaron los años, otra juventud, otras sombras recorren la calle siete, pero siempre en cada primavera resurge el canto de los gorriones que habitan su arboleda, como festejando juveniles risas y los sonidos fantasmales de poéticas voces que recitan poemas de Prévert :


“... Y después dormirnos, despertarnos, padecer, envejecer.
Dormirnos de nuevo. Soñar con la muerte. Despertarnos, sonreir y reir
y rejuvenecer...”***

                                                      


EN ANTOLOGÍA JUNÍNPAÍS 2007



miércoles, 30 de julio de 2014

***“ EN EL PUEBLO DE LOS GINKGO BILOBA”. ANA MARÍA MANCEDA. HOMENAJE A MI PAÍS CONTRA LOS FONDOS BUITRES AUNQUE FUE ESCRITO EN 2003

***“ EN EL PUEBLO DE LOS GINKGO BILOBA”. ANA MARÍA MANCEDA. SELECCIONADO PARA ANTOLOGÍA.EDIT.NUEVO SER.2003.



                 El sol amenaza arder sobre las dunas. La hilera de seres harapientos se desplaza sobre la arena. Es gente aún joven y fuerte, entre ellos hay niños, de rasgos bellos, se puede distinguir en sus facciones los rasgos de las distintas etnias terrestres, pero todas esas cualidades están escondidas por la suciedad de sus cuerpos y sus ropas. Un color humo rodea la imagen de los vagabundos, a pesar del oro del desierto se ven como andrajosos mutantes que vagan sin destino. Las poblaciones rechazan su presencia, son los leprosos del siglo veintiuno. Fueron los dueños del mundo en la era de los millonarios electrónicos; el   “ Capital”  fluía con libertad, Las Grandes Corporaciones Transnacionales eran buques sin banderas que navegaban con sus capitales por las aguas de Internet. Fundían países y enriquecían regiones en horas, causaban el mismo desastre que la fuga de los gases tóxicos de una industria pesticida, pero ellos seguían  su veloz viaje de piratería con sus “ Bancos Fantasmas”. Así estaba el mundo globalizado, con políticos y burócratas corruptos e  incapaces de seguir la velocidad de sus comunicaciones y transferencias. Barrieron con siglos de un orden social injusto pero con cierto equilibrio, desaparecieron la actitud ética, la moral, la dignidad. Pero la catástrofe llegó, explotó como una bomba debido a la volatilidad del Mercado Mundial, y este grupo de gente, habitantes de barrios exclusivos, de vidas privilegiadas, poseedores de riquezas inimaginadas para el hombre común, perdió la “ Espada, la Joya y el Espejo”.*
               Al principio, desconcertados, se unieron, se ayudaron, pero era tal la miseria que comenzaron su éxodo por el mundo, comiendo lo que encuentran y bebiendo de las aguas de escasos manantiales. La gente de los pueblos por los que pasan, los insultan, tirándoles piedras y sumiéndolos en el escarnio. Sus caras tienen la expresión de la nada, quizás llevan en sus mentes, recuerdos de los paraísos perdidos, de una vida obscena y amoral.
               Entre la muchedumbre van Takeo y su hija Amaterasu, siempre tomados de la mano. Sus semblantes reflejan sentimientos humanos, ausentes en los demás. Uno puede ver en ellos angustia, sorpresa, emoción. Takeo fue un poderoso Shogum financiero, amó  profundamente a su esposa Kono-Hana, rica heredera, en honor a ella y para merecerla había levantado un Imperio. Cuando su mujer murió solo se asió a la vida por su hija Amaterasu, luego devino el Crak Mundial y comenzó el peregrinaje. En esa travesía sin tiempo, la niña cuida de su padre y juntos comentan la puesta del sol, la maravilla de un eclipse, el nacimiento de una flor. Reconocen los pájaros por su canto, habilidad que aprendieron de Kono- Hana, gran conocedora de la naturaleza. Esas fugaces emociones son asfixiadas  ante el maltrato que reciben por los pueblos que pasan, observando a la vez la  pobreza y la falta de alegría de esa gente, era como si una lluvia de tristeza hubiera caído sobre el planeta.

               Una tarde pasan por uno de los tantos pueblos humildes, pero éste tenía algo distinto, denotaba organización y pulcritud. El padre y la niña se alejan del grupo, se adentran entre sus calles, les parece no percibir violencia entre los pobladores. Las veredas estaban arboladas de majestuosos Ginkgo Biloba, cuyas hojas en forma de abanico parecían aventar la fatiga de los forasteros. La admiración iba creciendo a medida que descubrían la peculiar vida de sus habitantes, la alegría dominaba la actitud de los mismos. Las mujeres cantaban mientras realizaban sus quehaceres, algunas familias merendaban en los patios delanteros de sus casas mientras los niños jugaban en las veredas. Al pasar los miraban curiosos, el olor de las comidas caseras era exquisito. Se veían jardines, huertas, granjas, todo amorosamente cuidado. Los muros, cual páginas de los libros, estaban pintados con imágenes de historias y leyendas, seguramente de esa región, adornados con bajorrelieves que representaban las hojas en abanico de los Ginkgo Biloba, el árbol sagrado de ese pueblo. Otra cosa sorprendente era la manera y el tipo de conversación que sostenían; hablaban de proyectos, las palabras salían musicalmente, se enlazaban, se enhebraban y confluían en sueños y utopías. Amaterasu se emocionó y más que nunca anheló estar con su madre para compartir ese lugar y esos momentos. Se detuvieron a mirar como trabajaban un carpintero y un herrero mientras tomaban un refresco y charlaban. La niña sintió la necesidad de pedirle a su padre la foto de la familia en los tiempos felices, Takeo, apesadumbrado,  le contestó- Los duendes del imperio me arrebataron tan precioso tesoro. En ese momento los artesanos levantaron la vista y sonrieron al padre y a la hija, les convidaron refrescos, reconocieron en ellos cierta magia.
                  El sol se estaba ocultando. Se veía  distante, cruzando las colinas, la hilera de harapientos que se alejaba. Takeo y Amaterasu  fueron invitados a compartir esperanzas en el pueblo de los Ginkgo Biloba.  Al pasar los días, la gente se reunió para, en ceremonia solemne, entregar al padre y a la hija, el símbolo que les correspondía como ciudadanos del lugar. El herrero y el carpintero se acercaron  con un hermoso estuche de madera en cuya tapa se encontraba exquisitamente tallada la hoja del árbol sagrado. Takeo sintió un escalofrío y lo invadió el pánico, creyendo adivinar que dentro habría una joya y  se dijo- Todo comenzará nuevamente. Al abrir la tapa, Amaterasu se sorprendió al ver el estuche vacío, pero su padre emocionado vio en el fondo del mismo el bello rostro de su hija reflejado en un espejo.****
*Dentro del mundo de los negocios la espada es la fuerza, la joya la riqueza y el espejo el conocimiento  (Alvin Toffler)



miércoles, 23 de julio de 2014

NADA ES MÁS BELLO. Ana María Manceda





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        Nunca imaginé que en este viaje de reencuentro con mi hijo recibiría la noticia más deseada; su regreso definitivo a Madrid.
         Llegué  al aeropuerto de Arlanda por la mañana, René me estaba esperando con la cara encendida de emoción ¡Qué felicidad! Es la primera vez que lo vería  tocar con la filarmónica  en el Teatro Real de la Ópera de Estocolmo. Abrazados esperamos el tren, en quince minutos estaríamos en el centro de esta bella ciudad posada sobre catorce islas en el punto que el lago Mälaren se une al mar Báltico. Cuando bajamos sentí que entraba a un mundo mágico, no solo era por la belleza de los edificios barrocos o neobarrocos, sino también por su atmósfera  transparente, con halos que jugaban en el aire formando dibujos geométricos con el colorido del arcoiris, luego me enteré que eran microscópicos cristales de hielo que a manera de prismas descomponían la luz.
         Al otro  día de mi llegada ocurrió el gran acontecimiento, René partió temprano hacia el  teatro, yo iría a la hora del concierto pues recorrería parte de la ciudad. Fue un muy buen paseo, ya cerca de entrar al teatro admiré la iglesia roja de Sant Jakobs que estaba detrás de la estatua de Gustav Adolfo II, enfrente del maravilloso  Teatro Real de la Ópera. 
        Con la sala colmada y reluciente  saboreé la espera. Comenzó el concierto, la melodía del  “Bolero de  Ravel” me seducía, busco la silueta de mi hijo, allí está, en la tercera fila, imagino en su cara la expresión de deleite mientras ejecuta su violín.
        Al terminar la función lo espero en el hall del teatro, iríamos a comer algo al restaurant Operakällaren de estilo neobarroco que se encuentra en el mismo edificio. Siento los brazos de René.
─Madre ¡Qué felicidad tenerte! Vamos a comer algo.
 Mientras comemos me sorprendo al mirar por la ventana; unas plumas de nieve  se balancean en al aire hasta caer en la vereda.
─Bella ciudad René y el teatro, el concierto, todo parece un cuento, pero estar lejos es doloroso hijo.
─Ya no va a ser  así, pienso regresar a Madrid con ustedes─ dijo terminante
 ─¿Qué ocurre? ¿Y esa decisión?
 ─Mirá, ya es bastante haber dejado la Argentina, extraño mucho. Además el idioma y otra cosa, me respetan, me valoran como músico pero yo siento una fina discriminación. Siempre me ubican en la tercera fila y yo sé que estoy preparado para otro rol en la orquesta.
Lo miré estupefacta, no quise emitir opinión, estaba aturdida ¡Suecia es uno de los países  de mejor estándar de vida y de cultura¡ Le tomé la mano, sabía que faltaba tiempo y sabiduría para extirpar ese prejuicio hacia  pueblos latinoamericanos. Miré las plumas de nieve que caían, era una manera de querer atrapar el espacio y el tiempo. Miro a mi hijo,  le acaricio el pelo oscuro que parece brillar como los halos de hielo y supe  que  nada era más bello que ese instante.-

                 







lunes, 16 de junio de 2014

EL ALARIDO DEL HIP HOP. Ana María Manceda


EL ALARIDO DEL HIP HOP
Por Ana María Manceda


Quería incrustarme en el pizarrón, traspasarlo como una madura “ Alicia en el país de las maravillas”       ¡ Cobarde! En un segundo eterno hurgué desesperada en mi enciclopedia mental todas las filosofías pedagógicas para encontrar la más brillante y poder enfrentarlo. Sentía su mirada en mi  nuca  ¿Qué esperaría de mí? Mi mano,  ignorando  mi desesperación, amiga piadosa, dibujaba el perfil de la placa euroasiática. Y me di vuelta, lo miré como a los demás alumnos, mi voz parecía venir de un lugar hueco y lejano. Pensé en la importancia de la educación, cierto, pero que soledad y vacío se enredaban en esa verdad. Era una carrera contra el tiempo, sus pulmones ya estarían achicharrados de tanto aspirar pegamento  ¡Bendito seas! A uno de  ellos se le ocurrió interesarse por el tema, sus preguntas hicieron derivar a  la configuración actual del planeta, otros se interesaron en la vida existente durante  la Deriva de los Continentes. Todo en el universo es movimiento, me pregunto  por qué lo único estancado es  nuestra actitud de indiferencia social respecto a nuestra propia especie. Por fin el timbre, algunos alumnos se acercaron, seguían interesados. Nano se puso a mi lado, por primera vez se veía humilde, desamparado, mimoso. Tenía un aire de  ¡ Estoy aquí, con mi profe! Lo tomé del hombro, sentí su aún cuerpo de niño, casi me puede el llanto, no me lo iba a permitir, él me necesitaba protectora. — Nano ¿ En estos días bailan de nuevo el hip-hop?
—Sí, el viernes ¿Qué, quiere venir? Me preguntó  con su dicción cantarina y esperanzada.
—Sí, claro, me gustó, además es una expresión cultural de grupos que nos dicen muchas cosas—, dije estúpidamente. Le di un beso en la frente y me fui. Caminé las veinte cuadras que quedaban entre mi casa y el colegio,  me hizo bien el aire fresco. Cuando había entrado al salón de clase y lo vi sentado, mirándome fijo, sentí vértigo. En ese trayecto recordé lo ocurrido con Nano.
Acepté ir  a la presentación de los Talleres Municipales. La sala estaba repleta de chicos, se lucieron con las guitarras, bailaron folklore y  tango. Casi al finalizar la muestra le tocó el turno al Hip-Hop. En el grupo estaba Nano, pantalones anchos, buzo  y gorra de lana negra, una cruz pendía de su cuello. Su carita de dieciséis años tenía una expresión incierta, solo sus ojos oscuros transmitían una fiereza desolada. La música, extraña para mí, provocaba que los jóvenes contorsionaran sus cuerpos en el piso del escenario, las piruetas eran increíbles,  solo ellos podían realizarlas. Mientras unos  bailaban  otros hacían coro con letras de protesta. El mensaje me llegó, lo sentí en el estómago, era un alarido, una denuncia por la marginalidad de sus vidas, un alegato a la indiferencia social. Decidí que luego de la cena me acercaría hasta el departamento de Nano, sabía donde vivía, había visitado a su familia, muy humilde y sin padre en ocasión de un censo escolar. Al salir del teatro compré una caja con bombones, se los llevaría de regalo, una pequeña manera de halagar su actuación y de alguna manera  demostrarle que había  estado presente. Rechacé de manera constante sentirme culpable, en lo que hacía me brindaba entera, no los estafaba. Luego del espectáculo, al llegar a casa, abracé como nunca a mis hijos. Cuando terminaron de cenar les repartí unos bombones que compré sueltos, los de la caja eran para mi alumno. Ya todo organizado  y brindando explicaciones vagas me despedí de los niños, no tardaría mucho en regresar. Solicité un taxi y fui hacia las torres donde vivía Nano,  pedí al chofer que me esperara, eran las  diez de la noche. Me acerqué a un grupo de adolescentes que estaba sentado en la vereda, se veían botellas de cerveza vacías tiradas en el piso, sus voces sonaban guturales, altisonantes, provocativas.
—¿ Qué querés vieja? No jodás!
—Dejala che, es mi profe.
Mi mano, temblorosa, se extendió hacia Nano, entregándole la caja de chocolates. Sus ojos, de pupilas dilatadas, me miraron oscuros y  asombrados desde el abismo. Lo tomó dócil, sin agradecer, mientras fumaba de manera profunda su cigarrillo, luego se lo pasó a un compañero. Uno de los chicos, como si tal cosa, aspiraba pegamento de una bolsa de nylon. Los olores del pegamento y la marihuana me provocaron náuseas, atiné a decir
—Chau Nano,  te veo en clase.
En el trayecto de regreso hasta llorar me parecía estúpido, me sentía acorralada, furiosa, impotente.  No sabía como iba a mirarlo a los ojos luego de esa noche, los dos éramos conscientes que una triste complicidad  nos uniría de ahora en más. Ese día de clases había sido al primero que vi luego de mi visita a su barrio.
          Las veinte cuadras me dejaron exhausta, mis movimientos de rutina eran rápidos, intensos, cortos. Quizás de ahora en más cambie mis pasos, pero mis manos están vacías. Al llegar a mi hogar,  voy divisando una luz, con la certeza que en los acontecimientos cotidianos, la causalidad se inserta en la red de la vida  y estoy segura que mi mirada no se cerrará más entre los límites de mi realidad. En esa red de ahora en más estará Nano,  estoy segura,  él estará.
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sábado, 31 de mayo de 2014

POEMA PARA MI HIJO. Ana María Manceda

 POEMA PARA MI HIJO.     ANA MARÍA MANCEDA



Hijo…No soy Dios, no soy omnipotente
¡Pero como quisiera cambiar este mundo injusto!
En el que brilla  más el plástico encerado
que la miel que produce la abeja inteligente.
Solo te voy dejando pequeñas huertas de ternuras
que cosecharás en la adultez.
Yo, te cuento,  me rebelé en los sesenta
contra la pacata tradición social,
usé mini, vestí blanco y negro, fumé con boquilla
bailé rock and roll y amé a los Beatles.
Sufrí mucho la soledad del rebelde.
Estudié francés, ecología y grité ¡ Paz!
ante las guerras del mundo.
Mi generación fue partícipe y testigo aterrada
de la época más trágica de nuestra patria.
Cerca del fin del milenio, sigo tejiendo,
 junto a tu padre, claro, una red de valores cotidianos;
 La comida caliente, muchas plantas, muchos libros,
cinco perros, algunos gatos, asados los domingos.
Y mirarte, mirarte todo el tiempo.
Besos que te doy y otros que me guardo para no cansarte.
 El consejo pensado y el enojo espontáneo.
¡Qué vida hijo! Todo nos ha costado tanto,
pero te hemos engendrado con amor.
Planté muchos árboles, escribí un libro,
pero aún no termina mi tarea.
Tú debes partir, pichón amado vuela.
Yo guardaré en el arcón de la rutina mágicas  luces
de recuerdos,
y  fumando  en el silencio de la casa un cigarrillo  con boquilla
enjugaré mis lágrimas por tu vuelo.
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miércoles, 14 de mayo de 2014

LAS PALABRAS. ANA MARÍA MANCEDA. SMA.PATAGONIA ARGENTINA

       

Las palabras emiten energía. ¿ Porqué si no mi cuerpo se sacude ante ciertos sonidos?

Las palabras tienen memoria, de olores, de tacto, visuales, pensamientos, nostalgias.

Leo hielo y me imagino una extensa historia de soledad.

Leo esquina y me llega rosada La obra de Borges.

Leo amor y surge una canción desesperada. Leo locura y aparece Don Quijote

Leo mar y escucho los poemas de Alberti. Verde es la tierra de Guillen

Sangre es García Lorca. Juegos son los libros de Cortázar.

Veo y huelo las hojas de una enciclopedia y aparece mi niñez.

Escribo palabras, palabras en español y  aparece mi vida.***

viernes, 21 de marzo de 2014

EL CAMINO DE LOS POETAS. ANA MARÍA MANCEDA.( EN EL DÍA DE LA POESÍA. UNESCO)

EL CAMINO DE LOS POETAS. AUTOR: ANA MARÍA MANCEDA.





Caminamos...
Construimos el camino deslizando las arenas
Triturando los vientos
Hurgando la historia que se desvanece
Caminamos...
Apretando con los dedos una lágrima de mar.
Caminamos...
Nuestras narices se independizan
Inhalan todo el olor del universo
Se sumergen en el polvo cósmico
Que originó los rostros de la vida
En los pétalos de las rosas húmedas
En las hierbas mojadas por el rocío.
Caminamos...
Como huyendo , como buscando
No queremos y sí queremos
Estar acompañados de la soledad
Caminamos...
Con la piel herida de tanto sentir
Y el milagro llega en cualquier momento.
Hay una complicidad de luces
Entre las noches y los días
Cuando nace un poema.
Luego
Seguimos caminando
Cual errantes nómades por el desierto
Escudriñando los silencios
Tapándonos y desnudándonos en los solsticios.
Caminamos y caminamos...
Hasta oír, olfatear, sentir en nuestra piel
El suave aleteo que se acerca
Hay una complicidad de luces
entre las noches y los días
Atentos, sabemos ,
que el poema está por llegar.

martes, 18 de marzo de 2014

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Colaboradores:

Lucy Alonso, Ana Matías Rendón, Edgar

Daniel Maldonado, Rocío Muñoz Peralta,

Moisés Torres López, Jorge Daniel Ferrera

Montalvo, Ana María Manceda, Simón

Paulino Escamilla, Renato Galicia Miguel

(Colectivo Xuumy), Ángel Padilla,

Eduviges Villegas Pastrana, Gilberto

Blanco Hernández, Netzahualcóyot

lunes, 3 de marzo de 2014

UNA PIEDRA EN EL DESIERTO. Ana María Manceda


                 


                                                                             
               El viento ardiente esparce la arena, mientras el sol dibuja en la atmósfera  millones de pequeñísimos arcoiris con las partículas danzantes. De pronto la  quietud y el silencio. Un pequeño insecto, cuyo color se confunde con el paisaje, deambula entre las olas de arena, sorprendido observó un obstáculo, para él una montaña, decidido comenzó su ascenso de manera pertinaz. Al llegar a la cima buscó una estrategia y finalmente se deslizó hacia el mar dorado.
              En ese espacio desolado el tiempo cobra otro ritmo, la temperatura no encuentra escollos civilizados y baja a medida que la luna se va desplazando en su nocturno viaje. La piedra, estática durante el día, se encoge durante la noche, como respuesta a la crueldad climática.
              En esos días sin horas, un guerrero montado en su negro caballo, cruza veloz, su cuerpo y cara protegidos evita el ardor de la arena. Sus armas en la espalda, su mente en la guerra. Las patas del animal tropiezan con una piedra  pero sigue su camino, luego todo sigue igual.
                Un mercader fatigado va junto a su camello cargado de valiosas mercancías. Los cálculos monetarios que realiza  pensando en las ventas que realizará en el pueblo del próximo oasis, lo estimulan a seguir el viaje. Mira de reojo a la piedra, es rara, no brilla, no tiene ningún valor, ni siquiera para adorno.
                Siempre el sol presente y el aire que quema. Llega hasta la piedra un sabio. Éste recorre el desierto una vez al año con la esperanza de encontrar una señal divina, una revelación. Al sentarse observa la quietud de la pequeña roca, el viento sopla suave, aún así provoca el desplazamiento de las dunas de arena. Luego de varias horas de reflexión concluye que ese cuerpo,  ¿Inorgánico? No se mueve, a pesar de ese universo donde todo es movimiento, debe ser por algún mandato divino y debe quedar ahí.
               Las estaciones se suceden, pero en esos paisajes, las variaciones de solsticios y equinoccios apenas se detectan, el sol es el mago, sus juegos de luces son los que descubren los cambios. En dirección hacia el pueblo se acerca un jinete, es un guerrero malherido, las patas del animal atropellan la piedra, ésta no se mueve, sólo parece estremecerse ante las gotas de sangre que caen sobre ella.
             Una tarde, en la que el desierto agoniza en llamas, llega una mujer cuyo cuerpo y rostro delatan un gran sufrimiento, agotada se deja caer en la arena y rompe en sollozos. Las lágrimas caen sobre  la piedra, exangüe se adormece. El sol está en camino e ocultarse, la temperatura comienza a bajar, la mujer se despierta, le parece haber vivido una pesadilla, pero no, su marido, el guerrero, ha muerto. Súbitamente queda asombrada al mirar la piedra, ésta se había abierto en una perfecta simetría, transformándose en una bella flor. Le pareció una imagen esperanzadora, en medio de la aparente nada, sobrevivía ese extraño ser.
            En el horizonte comienza a divisarse el brillo de las estrellas, la arena se iba vistiendo de opacidad. La flor luego de eternizarse comenzó a desaparecer en la piedra quieta. La mujer, solitaria en su camino, retorna a su casa con una certeza; lo aparente no es lo real y  cuidará amorosa  su jardín de rocas.***



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